jueves, 24 de abril de 2014

1CxD02-006



1CxD02-006 (24 de abril de 2014)

AL FIN

Al fin, alguien abrió una ventana.
El aire fresco penetró como un cuchillo cortando la atmósfera pesada y dulzona de toda una noche de cafés y cigarrillos. Alguna vela vaciló, y no faltó quien estornudase.
Aproveché la ventana para evadirme, bajar a la leñera. Sentarme, como antes, en los troncos rústicos, a beber con fruición la brisa fresca de la madrugada.
No me gustan los velorios.
Y menos el mío.

miércoles, 23 de abril de 2014

1CxD02-005



1CxD02- 005 (23 de abril de 2014)
Elenita y el lobo
Elena salió de noche, porque se quedaron sin fósforos. Quedarse sin fósforos era grave, en Las Ortigas, aquel paraje en medio de la inmensidad. Digo paraje porque no daba, no daba para aldea, ni para pueblito.
Claro, el único Almacén de Ramos Generales ( “Autoservicio”) estaría cerrado, pero don Luis vivía al lado, y no le iba a dejar de vender fósforos a una nena.
La nena, claro, Elena. Mamá se estaba reponiendo de una operación misteriosa, y no podía caminar. Y Atilio tenía 5 años. Casi dos años más chico, un bebecito. Y hacía frío.
Por lo menos (pensaba Elena) no habría lobos, porque los lobos salen cuando hace calor. “Y en otro continente, nena; del otro lado del mar”, le decía Mamá cuando ella hablaba de lobos. Claro, los únicos lobos de Sudamérica estaban en los zoológicos. Lo que había acá eran perros grandes. Como este.
Chicho, Chicho…
Mueve la cola. ¿Eso es bueno? Ay, qué boca. Mejor me detengo, hago castañetas con los dedos. No me sale. Se me viene. Vacila. Uy, traga, muestra los dientes. ¿Y si corro?
“Tené cuidado, Elenita. Y sobre todo, no corras. Podés caerte en la oscuridad, y estás sola”, dijo mamá.
El lobo arañó la tierra, un poco más cerca. Mamá dice que no hay lobos por acá. Pero esto parece un lobo. A lo mejor me habla.
–        Hola, lobo –dijo Elena.
–        Hola, Elena –dijo el lobo.
Bueno, no dijo el lobo. El lobo sacó medio metro de lengua y le lavó la cara a Caperucita, digo a Elena. Lo que pasa es que Elena se sentía, parada frente al perrazo, como Caperucita en el bosque.
–        ¿Vamos? –dijo Elena.
El lobo no dijo nada, pero la acompañó hasta el Autoservicio cerrado y la casa de don Luis, y después que Elena compró fósforos la acompañó de vuelta a su casa. Y se quedó gimiendo en la puerta.
–        ¿Te fue bien, Elenita? –preguntó mamá.
–        Rebien, mami. Me acompañó un lobo, ida y vuelta. Es mi amigo.
(Qué imaginación tienen los niños, pensaba mamá)
–        Los lobos no son de este país, Elenita. –dijo, de todos modos.
–        No, mamá –respondió Elena, mientras veía por la ventana a su amigo el lobo meneando la cola.
(No vamos a discutir –pensaba–. Los grandes no saben nada)
El perrazo, perdón: el lobo, se puso a aullar.
Je.

martes, 22 de abril de 2014

1CxD02-004



1CxD02 – 004
LA LLAMADA DEL MUERTO
© Jorge Claudio Morhain, 22/04/14

Apenas empezó el viento y los truenos, se cortó la luz. Segundos más tarde, llovía.
Martínez ya no tenía ánimo siquiera para maldecir a la compañía de electricidad. Había llegado a un punto en que temblaba inconscientemente, y no era frío. Era miedo.
Es que, sin luz, el timbre no funcionaría. El suyo era un timbre antiguo, que trabajaba con 220V. El botón, afuera, era sólo un interruptor de 220 voltios. Así que, si se corta la luz, no hay timbre. No hay llamada.
A la luz de la linterna, volvió a leer la nota, la que le provocaba el miedo:
“YO SERÉ EL PRIMERO QUE TOQUE TU TIMBRE. Y ENTONCES ESTARÁS PERDIDO”. Firmado: “EL MUERTO”.
No importa quién fuera. Martínez andaba en demasiadas cosas raras como para pensar. Podía ser algunos de los que cagó vendiéndoles como barrio residencial lotes en el bañado. Podía ser alguno de los que les debía; por negocios legales, o por deudas de juego. Podía ser alguno de los muchachos del Zeta, el jefe de zona del Narco. Podía ser la policía, a quien había traicionado. Hasta podía ser, sí, el muerto. Su propio hermano, al que había mandado un sicario, cuando sus amenazas de denuncia lo hicieron trastabillar. De miedo.
Como ahora.
Ahora vino la luz.
Una gota de alegría pasó por la frente de Martínez. Por lo menos oiría el timbre…
El timbre, que empezó a sonar.
Martínez se encogió, apretándose más en el fondo del hueco donde esperaba que no lo encontrase ni su madre. Si entraba, fuera quien fuese, no debía encontrarlo.
El timbre sonaba.
Llovía a cántaros.
Pequeños intervalos de silencio y lluvia. El timbre volvía a sonar. El que tocaba debía estar empapándose, porque la tormenta estaba en su mejor momento.
El timbre sonaba.
El timbre sonaba.
El timbre sonaba.
La luz parpadeó. Vaciló. Pareció apagarse, un instante, y luego renació. Ahora sí, Martínez le dedicó un áspero rosario a los proveedores de electricidad, tan ineptos que no podían sobrevivir a una tormenta. Como si no hubiese tormentas cada tanto, normalmente. Para eso Martínez (como todo el mundo) pagaba religiosamente las abultadas facturas…
Pero…
Martínez acalló sus pensamientos, como si éstos le impidiesen oír.
El timbre ya no sonaba.
Pasaban los minutos, y no insistía, quienquiera fuese.
El timbre no sonaba.
Quien fuese podría haber desistido de la llamada (esa había sido la esperanza de Martínez, desde el primer momento) O podría estar agazapado, esperando que Martínez supusiera que había abandonado su empeño, y saliera a ver. Cosa que Martínez también tenía prevista.
Pasaban los minutos. El timbre no sonaba.
El timbre no sonaba.
Quizás dormitó, Martínez.
El timbre no sonaba.
Quizás dejó de temblar, Martínez.
En algún momento, dejó de llover. Y el timbre no sonaba.
Mucho, mucho tiempo después (eso le pareció) Martínez salió entumecido de su encierro.
El silencio era total.
Enderezó sus articulaciones y caminó hasta la puerta.
Silencio. Y viento.
Aun, todavía, pegó el oído a la madera, tratando de escuchar un roce, una respiración.
Sólo se oía el viento.
Quitó las trabas, giró la llave, y abrió la puerta. De golpe.
Con el índice aún extendido, electrocutado, mojado, rígido, estaba quien había llamado.
Quien había tocado insistentemente el timbre.
El muerto, claro.
El muerto.

lunes, 21 de abril de 2014

1CxD02- 003



1CxD.02 – 003  (21 de abril de 2014)

EN EL LABERINTO
Cuando entró en el Laberinto, acababa de enterarse de la traición.
Tuvo la sospecha de que la misma apuesta fuese parte de la traición.
De todos modos, lo haría. Saldría del laberinto, y ganaría la fortuna en juego. Aún frente a su propia fortuna.
Hizo los primeros tramos con rabia desesperada, atropellando los arbustos, pateando las estatuas. Corrió hacia la derecha, siempre a la derecha, según era la norma (si era norma: tal vez sólo consejo, o esperanza de evadirse para siempre del encierro)
Cuando llegó al primer encierro, comenzó a llorar. Llanto incontenible, desbordado como río después de las lluvias. Ella le importaba. Claro que le importaba. Claro que era suya. Claro que era la madre de sus hijos. Claro que él la engañaba. Pero ella no. No. No. Y menos tan obviamente, tan prosaicamente, con su mejor amigo.
Agitó el puño hacia lo alto, sabiendo que ella lo observaba, por alguna de las cámaras de seguridad del Laberinto (no fuera a perderse alguien, y no pudiese salir)
No fuera a perderse alguien y no pudiese salir.
Quizás esa fuera la solución. Sus hijos ya eran grandes. El negocio estaba en marcha. Y ella los quería. Podrían llevar una vida agradable sin él. Con dinero, con buena vida. Y con su nuevo padre, el mejor amigo. Y con la suma de la fortuna de su nuevo padre el mejor amigo.
Empezó a caminar, en lugar de correr. Todos los desvíos a la derecha llevaban invariablemente a encerronas. Y para peor, algunas encerronas eran tan complicadas como pequeños laberintos.
Sudaba.
Arrastraba los pies.
Terminó por sentarse en un banco, colocado donde seguramente los visitantes desfallecían. Sólo faltaba que hubiese un dispenser con un refrigerio.
Puteaba a Dios y María Santísima. Y a su mujer y a su mejor amigo. Y a sí mismo. Por aceptar la apuesta.
Pero, ¿hubiera podido no aceptarla? El mejor amigo estaba acostumbrado a poner las reglas.  Y la apuesta era su idea. Casi toda la fortuna de uno contra casi toda la fortuna del otro. Si salía del laberinto. Claro. Quizás él no saldría. Quizás no se enteraría nunca si esto era un plan para que no saliera. Quizás el mismo Laberinto no tenía salida.
Lo invadió una rabia sorda. Saltó del banco y volvió a los pasillos. Derecha. Izquierda. Derecha. Izquierda.
Siguió contra la última pared de arbustos, para traspasarla, para romper el encierro, para salir del Laberinto. Pero detrás de la planta había alambrada. Un grueso alambre tejido era el alma de las paredes verdes.
–Calma. –dijo en voz alta. –Calma. –como para que su voz reforzase la idea de que aún vivía. De que aún podía reaccionar. Pensar. Reflexionar.
Tendría que salir. No iba a morir allí adentro, paras lujo de la infiel y del mejor amigo.
Metió una pierna entre las ramas, hasta alcanzar el alambre. Consiguió enganchar un pie. El otro. Trepó hasta que su cabeza sobresalió por sobre la pared verde. El Laberinto parecía extenderse hasta el infinito. Acaso así fuera. Trabajosamente, se puso de pie sobre las ramas, en precario equilibrio, tratando de vislumbrar un camino, una salida. Había algo, a su derecha. Algo… Luces…
Cayó al suelo.
Hizo un esfuerzo terrible para no desmayarse, pero el dolor era tremendo. Algo se había roto en él. Quizás el alma (pensó)
Quizás (se dijo, mientras juntaba los pedazos de sí mismo que parecían desparramarse por el piso gimiendo por separado, pero a coro) el Laberinto realmente se extienda hasta el infinito. Quizás mi mujer y mi mejor amigo me hayan matado, y esta sea mi agonía. Quizás, realmente, nunca vaya a salir del laberinto. A menos que vaya hacia las luces. A menos que pueda pararme. A  menos que pueda… despertar…
(Si tan sólo pudiese pensar con claridad…)
Alguien gritó, a lo lejos, en alguna parte.
Creyó oír unas palabras, antes de desaparecer en la negrura. Algo como “¡Corten!”

ÚLTIMAS NOTICIAS (Fragmentos)
Sigue en coma el actor N…, quien sufriera un repentino ACV mientras filmaba…
Su esposa, la también actriz B…, dice que permanecerá a su lado, hasta que despierte. La acompaña el mejor amigo de N…, el productor T…, quien producía el filme “En el Laberinto”. La película será terminada con imágenes diseñadas por computadora, dijo. Se espera…
La esposa y el mejor amigo, aburridos, sudorosos de amor, salieron al pasillo solitario de la clínica. Necesitaban cambiar de aire, respirar, liberarse de aquel encierro lleno de tubos y ganchos y pantallas iluminadas.
Nunca encontrarían la puerta de salida.
El Laberinto se extendía hasta el infinito.

domingo, 20 de abril de 2014

1Cx2.02 -002



LOS MULAS  (1CxD02 – 002 – 20/4/14)

Subir la última colina fue el trabajo más pesado. El vehículo portador no era muy amante de los frenos, y aunque la baja gravedad los favorecía, hubo que empujar duro.
Por fin, llegaron al borde. Desde allí se veía toda la Colonia. Abandonada.
Aún flotaba en el aire tenue la última nube química de la espacionave, que había partido hacía dos días del planeta.
Más allá, había actividad en las minas. Habría que decirles a los mulas que ya no se iba a necesitar de su tarea. Que podían volver a su vida normal.
Era difícil que alguien se acordase cómo era su vida normal.
Luego de tomar aliento, mucho aliento, Ban y Ana dejaron ir lentamente al portador hacia la escuela. Bah, hacia el burdel. O quizás ahora habría que volver a llamarlo escuela.
Fue escuela en los primeros tiempos, cuando las tripulaciones pasaban años y hasta décadas en el planeta, cuando los mulas no estaban aún totalmente acondicionados al trabajo de las minas, cuando las comunicaciones no eran tan eficientes.
Pero pronto no quedaron niños. Decididamente, este mundo no era lugar para criar humanos. Y luego vino la prohibición de gestar en el planeta. Muchos de los niños, acaso todos, tuvieron serios problemas al volver a casa. El aire: demasiado delgado, demasiado complicado en su química, les modificaba algo en los pulmones. Y, claro, a la Compañía le costaba demasiado mantenerlos, de regreso, pagar sus gastos médicos, asegurarles una vida normal.
Si es que alguna vez su vida fue normal.
Se podía evitar esa complicación, utilizando los respiradores, que eran cada vez más pequeños y eficientes. Filtraban el aire, le quitaban sustancias y le agregaban otras: lo hacían humano. Ban y Ana habían renunciado a ellos hace años.
Así que aquel hermoso edificio perfectamente acondicionado para escuela, acaso el mejor de la Colonia, pasó a ser el burdel, el burdel más hermoso perfectamente acondicionado de la Colonia. Ban y Ana habían cambiado su rol de maestros.
Pero todo pasa, como dijo algún filósofo perdido en la hojarasca del tiempo. Y las minas dejaron de ser rentables. Nunca se supo si se agotaron o si el material fue sustituido por otro.
Y así terminó todo. Quedaban ellos dos. Solos. Con una estación de comunicaciones. Con un pueblo vacío. Con una escuela-burdel, o burdel-escuela.
Y los mulas.
Además de educar a los niños de los colonos, los maestros se ocupaban de instruir a los mulas, los nativos del planeta. La Colonia había prohibido hacía mucho el término “adiestrar” porque era humillante para los nativos. Aunque, claro, todos estaban de acuerdo que era la palabra más gráfica.
Tampoco ayudaba su forma, más parecida a una hormiga erguida que a un humano. Por lo demás, eran gente pacífica, ordenada, familiera.
Ban y Ana terminaban de llevar a la escuela-burdel el último instrumental que había sido derivado a los campos de control lejano, que ya no existían. Con eso la escuela volvía a tener todo su equipo. Completo.
Estaban listos para formar, ellos dos solos, a toda una multitud de infantes. Tenían toda la tecnología, todas las herramientas. Y toda la energía que provenía de aquel mismo mineral que fuera tan preciado en el pasado para los humanos.
Claro que, tal como Ana esquivaba decirle a Ban, tal como Ban disimulaba frente a Ana, no habría a quién enseñar.
Estaban solos.
Solos.
Ante las hermosas puertas de la escuela-burdel, se tomaron el último respiro. Accionaron las claves, y entraron.
Adentro estaban los alumnos. Correctamente ubicados, listos para la primera clase.
Eran los mulas.
Ana sufrió un mareo, y Ban la sostuvo.
Algo se movió dentro suyo.
–No esperaba esto, Ana –dijo Ban. Pero es evidente que ellos lo han organizado. Tenemos alumnos. No son humanos, pero…
–Pero son alumnos, Ban. ¿Por qué no?
Volvió a moverse.
–¿Estás bien…?
–Sí… Solo que… ya patea…
Ban abrazó muy fuerte a Ana. El bebé, el hijo clandestino que habían concebido transgrediendo las reglas, crecía fuerte dentro de su madre.
Los mulas aplaudieron.
De algún modo, los mulas sabían lo que estaba sucediendo.
De algún modo.