martes, 11 de noviembre de 2014

P- 1CxD02 162

P- 1CxD02  162 (11 de noviembre de 2014)

La herida del árbol

© Jorge Claudio Morhain


Si encuentras la herida
Del árbol,
Descubrirás sin duda que aún está tu nombre.
Sobre la marca oscura de tus letras,
Sobre la línea espesa de tu sangre,
Sobre el olvido azul de aquella noche,
Sobre el canto velado de los pájaros,
Sobre el mágico discurso del silencio,
Sobre los pasos enguantados que llegaban,
Estará, incólume, despierto,
El agudo filo del recuerdo.
Estará, aunque no creas, esperando,
Estará, sin dudas, acechando,
Y tu ilusión, y tu deseo, y tu soledad,
Serán tan sólo cristal para la piedra
Grandiosa, enorme, de mis besos.
Y habrá, seguro, un remolino,
Que llevará de intento la hojarasca.
Y luego, algún día, vendrá una gran tormenta,
Que arrancará de cuajo el árbol viejo.
Y no estará ya más tu nombre ni el mío, ni el recuerdo.
Y habremos dejado, como manchas,
Las tímidas letras de un papel impreso.
Para siempre.




lunes, 10 de noviembre de 2014

C788 1CxD02 161

C788   1CxD02 161   (10 de noviembre de 2014)

Frío

© Jorge Claudio Morhain

Temblaba. Temblaba. Temblaba.
Creía oír, afuera, los crujidos de la escarcha, creciendo, invadiendo todo. A su lado, el hombre se vestía, dispuesto a irse.
La luz iba aumentando. El día llegaba, cruel y helado.
Hacía frío, pero el frío interior era más profundo que el de afuera. El frío que había nacido de él, de sus palabras, de su desapego final.
Ella se arrebujó en el edredón, y encendió la estufa eléctrica.
El hombre apenas la miró, desde la puerta.
“Chau”, dijo, sin mirarla. Ella no le contestó. No quería que la viera llorar, la última vez que la veía.

Estuvo inmóvil casi una hora. Luego se vistió, calentó la leche y el agua. Hizo el desayuno y preparó mates. Enseguida volvería su marido, del trabajo.

viernes, 7 de noviembre de 2014

C787 1CxD02 160

C787     1cxD02- 160     (7 de noviembre de 2014)

Encuentros en el 60

© Jorge Claudio Morhain

La primera vez me pareció una vieja. Una vieja astrosa, pobre, famélica, indecente, con una mirada extraviada que parecía quejarse de todo lo que los demás ostentaban, ya fuese galletitas, caramelos o simplemente cachetes rollizos. Viajaba en el 60, agarrada –colgada– del pasamano, y me daba la triste impresión de una media res vieja y reseca, colgada de un riel de carnicería, sin nadie que la compre.
La primera vez eché mano al perfume, que es como mi burbuja. Cuando algo me ataca me envuelvo en una nubecita de perfume de Carolina Herrera, y todo pasa.
No sé dónde subió ni dónde bajó. Era de mañana, cuando yo iba al trabajo.
La segunda vez fue de vuelta del trabajo, casi a la hora de la siesta, y ya no estaba tan vieja, ni tan arrugada, ni tan hambrienta. Pero era ella. Nadie tenía esa mirada tan ávida y desafiante. Tampoco viajaba parada: estaba sentada en el último asiento del medio, en la altura, y desde allí parecía la Soberana de un país de súbditos despreciables.
No usé el perfume. Usé al Anne Rice, mi tremendo libraco, y eso me impidió, nuevamente, saber dónde subía o dónde bajaba.
Pero a la tercera, la vencida, según dicen, el micro se rompió, entrando la noche. Bajamos todos. Un muchacho lleno de vida (y esperanza), un señor gordito de colita, una secretaria enfundada en cualquier cosa que pareciera una funda, y… la vieja. Que ya no era una vieja. Ahora parecía una ama de casa gastada, con profundas arrugas y marcas de la vida. Su mirada soberbia estaba como resignada, como si hubiera bajado la guardia. Y justo a mí, vino a hablarme.
– ¡Qué cosa!
– Mmh. Sí.
– Cada vez peor. Este gobierno no da para más.
– Perdón… ¿Por qué el gobierno…? –yo sé que no debo preguntar eso, porque es la llave para desatar una verborrea llena de slogans y lugares comunes. Pero no…
– Vas a llegar tarde a tu casa –, me dijo.
– No, no voy a mi casa. Pero no importa. Igual voy a llegar tarde.
– Yo ya estoy atrasada. Años atrasada.
La miré inquisitiva.
– Es muy difícil conseguir mi tipo de sangre… – me dijo, a modo de explicación.
– Tiene que hacerse transfusiones… – quise aclarar.
– Más o menos.
– Yo soy O RH positivo, creo que es el grupo más común.
– Sí, ya me di cuenta. Yo soy AB, RH negativo.
– Ay, yo tengo ese grupo… – exclamó el muchacho lleno de vida y esperanza.
A la vieja –ama de casa gastada– se le iluminaron los ojitos. Desde ese momento dejó de darme bola y se encariñó con el mino. El colectivero, que andaba suelto y con ganas de ligar, se prendió conmigo. Me contó la historia del micro, de la empresa y de la soledad que significa manejar todo el día solo, y en eso llegó el auxilio y me lo sacó de encima. Enseguida llegó otro 60, y nos fuimos. Lo único que me interesaba era encontrarme con Roberto, así que de ahí en más tengo una laguna.
Los otros días volví a verla. Ya no era una ama de cada gastada, con suerte era un ama d casa. Pero una de esas amas de casa que se cuidan como si un día viniera Bazán a hacerles una nota o Tinelli a hacerles un casting. No me conoció. Yo, apenas. No hay, pensé yo, como una buena cama para levantar a una mina.
Porque sería eso, me imagino.


miércoles, 5 de noviembre de 2014

C786 1CxD02 159

C786   1CxD02 159     (5 de noviembre de 2014)

El futuro

© Jorge Claudio Morhain


El abuelo dijo que no fuera, pero ¿cuál es la ciencia del abuelo? Siempre aferrado a su tierra, siempre mirando las estrellas. Él ni siquiera sabía que había un río tan grande que no tenía Otra Orilla. Aunque ahora tampoco cree que los que lo han visto digan la verdad. Sin embargo, ahí están los extranjeros, que cruzaron ese río, con sus con pieles de colores extraños, con trozos de metal encima. Los jóvenes iremos a su encuentro. Los jóvenes sabemos lo que es necesario para el futuro. Todos queremos conocer el animal que ruge y que no es un tigre, el animal que se ponen entre las piernas y los lleva de un lado a otro, los tubos de los que sale el trueno. Todos queremos sabe si es cierto, o es deformación de los dichos de boca en boca. Y allá vamos. A conocerlos. Ellos son el futuro. Nosotros, y el abuelo, el pasado.

martes, 4 de noviembre de 2014

C786 1CxD02 159

C786   1CxD02  159    (4 de noviembre de 2014)

Damero

© Jorge Claudio Morhain


Terminó de llover. Cuando el agua se retiró del campo, dejó al descubierto el extenso  damero de una ciudad colonial, perdida. Como nadie sabía jugar a las damas, araron el campo y sembraron soja.

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C783  1CxD02 156  (31 de octubre de 2014)

Mi amante

© Jorge Claudio Morhain

Mi pequeña amante es suave, delicada, callada, misteriosa, hasta tierna a veces, amiga. Eso cuando los vientos soplan del lado del sol, o de la luna, o de las estrellas amigas.
Mi pequeña amante puede ser cruel, despótica, angustiante, tozuda, hiriente, despótica, lacrimosa. Dolorosa. Eso cuando soplan los vientos del infierno.
Trato de evitarla, muchas veces, trato de distraer mi atención, trato de impedir que me atrape. A veces lo logro. Pero hay algo, no sé, tal vez esté impregnado con su olor, porque los demás terminan apartándose, haciéndole lugar, para que venga a buscarme.
Sé que la maldita ni siquiera es mi amante exclusiva. He descubierto que comparte sus noches con muchísimos otros, y sus días con algunos menos. Es promiscua, persistente, descarada. Y descubro por qué los demás saben de mi amante. Yo les noto en la cara cuando la comparten conmigo. Seguro que ellos también lo hacen. Y saben que pertenecemos a esa especie de cofradía. Si al menos fuese una amante moderna, y permitiese la Mènage a Trois, o el swinging… Imposible,  sé que eso la destrozaría, la mataría, la aniquilaría.
Es una puta. Me canso de decírselo. Me dice que no busca a la gente por plata, y que eso la libera de culpa. Mentira. Es una puta arrastrada. La odio. Y la amo. Eso sí, jamás la llamo. Ella se encarga de buscarme, tranquilamente, aplastantemente.
Es que, además, hay momentos en que la necesito, imperiosamente. Necesito que me susurre en el oído, que me cuente cosas, que me haga promesas. Necesito sus caricias. Necesito su presencia.
Hay quien, sin embargo, no la conoce, o apenas la ha entrevisto. Claro, generalmente eso basta para desearla. Hasta para llamarla, para pedirla, para añorarla. A veces, con esa gente, se hace rogar, es difícil, caprichosa. Los otros, los amantes permanentes, no los envidiamos. Les deseamos que no vuelvan a verla, que la olviden. Pero, ya dije: verla es quererla.
Mírenla, ahora mismo, recostada sobre mi hombro, mirando lo que escribo. No, no me digan que es hermosa. Es odiosa. Es despreciable. Quisiera que se vaya y no vuelva… Miento, miento, miento. Quiero que esté, quiero que me acompañe, quiero que me ayude, siempre, siempre.
Mi pequeña amante…
Qué voy, qué vamos a hacer.
Joaquín Sabina, filósofo recurrente, la llama “Inoportuna”, y la nombra. Nuestra pequeña amante se llama Soledad.




lunes, 3 de noviembre de 2014

C785 1CxD02 158

C785 1CxD02 158 (3 de noviembre de 2014)

Chiachere

© Jorge Claudio Morhain

Tocó el timbre. La recibió Elena, la dueña de casa. Patricia venía a arreglar unas cuentas de Tupperware. Se sentaron a una mensa. Y hablaron.
Dijo Patricia:
Dijo Elena:
¡Hola, Patricia! ¡Qué gusto verte! ¡Pasá, pasá, tomemos unos mates…
Esperá que pongo el agua…

¿No? Bueno, sirvo una copita.
¿Viniste por el sol? ¿Está bravo, no?

Es por eso que dicen del Cambio Climático. ¿Sabés que se está derritiendo el hielo en Groenlandia?
Estoy agotada. Estas calores me tienen agotada. Las calores de tiempo, digo. No vayas a pensar…
¿Unos bollitos? Son frescos.

¿Seguís en la escuela?
Hablando de la escuela, el otro día vinieron a pedirme para una colecta de la escuela. ¿Cómo sabés que es de la escuela? No se puede confiar en nadie. El mes pasado a la almacenera de la esquina le pusieron un revolver arriba del mostrador y le pidieron toda la plata. La mujer dijo que tenía que ir adentro, y se fue y nunca volvió. Los tipos se fueron. ¿A vos te parece?
¡No se puede confiar ni en los ladrones, je, je!


Yo por eso cierro siempre con llave, y me hice poner esas rejas, ¿viste? Pobre el Rulo llegó la otra noche del baile sin llave, y yo me había ido a lo de mi tía, así que tuvo que saltar las rejas y entrar por la ventana de atrás, que tiene las rejas flojas, de presentación nomás, y la ventana sin falleba.
Eso me pasa por no dejar una copia debajo de la maceta del porche, como todo el mundo.
La inseguridad es una cosa seria. Mi marido, el panadero de la avenida, como sabés, tiene una pistola así de grande bajo el mostrador. La tiene sin balas, claro, si él tiene miedo hasta de las cañitas voladora, pobre. La verdad es que es un pobre infeliz. Hasta los amigos se dan cuenta.

El otro día se juntaron para ver el fútbol, y Manotti, que es de mala bebida, se mamó mal y me acorraló en el pasillo. Te juro, nadie me había acariciado como él. Terminé toda mojada.





Claro: piove, governo ladro…


La verdad es que nadie puede prever la cantidad de agua caída. La otra vez que había inundaciones en Iguazú escuché a una papanatas diciendo que se inundaba porque el Gobierno no hacía obras… ¡Pero dejemé…!
¿Cuánto le debo, Elenita?
Se les va un poco la mano a ustedes, ¿eh?




¿Decía? Acá traigo la plata. Y el librito. No, la verdad no voy a encargar nada…


¿Otro bizcochito? ¿Le gustaron? ¿Le pongo algunos en un Tupper. De los suyos…



Saludos a los suyos. Y a su marido. ¿Cómo es que se llamaba su marido?

¡Vuelva pronto!
Chau.




¿Qué vino a hacer, esta,  a esta hora? Me da mala espina. Es una víbora…

Hola. Vine por lo del Tupper. Bueno, paso. Qué lida tenés la casa.
Por mí no te molestes. Recién tomé en casa.

Lo que te debe costar mantener la casa. Con lo que cobran hoy las sirvientas. Ya no se puede ni ayudar a alguien.

El otro día, en la escuela, viene una madre a quejarse porque lo conminé, oíme, lo conminé a que venga a la escuela con pantalones largos, porque me viene en short y en cualquier momento se le va a salir por la pierna, semejante grandulón, ¿no te parece?

El tipo dice que hace calor. Sí, hace calor, pero que se la aguante, como nos aguatamos nosotras, que teníamos que ir de riguroso guardapolvo blanco, lloviera o tronara.
Mi mamá hablaba con la maestra y si había mucho barro iba sin guardapolvo. Si no la mujer se deslomaba lavando y planchando. Sobre todo planchando, qué crueldad.
Y entonces la mujer, la madre del tontito ese, viene y me dice que hace calor, que la escuela no tiene aire acondicionado y que ella no puede pasarse la vida lavando pantalones.
¡Aire acondicionado! ¿A vos te parece? ¡Estos negros, pronto van a pedir viaje de egresados a Miami!
¡Que lave la ropa, che, que para eso está!

Además, dicen que anda con varios tipos del barrio, incluso con el panadero de la avenida. La verdad que el panadero está bueno, yo misma le he hecho un dentre, bueno, dentre… Le llaman pete ahora, estos degeneraditos.







A mí no me gusta el fútbol.


Sí, yo me mojé hasta los calzones con la lluvia del otro día, qué tiempo podrido. Yo, qué quiere que le diga, Patricia, para mí la culpa la tiene el gobierno, pero en serio.
No, no es que lo culpe de la lluvia, pero así como nosotras sabemos que hay un cambio climático, ¿el gobierno no lo sabe, eh?
Hay mucha gente que se rasca para afuera, qué quiere que le diga. Y eso que a mí la política…

Doscientos cincuenta, Patricia.
Bueno, la inflación, el dólar. Estamos aislados del mundo, usted sabe. Y estos son productos importados, muy finos.
Yo la verdad que gano muy poco, pero lo hago por vocación, qué quiere que le diga…


Hay que rebuscarse, un pesito acá, otro más allá..

No, faltaba más. Muchas gracias.- Usted siempre tan amable. Ah, y le dejo la factura, no vaya a pensar que le esquivo a la AFIP, faltaba más.


Julián… Julián Manotti. Saludos a los chicos.
¡Chau!





Tacaña de mierda. Con la guita que tiene. Seguro que es tacaña en todo, por eso…