jueves, 28 de agosto de 2014

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1CxD02-121 (6 de julio de 2014)

Nuestra saga (sobre 1CxD02-002 “Los Mulas”)

© Jorge Claudio Morhain

Solos.
Ante las hermosas puertas de la escuela-burdel, se tomaron el último respiro. Accionaron las claves, y entraron.
Adentro estaban los alumnos. Correctamente ubicados, listos para la primera clase.
Eran los mulas.
Ana sufrió un mareo, y Ban la sostuvo.
Algo se movió dentro suyo.
–No esperaba esto, Ana –dijo Ban. Pero es evidente que ellos lo han organizado. Tenemos alumnos. No son humanos, pero…
–Pero son alumnos, Ban. ¿Por qué no?
Volvió a moverse.
–¿Estás bien…?
–Sí… Solo que… ya patea…
Ban abrazó muy fuerte a Ana. El bebé, el hijo clandestino que habían concebido transgrediendo las reglas, crecía fuerte dentro de su madre.
Los mulas aplaudieron.
De algún modo, los mulas sabían lo que estaba sucediendo.
De algún modo.


PD: Realmente no sé qué pasó con este cuento. Hoy, acomodando los 120 y más que ya hay, encontré esta pequeña variante al cuento Nº 2 de la serie. Un cuento que por sí solo existe, y está bien. Así que aquí va.

miércoles, 27 de agosto de 2014

1CxD02-120



1CxD02-120   26 de agosto de 2014

El túnel

© Jorge Claudio Morhain

El primer síntoma lo sintió Chengo, el cuis, que reposaba tranquilamente en su mecedora, en su confortable casita, cuando el suelo tembló y se cayeron los recuerdos de su viaje al mar: un par de piñas (que en su pago no existían) y unas caparazones que debían de haber sido de los hermanos mayores de Saúl-Baba, el caracol, por su tamaño baño. No era nada que se hubiera movido la tierra. Le molestaba que también se hubiera caído la botellita con agua de mar, con lo que el recuerdo de esa agua de gusto tan raro terminó hecho una mancha en el piso de su casita.
Parrancho, el pato maicero, arrastrando los chiripaces, llegó muy enojado a la reunión que a la sombra del Tala de los Nidales Viejos, convocó Chengo, para tratar los movimientos de tierra. Es que Pedro el tero había estado gritando toda la noche porque el campo se había agitado justo debajo de sus huevos, y Prestotarda la tortuga había recibido un sacudón tan grande que estuvo pataleando panza arriba hasta que, de paso para la reunión, los vecinos la dieron vuelta.
– Para mí es la fin del mundo, ch’amigo –, dijo Parrancho.
– Son los escarabajos mineros. Yo los conocí en los pagos de la loma –, Ña Chacha, la chajasa, que titular de “Aerochajá”, el medio de transporte aéreo de los vecinos, era, por lo tanto, muy viajada.
– No, no – dijo el tero, mientras cabeceaba como diciendo “sí”. – Esto es algo mucho más grande.
  Un terremoto –arriesgó Rolona, la lechuza de las vizcacheras. Y pasó a explicar la teoría de las placas tectónicas.  El único que le prestaba atención era Zabal, el loro de la propaladora, que solía mandarse esos discursos serios a la hora de la siesta, que es cuando nadie lo escuchaba.
El coronel Chuña, que siempre estaba callado desde que fuera readmitido en el pago, finalmente hablo:
– Un atentado terrorista. O la preparación de un atentado.
Silencio en la reunión.
– ¿Y cómo sería eso? –preguntó Pedro el tero, asintiendo.
– Terrorista quiere decir que alguien quiere meternos miedo, ¿Pa qué, digo yo? ¡Pa qué meter miedo en esta población pacífica y sin conflictos sociales… digo yo? – Parrancho,  recogiendo los chiripaces.
El coronel Chuña sonrió para el costado, elevando su estatura.
– Por mi larga experiencia en el área militar, puedo hablar con propiedad.
– ¡Y bueno, hable, pues, caramba! – Carlín, el carau peluquero, era tranquilo. Así que para sacarse así debía estar muy, muy preocupado.
– Las fuerzas terroristas están escarbando debajo del poblado para ubicar armas de destrucción masiva…
– ¿Destrucción masiva? –varios al mismo tiempo.
– ¡Pero no le hagan caso, ve! ¡Ya tuvimos un problema con este señor, cuando quiso imponernos su mandato! ¡Anda buscando arriar piojos pa su piojera!
Pero ahí cesaron las conversaciones.
Porque el terreno tembló, se levantó, crujió como si un gigantesco gusano lo estuviera perforando, dejando una marca en el suelo que iba derechito, derechito, al Tala de los Nidales Viejos, y entonces…
– ¡Ay! (se escuchó un grito sordo, lejano, como si viniese de las entrañas de la tierra)
EL Tala de los nidales viejos tembló en su conjunto y sacudió todas sus ramas, como si estuviera a punto de caerse. Una lluvia de plumas y de cáscaras de huevos ya empollados cayó sobre la concurrencia, al tiempo que la tierra se arrugaba junto al tronco machazo, y se iba cayendo hacia afuera como si…
Como si una excavadora estuviera removiendo debajo y fuera a salir…
¡Y salió!
En medio de la reunión (bueno, al costado, en contra del árbol) se abrió el piso, y asomó una cabeza, mirando a todos lados, como desconcertada. Todos dieron un paso atrás, y el ser del agujero volvió a meterse abajo, rápidamente:
–¡ Mucha luz! –, dijo.
– ¡Terrorista! – Chuña habló con autosuficiencia.
– ¡Pero no! ¡Es mi primo el Pichi Cato, hombre! ¡Cómo ha crecido el gurisito este! ­–  Manocorta, la mulita, se abrió paso entre la multitud y se asomó al agujero. – ¡Eh, Cato! ¡Salga, hombre! ¡Soy Manocorta, su prima alejada!
Por la boca del pozo asomó de nuevo la cabecita, pero ahora con unos enormes anteojos negros.
– Ah… –, dijo, y recorrió lentamente el corro, mirando atentamente a todos. – ¡Buenos días!
– ¡Buenos días! –, contestaron todos educadamente.
– ¡Terrorista! –, dijo Chuña, y Alba, la garza, no pudo más y le propinó un picotazo. Pancho, el carancho comisario, los apartó, pero conminó al coronel:
– ¡Terminelá, mi coronel, o viá mandarlo al ostracismo, y no me refiero a las almejas del arroyo!
– Perdone, parece que erré el cálculo y vine a salir por zona habitada – dijo Cato, el pichiciego. Estoy preparando el túnel para la comunicación subterránea de las poblaciones. Me presento: Ingeniero Pichi Cato, para servirlos…
Un unánime suspiro de alivio conmovió al Tala de los Nidales Viejos. Todos, uno detrás de otro, fue a saludar al ingeniero Cato, que estiraba la mano esperando que alguie se la estrechara, porque ver, no veía.
– Visto el avance de las ciencias y la posibilidad de ampliar la oferta turística del pago, propongo una excursión al túnel, si el ingeniero Cato no se opone – Rolona, que vivía en una vizcachera abandonada, era casi tan experta en túneles como Cato o su prima Manocorta.
Así que, con el mate a cuestas y unas buenas tortas fritas que cocinara Ña Chacha, todo el poblado de Chengo se fue a pasear por los túneles nuevecitos, para orgullo de Pichi Cato, que –allá abajo– veía mejor que un gato montés de noche, mire lo que le digo.




lunes, 25 de agosto de 2014

1CxD02-119



1CxD02-119 25 de agosto de 2014

Otro vuelo nocturno

© Jorge Claudio Morhain

¿Hasta cuándo esa sensación de vacío en el estómago, como si de pronto hubiese un agujero en la parte de abajo y por allí se estuviesen escurriendo todas las vísceras? Ya debería desaparecer, luego de tantos y tantos despegues. Se produce cuando llego exigido al final de la pista, cuando tengo que producir la acelerada brusca y tirar de los controles para que, finalmente, las ruedas dejen el suelo y la nariz se empine hacia arriba, y subamos. Siento las ramas rozando la panza, cuando levanto en la pista del monte. Siento la ráfaga de polvo fino como talco cuando subo por el camino de las sierras. Siento la sal de las olas, cuando me mando por los acantilados, y en lugar de subir caigo una fracción de segundo al terminarse la pista y quedar sobre el mar. Pero, aquí, siempre sube; siempre hay una leve térmica que te ayuda. De noche, claro, es peor. Salvo cuando despego de un aeropuerto, con todas las luces legales y la voz del operador de torre que te desea buen viaje. Pero es muy difícil que despegue de aeropuertos.  Es difícil que mis vuelos sean legales, dicho claramente. Bueno, quizás por eso mismo la sensación que no cesa. También hay que decir que hoy  es un despegue excepcional. No es que llueva y que el campo esté blando, ya me ha tocado esa, y tuve que controlar el Cessna que derrapaba y patinaba, jodido, jodido; pero subí. No es que haya nieve, y se congele el aceite, y haya que dar toda una vuelta a la pista para recién encarar contra el viento: también despegué. No es que la pista está muy cerca de los radares y haya que volar a ras del suelo, o fingir que estamos fumigando; eso ya lo he vivido. No, el tema ahora era entre bandas, mejicaneadas, esas cosas. No es que a mí me interesara, siempre que no me afectara a mí o al Cessna. Pero podía haber problemas en el momento del despegue, y entonces habría que hacerlo a oscuras. Bueno, se suponía que era una noche de luna. Sólo que nadie calculó la tormenta, que volvió más noche la noche. No, así no. Los muchachos dijeron que yo hiciera lo que quisiera, que la merca ya la tenían y que ellos se borraban. Les pedí por favor, entonces, un relámpago. Sólo un relámpago de luz, una especie de ‘encendimos por error’, y acaso se confundiese con los relámpagos de en serio, del cielo. Resoplaron, pero accedieron. Se fueron casi todos, y se quedó uno en moto. Arranqué el motor: joya. Entonces bajó la palanca y la levantó. Vi las luces que marcaban la pista, y se quedaron dentro de mí, como en negativo. Aceleré a fondo y lo solté, esperando la marca con la palanca aferrada. Ya. Ya. Ya. ¡Ya! Brrruuum… Esa sensación hermosa de que el mundo entero se inclina por debajo de uno. Y, qué cosa, no estuvo la sensación de agujero en el estómago. No estuvo mientras despegué perfectamente, en medio de la selva tucumana. Pero cuando se encendió el reflector reapareció, y más fuerte que nunca. Las bandas no tenían reflectores. Gendarmería tenía reflectores. Torcí la palanca a la izquierda, como para un vuelo de campana, y rocé de nuevo la copa de los árboles, Crucé la pista oscura a todo gas, y tiré hacia atrás para que, del otro lado, saltara al cielo.
Balas. Balas trazadoras. Gendarmería está usando balas  trazadoras, que dejan une estela, como un misil. Balas trazadoras.