domingo, 26 de diciembre de 2010

¡FELIZ 2011!

Escribí tres cuentos para festejar con mis AMIGOS y parientes la llegada del 2011. Son TRES CUENTOS MILITANTES.

C610
BRINDIS 1
por Jorge Claudio Morhain ®

–¿Somos muchos?
–Sí… Yo toque como a cinco…
–¡¡CALLARSE!!
Y el olor. Distinto.
–No se van a sacar las capuchas. ¡¿Entendido?! No se van a sacar las capuchas. Se van a desnudar, y se van a bañar. ¡¿Entendido?! Se van a bañar. Un minuto para desvestirse.
Murmullo. Pero no de voces. De roces, De ropa endurecida por la mugre y la sangre. De quejidos de dolor contenido.
–¡Hacia el lado contrario de mi voz, ¡dos pasos!! ¡¡Hacerlo!!
Un chorro helado. Agua. Agua y luz. Agua y vida. Agua y primavera. Agua y sueño. Bañarse. Sin verse. Rozarse. Reírse. Hombre. Mujer. Mujer. Hombre. Reírse. Reírse reírse reírse, reírse…
Abruptamente, se corta el agua. El silencio. Las gotas. El frío. Parecen gritos desolados… Pero no pueden perforar la luz.
–En cinco minutos les van a dar ropa. Se visten en silencio. No quiero una risa más. ¡¿Entendido?!
La capucha está mojada. Mantiene la luz, la vida, el aire, la esperanza. La humedad. El frío. La luz. La paz. La esperanza.
Vestidos. Marchando. Tocando al de adelante. Tocado por el de atrás.
Otro olor. Perfume. Encierro. Tacones. Olor a uniforme planchado y replanchado.
Mano fría. Mano sudada. Copa, que hay que sostener. Oh, que no se caiga…
Levantarse la capucha. ¡Sólo hasta la nariz! ¡Solo hasta la nariz!
Un grito, que hace temblar caireles por ahí arriba y cuerpos estremecidos, mojados, por acá abajo.
¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!
Brindar.

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C611
BRINDIS 2
por Jorge Claudio Morhain ®

Había sido rico el champú. Se te mete por debajo de la nariz, y te acaricia desde adentro.
Brindamos.
La cumbia a todo lo que da, mezclada con la cumbia de enfrente y el reggaetón de al lado. Y la petardeada, que hace temblar la casa como si hubiera un terremoto.
El viejo está cabrero.
–¡Pero la puta…! ¡Miren el pobre perro, no sabe dónde meterse! ¡Esos guachos…!
–Bueno, viejo, es Navidad…
–¡Navidad las…!
El viejo nos acaricia las cabezas. A los cinco. Levanta la copa de champú.
Y se produce la explosión más grandota que haya oído en mi vida y la luz más recontrareluciente que soporté nunca, ni siquiera mirando de frente los tachos de un recital.
El viejo, así, con la copa levantada, salió afuera. Y todos los seguimos, con las copas levantadas.
Afuera, había una luz…
Y todos los vecinos. Todos. ¡Mierda, que somos muchos en el barrio!
Todos levantaron las copas de champú, porque había dado para champú, y había dado para pan dulce, y un mantecol no saben qué grande: “Gracias, Néstor”, decía el viejo mientras pagaba con la tarjeta. Me hacía acordar al cura que dice algo parecido (aunque no se entiende) cuando reparte la hostia con gusto a papelito.
Todos levantamos las copas hacia la luz. Todos. Y después las bajamos. Y nos miramos. Y nos abrazamos. Y lloramos de boludos nomás. Y nos volvimos a abrazar, y tomamos champú, y repartimos garrapiñada, Y nos volvimos a abrazar. Y volvimos a brindar. Con champú.
Y el viejo dale, como rezando… “Gracias, Néstor”…


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C612
BRINDIS 3
por Jorge Claudio Morhain ®

Teníamos los pies dentro del agua del lago. Estaba fría, pero hacía mucho, mucho calor.
Los chicos se habían ido al pueblo, con la camioneta. Ada y yo quedamos solos, junto al lago. Había sido una larga nochebuena, y no teníamos sueño todavía. Salimos a despejar la cabeza de tanta mezcla, pero me llevé, de todos modos, una botella de sidra. El corcho fue a dar en el lago.
–Dale, contaminá nomás… dijo Ada.
Serví dos copas.
Y brindamos.
Brindamos por los hijos. Por los nietos. Por los que están. Por los que se fueron. Por los que ni siquiera sabemos si alguna vez murieron, ni cómo ni dónde. Y por los que sobrevivieron y los vengaron de la mejor manera: haciendo el país que soñaban. Y por ese camino. Codo a codo, con Ada. Por las ciudades, por los suburbios, por los montes, por los pueblitos. Por la Patagonia, hasta el lago. A esconderse aquí, viendo pasar la tormenta. Y por estar vivos. Y por vivir para contarlo.
Y por el lago.
Y por nosotros.
Y por el amor, el amor, el amor, el amor.
Brindamos.

sábado, 27 de marzo de 2010

La Argentina Premonitoria

En 1993 terminé un Master: Master en Cultura Argentina. Había que presentar un trabajo sobre una de las materias. Pedí escribir sobre la historieta, y en especial sobre El Eternauta. Lo leí por enésima vez, lo destripé, y -como siempre me pasa, sólo que en los relatos de ficción- me sorprensió la conclusión final. Como planteaba una hipótesis inédita, que había sido consirada sólo por Andrés Rivera, pero descartada enseguida, pensé en publicarla. Eduardo Carletti, el creador de esa revista maravillosa que es Axxón, me ofreció publicarla virtualmente. Y así se conoció y se hizo famosa. Todavía hoy, 2010, no he conseguido editor.
Pero se puede leer en la wrb, en varios sitios: en Axxón N° 96
http://axxon.com.ar/c-96.htm

O es este link:
http://www.quintadimension.com/article3.html

Coméntenme algo.

Delhi, final

































Salimos del Fuerte Rojo, hacia la avenida Netaji Subhash. Era notable el caos de tránsito. Los ricksaws se amontonaban y disputaban el espacio con las motos y los moto-ricksaws. Haydée iba diciendo que qué terrible debía ser el esfuerzo de pedalear esos vehículos, cuando el guía se acercó a uno, en la isla en el centro de la calzada, y nos invitó a subir. Haydée se negó. El guía dijo que como quisiera, pero estaba contemplado en el tour. Así que subimos. Lo conducía un señor anciano y, ciertamente, le costaba mucho pedalear. Se erguía sobre los pedales para apoyar todo el peso en el esfuerzo. Luego de empantanarse en la calle Chandni Chowk se desvió, a contramano, por la avenida hasta un callejón lleno de tiendas y vendedores voceando (ver filmación) Allí fue reemplazado, para alivio del anciano y nuestro, por un muchacho más joven. La inmersión (esa es la palabra) en el loco tránsito indio, y sobre todo en el antiguo callejón, la calle principal de la antigua Delhi amurallada, fue una experiencia inenarrable. Algo se aprecia en las imágenes filmadas. El ricksaw nos condujo por entre autos, otros ricksaws, vendedores en carritos que son plataformas con cuatro ruedas de bicicleta (hemos visto empujar uno por una larga ruta suburbana), mujeres en sari, hombres, niños. Hay que decir, allí no había ninguna vaca. Quizás la cantidad de gente las espantara. La maraña de cables eléctricos y de conexiones como improvisadas es fenomenal, constituyendo casi un techo de telaraña sobre nosotros. En ricksaws iban toda clase de personas: mujeres en sari, jóvenes alegres, hombres comunes, trabajadores, y hasta alguno es utilizado como camioneta o vehículo de transporte. Dimos toda una vuelta y terminamos, por la calle Esplande, frente a la Mezquita Jama Masjid. Como siempre, la gente fue amable y siempre con buen humor, haciendo chistes en inglés, y algunos en español.

La imponente Mezquita Jama Masjid (Mezquita del Viernes) está, como muchos otros templos, en medio de la ciudad vieja de Delhi. Es una de las más grandes de la India. Se construyó entre 1644 y 1658. Debimos descalzarnos a la entrada. Fue el primero de los imponentes palacios adornados hasta lo inconcebible, abiertos, enfrentando grandes patios hambrientos de multitudes.

Salimos al ricksaw, y volvimos a donde dejamos el automóvil, junto a una boca de subterráneo casi irreconocible entre la maraña de puestos de venta y personas merodeando. Me hubiese gustado conocer cómo era el subterráneo de Delhi, pero no hubo oportunidad En el coche, siempre con Karen, partimos hacia la “tumba” de Gandhi.

Porque el Raj Ghat no es en realidad una tumba: los hindúes no las utilizan, todos sus muertos se queman. Es un recordatorio edificado en el sitio donde el Mahatma fue incinerado 31 de enero de 1948. Está en un amplio predio, donde hay otros recordatorios similares: el de Indira, el de su hijo asesinado, Rajiv, etc. El lugar es también abierto, un parque moderno, cuidado, y el monumento está rodeado por una especie de muralla a la que se puede ascender en rampa y moverse por encima. El primer encantador de serpientes estaba a la entrada. Por cierto, el monumento, el lugar, el recogimiento de todos, producía una enorme y misteriosa energía, que parecía palpable. También descalzos, dimos la vuelta al monolito, sobre una alfombra de plástico.

El hecho curioso es que unas chicas indias que andaban revoloteando, como turistas, riéndose por lo bajo mientras nos miraban, pidieron sacarse una foto con nosotros, y lo hicieron entre muchas risas y sonrisas Parece que éramos bichos raros, francamente alienígenas.

De allí el guía nos llevó al centro de Delhi, en un rincón al que se entraba entre dos paredones. En un costado había una especie de humilde centro comercial, una nube de vendedores vendiendo libros, elefantes, collares y kama-sutras en video (eso por lo bajo), y, en un ángulo, en restaurant donde comimos. No era mucho mejor que una pizzería de un barrio de Buenos Aires, y de hecho se complementaba con unas mesas improvisadas. Pero era limpio, y probamos el chicken tandori, sorprendiéndonos por la pequeñez de los pollos. No hay en la India –al menos en lo que vimos- pollos “industriales”, sino pollos criados en casas, lo que aquí, en Argentina, conocemos como “pollos de campo”. También pedimos pan, y nos trajeron esas tortas tipo tacos mejicanos o “tortas santiagueñas” argentinas, más finas. A nuestro lado había una mesa de indios o nepaleses, que comían con la mano derecha, y utilizaban esa torta para comer el arroz y una especie de guiso. Con mucha delicadeza, hay que decirlo. Luego limpiaron sus manos en un cuenco que les alcanzó el mozo. Del otro lado, había turistas españoles, norteamericanos e italianos. Aquí probamos el famoso “picante” indio que según la publicidad del turismo y los guías era “incomible para los occidentales”. Haydée pedía sin picante, siempre, y algo tenía de todos modos. Pero yo pedía lo más picante y realmente no encontré ese ardor que esperaba. Es cierto que estoy habituado a comer mucho picante a diario, por gusto personal. Pero aún cuando desafié en algún lado a los cocineros, no hubo un picante que me hiciese llorar, como una mostaza de Dijon que comprara hace unos años en París: lloraba de sólo abrir el frasco.

Por la tarde fuimos a visitar el Qutub Minar. Se trata del minarete “más alto del mundo”. Es realmente impresionante por su altura (72,5 metros), y su forma acanalada que me hizo acordar a los cohetes espaciales rusos. La decoración de las caras es muy hermosa. Está ubicada en un complejo en ruinas, que según el guía fue rescatado de la religión para permitir acceso al público (sobre todo al turismo, en fin) Se terminó en 1368. Pero antes de enfrentar el Qutub nos impresionó mucho una gigantesca mole circular que fue un minarete aún más grande, nunca construido. Se ha reservado un pequeño sector dedicado al culto. Recorrimos las ruinas de la mezquita que tiene arcos hermosamente tallados. En el centro está la Columna de Hierro, una gran columna que habrá servido de sostén al techo, y cuya característica es haber permanecido 1600 años en la intemperie, sin oxidarse en absoluto, como una demostración de la maestría alcanzada por los indios en las aleaciones metálicas. Estudios modernos parecen basar su longevidad en el recubrimiento. Fue construido en tiempos de Chandragupta II Vikramaditya (375–413).

De allí fuimos a la tumba de Humayun, una de tantas tumbas (lo puede decir uno al regreso, porque entonces nos impresionaban todas) en forma de palacio, en el centro de la cual permanece el ataúd del 1556. Fue la precursora el estilo del Taj Mahal. Luego nos trasladamos al templo Gurudwara, de la comunidad Shikh. Un gran espacio abierto, con un enorme templo blanco, sobre una altura. Mucha gente caminando, turistas extranjeros pero la mayoría hindú, casi todos descalzos, caminando sobre alfombras que una mujer mojaba constantemente. El guía nos condujo a una sala especial donde había varios señores de turbante (característica shikh), y donde nos sacamos los zapatos. El lugar tenía aire acondicionado, de modo que era un pequeño respiro en el mucho calor que se pasaba afuera. También nos colocaron pañuelos naranja en la cabeza, y mi señora tuvo que colocarse también una especie de túnica o sari. Así ascendimos al templo, hermoso. Prohibidas las fotos. A un costado una enorme pileta de agua sagrada, donde algunos se bañaban y otros remojaban los pies. En un kiosco de las mil y una noches vendían el agua sagrada.

Por los edificios públicos pasamos sólo con auto. No había mucho que ver: eran estilo inglés. Sí observamos el Palacio Presidencial, con una gran cúpula plateada, acebollada.

Por la misma avenida, Rajpath (Camino de los Reyes) fuimos hasta la Puerta de la India, hecha por el arquitecto Edwin Lutyens para conmemorar a los soldados indios que murieron en la Primera Guerra Mundial y las Guerras Afganas de 1919. En un arco de triunfo ligeramente oriental, de 42 metros de alto. A su lado hay un templo. No nos acercamos. En esos días China había invadido parte de la frontera norte, y pasaban camiones cargados de militares.

Se acabó el día. Había que levantarse temprano para viajar 50 Km hacia Jaipur. Esa noche pedimos un plato de arroz a la habitación, muy bien preparado, abundante, con un mozo de lujo. Lujo oriental, claro.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

6/11/2009 Delhi, primera parte












6 de septiembre 2009- Mañana: visita a Delhi

Nueve y media dejamos el palacio The Lalith (el hotel donde nos alojamos), y abordamos un auto blanco, Subaru, nuevo, con aire acondicionado y un chofer macanudísimo: Karen Sing. Comenzaba el viaje fantástico. Porque, claro, casi 28 horas de avión no son una experiencia agradable, gracias a las mezquinas compañías aéreas. En otra oportunidad había viajado por Air France. Puedo decir que British Airways 2009 es peor. No sólo la torturante estrechez de la clase turista: ni siquiera los asientos de primera podían considerarse confortables: eran cubículos encerrados por mamparas, como en una oficina. Deprimente. Por otra parte, no sé si tendrá que ver la BA, pero cuando volábamos de noche a la altura de Dakar, sobre el mar, caímos repentinamente en un pozo de aire que yo calculo en por lo menos cien metros. Cien metros de caída libre repentina, de plano (no en picada). Y enseguida otra. Despertamos. Fue un griterío impresionante, de terror. Una jovencita cordobesa que viajaba detrás de mí sufrió horrores el resto del viaje. Ni siquiera aceptó ser llevada a primera clase. Desde luego, nadie dio explicaciones. Un comisario de a bordo de dijo con sorna que habíamos caído “un par” de metros. Me preguntaba si estas caídas repentinas, de las que nadie habla, son frecuentes. Y si el Air France que cayó en el océano sufrió algo parecido. Afuera había relámpagos. Atravesábamos una tormenta. Pero bueno, llegamos de noche a Delhi, y lo primero que dije, a nuestro guía Anwar Sing que “aquello no era lo que esperaba”. Circulamos por una larga autopista iluminado, entre edificaciones enormes, junto a un ferrocarril elevado que en la ciudad continuaba bajo tierra: un nuevo metro del centro de Delhi al aeropuerto, con motivo de las Olimpíadas de Commonwealth de 2010. Y según dijo el guía, se construían aceleradamente hoteles para albergar a los visitantes. Como el que nos destinaron, nuevo, alto (estábamos en el piso 20), que nos apabulló con su belleza y modernidad y su enorme carga de objetos de arte. Un detalle curioso: el baño estaba separado del cuarto por una pared de vidrio, junto a la bañera. Con cortinas, si uno quería cerrarlo. Salimos a Delhi, por la mañana. El guía, Anwar, nos contó la historia de la ciudad. “Nueva” Delhi era la zona donde estábamos, en el Parque Connaught, y era la ciudad construida por los ingleses junto a la milenaria, “vieja” Delhi. Y hacia allí fuimos. La primera parada sería el Fuerte Rojo de Delhi.


Las calles siguieron siendo amplias, hasta llegar a la vieja Delhi. Pero apenas enfrentamos las avenidas, la marea verdeamarilla de los moto-rickshaws se volvió hipnótica. Circulaban colectivos, muy parecidos a los de Buenos Aires, aunque antiguos. En pocas oportunidades vimos alguno moderno de piso bajo. La peculiaridad que me llamó la atención fueron las ventanillas cerradas con varillas metálicas, a modo de rejas. Como fondo, enormes y modernos edificios.

Luego llegamos a la parte vieja. El contraste entre modernidad y obsolescencia se hizo patente. Obsérvese la calle de tierra junto a la avenida, con barro. A la altura del Fuerte, los templos, cuidados, uno junto a otro, se hicieron comunes. Allá, arriba, uno de los muchos signos sagrados de la cultura india: la esvástica. Buena señalización, siempre en inglés y a veces también en hindi. India sabe lo que es el turismo y cómo “explotarlo” lealmente.

Los numerosos jeeps que se ven en la foto son una segunda o tercera forma de transporte. Primero están los bici-rickshaws, luego los moto-rickshaws, luego los jeeps que cargan personas como taxis. Hay taxis en modernos automóviles, como el que nos conducía, sólo identificables por el color de la chapa patente. Y los colectivos. Y, desde luego, motos, scooters, todo tipo de vehículos individuales motorizados. Mucha ropa occidental en los hombres, pero algunos vestidos a la india, según distintas religiones. Las damas, en cambio, utilizando unánimemente el sari.

El Fuerte, según los libros (y la copiosa información que nos daba el guía) el Lal Qila, Fuerte Rojo, llamado así por estar totalmente levantado en piedra arenisca roja, tiene una muralla de 2 Km y 18 metros de altura. Se construyó entre 1638 y 1648. Buena parte del mismo (lamentablemente, dijo el guía) está ocupado actualmente por el Ejército Indio, y no es visitable por el turismo. Como en casi todos los centros turísticos que visitamos, se cobra entrada (en nuestro caso estaba todo incluido) y hay estrictas medidas de vigilancia.

Aquí está Haydée Sena, mi esposa, mostrando su bolso a las soldadas. Después, todo es grandioso. Entramos por la puerta de Lahore, la principal.

La construcción está rodeada por un profundo foso, en el que en la antigüedad no sólo había agua sino también cocodrilos. En realidad, estos edificios se llaman “fuerte” porque cumplían la misión de defensa, pero eran ciudadelas ostentosas y lujosas, palacios que corresponden a lo que uno se imagina como Las Mil y Una Noches. En general, el cuidado y el mantenimiento es perfecto, y algunas áreas se utilizan para espectáculos, como pude advertirse en la foto.

Obsérvese también la inmensa cantidad de palomas presentes en el techo. Todos estos palacios de los maharajás o reyes tenían un área llamada “sala de audiencias”, amplios cobertizos abiertos que se cerraban con cortinados (mojados permanentemente cuando hacía mucho calor, para refrescar el interior), y donde se ubicaba el Maharaja (pronúnciese “majaraya”; y, a pesar de que Word lo corrige con acento final, en India se pronuncia sin acento) El Maharaja se ubicaba en un trono como este:

El tejido del frente es para impedir saqueos, obviamente. Está hecho de mármol con incrustaciones de piedras preciosas, técnica que (ya veremos) tiene su punto alto en el Taj Mahal) A los costados y bajo el techo se ubicaban los funcionarios inferiores. El pueblo llenaba libremente el patio enfrente y se acercaban a la “sala” para presentar sus pedidos, quejas, etc. Así, el dignatario tenía contacto directo con sus súbitos. Aprovechemos para observar la vestimenta común de los tres muchachos, obviamente occidental. Nosotros vestíamos para esa ocasión bombacha criolla y alpargatas, lo que llamaba la atención. Otra constante es la botellita con agua, profusa y constantemente utilizada por todo el mundo. Y nadie se toma el trabajo de rellenarlas: es otra fantasía de Slum Dog Millionaire.

En todos los palacios que vimos hay profusión de tallado en piedra. Yo decía que, así como ahora el Estado proporciona trabajo haciendo represas, caminos u otras obras públicas, en la época de construcción de esos palacios se ocupaban miles de personas en la labor artística que recubre esas edificaciones. Que si bien eran privadas, eran una especie de propiedad compartida entre el Maharaja y sus súbditos, puesto que uno no podía subsistir sin el otro. Y, sin duda, un valor artístico proveniente masivamente del pueblo indio, anónimo y multitudinario.

Como este detalle de una pared del Fuerte, hecho en plata. Un simple detalle en una profusión barroca de puesta en valor de muros por medio del arte.

Continuará…


martes, 3 de noviembre de 2009

INDIA 2009 (1)











1- Gente, costumbres, impresiones

En primer lugar, permítaseme un chivo.

Mi agente de viajes, Juan José Montaña (Worldview Tours en India) no sólo ha cumplido con creces lo que prometió, sino que fue felicitado por otros operadores en la India y objeto de envidia por parte de otros turistas no tan conformes: http://www.jjmontana.com.ar

Suelo proponerle a mis alumnos (en realidad, soy bibliotecario) un ejercicio: extender el pulgar y el índice de cada mano en ángulo recto y unirlos formando un espacio rectangular. Luego le pido que miren por ese hueco. Que miren lo que los rodea. Comprenderán enseguida qué escasa, fragmentada, e incompleta es la realidad que observan a través de ese hueco. Que, claro, tiene la forma de una pantalla. La pantalla que muchos creen (también yo, ya verán) que “refleja” la realidad. Es un ejercicio claro y sencillo, y sumamente gráfico. Eso me pasó a mi viaje a la India, entre el 4 y el 17 de septiembre. Casi nada de lo que había visto en la pantalla, casi nada de lo que había leído en libros, notas y artículos, aún en guías de viaje, resultó cierto. El primer impacto fue descubrir que la India y Nepal son países modernos. Con autopistas, celulares, automóviles nuevos, gente informada, culta. Esperaba muchos pobres. De hecho, todos me preguntan inmediatamente “¿muchos pobres?”. Y sí, hay muchos pobres. Pero, diríase, es una clase especial de pobreza. No hay gente gorda (de hecho, creo que en nuestra gordura junto con el cutis blanco llamaba la atención: varios indios pidieron sacarse fotos con nosotros), y las comidas son muy frugales. Además, muchísimos indios son vegetarianos. Hemos visto villas miseria a lo largo de la ruta, hemos visto aún grupos humanos en carpas (que les provee el gobierno, nos dijeron) Había mendigos que golpeaban los vidrios del auto (más allá de los miles de vendedores de baratijas). Pero no era esa indigencia diría que culposa, gimoteante, de los mendigos de Buenos Aires. No es el hambre lacerante de quien está acostumbrado a dietas altas en proteínas, como en nuestro país. Allá la pobreza es como estructural, viene de siglos, de milenios. Hay gente que tiene poco para comer. Y se acomoda a ello. El pedir es algo aceptado, el esperar una propina o una limosna algo natural. En Nepal me siguió una niña, Latika, con su hermanito atado a la espalda. Pedía limosna, pero algo le causaba una gracia incontenible y la mayor parte del tiempo lo pasó riéndose. Su risa me conquistó. No es totalmente resignación. Es algo más profundo, que hace a su religión, a un profundo arraigo del hinduismo y sus cuatro millones de dioses. Es ver la vida de un modo circular (hoy hombre, mañana buey, luego serpiente, otra vez hombre, y la rueda gira siempre, gira; hasta que las buenas obras y la mucha oración lo sacan de la rueda, entra al ansiado Nirvana) En Occidente nuestro sentido de la vida es lineal: es un hilo tendido entre el día que dejamos el útero hasta el día que descendemos a la tierra. Las creencias en vidas posteriores no sólo están descalificadas, sino que siempre han tenido un sentido autoritario: “alguien” decide si uno va al Cielo o al Infierno. Allá la maldad se paga en otra vida, pero aquí, en la tierra; la bondad se premia en otra vida aquí mismo, elevándose en el nivel humano. Lo más notable que observé en la población de la India es su filosofía de vida. Quizás incorporación inconsciente de los siglos, milenios, manteniendo una creencia religiosa. No hay gente enojada, no hay gente estresada, nadie insulta, nadie putea. Y esto, teniendo en cuenta el caos fenomenal que es el tránsito, es digno de destacar. El tránsito es algo aparte. Y creo que tiene algo que ver con una libertad individual profunda que descubrí en la gente de la India. Cada persona parece haber encontrado el lugar que le corresponde en la sociedad, y aplica a las normas de acuerdo a ese lugar que tiene en la sociedad. Los coches circulan por la izquierda, pero ninguno tiene empacho en invadir la derecha para adelantarse, para cruzar, siempre que toque bocina, bocina, bocina. La falta de respeto a las normas incluye hasta ¡15! personas sobre un taxi triciclo y llamado en la India “ moto-rickshaw” y en Nepal “ tuk tuk”. O, de pronto, avanzar ¡de contramano! por una autopista. El sistema de castas sigue existiendo. Un viaje en rickshaw (triciclos a sangre: ya no hay corredores llevando las varas) por los callejones de la Delhi antigua, es una experiencia religiosa. La pesadilla de un taxista en medio de un piquete. Se toca bocina, mucha, los camiones dicen atrás “toque bocina”. Pero hay muy pocos accidentes. Nadie grita porque una moto se mete delante, se cruza, sale de su mano. En Jaipur tuvimos un guía que pertenecía a la casta más elevada, la de los sacerdotes. Pero la Presidenta de la República pertenece a la casta más baja, la de los parias. Nos mostraron las universidades (que no son gratis, pero muy “económicas”) Existen exámenes de ingreso a muy rigurosos. Excepto para los miembros de la clase de la casta más baja. El comercio y la explotación de la tierra se hacen de manera individual. Es evidente la falta de grandes centros de comercialización, de empresas productoras y/o distribuidoras. Sí hay multinacionales: Pepsi y Coca Cola, y McDonald. Pero en los McDonalds también comen (algunos de determinada provincia) con la mano (derecha). Los negocios consisten en millones de puertas abiertas a la calle. Al contrario de occidente, las transacciones minoristas no se realizan dentro de un edificio, sino abiertas a la vereda (si la hay). Porque se confunde la calzada con la vereda, constantemente, y hay calles muy estrechas. La explotación agrícola es primitiva. No hay maquinaria, excepto tractores. Y la cría de ganado es también individual. Las vacas sagradas tienen dueño, que las cobija de noche y las ordeña de mañana. El resto del día lo pasan en la calle procurándose comida donde pueden. Lo mismo pasa, sin embargo, con otros animales no sagrados: hay cabras, burros, búfalos, circulando por las calles, carreteras, autopistas. En la zona de Rajasthán se utiliza el camello, como animal de tiro, y algunos elefantes. Aunque, nos decían, el problema de los elefantes es el alto costo de su manutención. Las carreteras tienen peaje, y, como en la Argentina, las que no lo tienen están en estado entre regular y desastroso. Hicimos 500 kilómetros en automóvil. En automóviles nuevos, japoneses, con aire acondicionado. Nuestro grupo era sólo de dos personas. A veces, me daba la impresión de estar viviendo dentro de una película, porque las cosas pasaban del lado de afuera del auto, y no sentía ni el olor, ni el calor que nos apabullaba cada vez que descendíamos. En Nepal también tuvimos otra sorpresa. Resultó un país más “civilizado” (mi hija me dijo: ‘no “civilizado”, sino “globalizado”’) Las mujeres no sólo visten sari, obligatorio en la India, sino vestimenta occidental. Hay veredas, y los comercios atienden en el interior. Pero, claro, saliendo de la ciudad de Katmandú las costumbres vuelven a parecerse a las de la India, las negocios similares a ese país, etcétera. Esto da una pauta del avance de esa globalización que sin duda va avanzando y que terminará modificando a estos países, en los próximos años (o en los próximos siglos)