lunes, 5 de mayo de 2014

1CxD02-017



1CxD02-017 5 de mayo de 2014
EL ARQUITECTO
© Jorge Claudio Morhain
Estacioné en el lujoso acceso de paredes en declive y columnas vigorosas. Junto a la enorme reja estaba el buzón, y comenzaría el día recogiendo la correspondencia de Belausky, el empresario. Se había ido a París, con varios representantes de la Junta Militar, y yo tenía las llaves.
Con una de esas llaves abrí la casilla, en la pared, junto al portón. Por suerte había traído un portafolios  grande, de esos de escuela, porque ahí había material para entretenerse. Cartas oficiales, cartas manuscritas, folletos, facturas… y cinco carteritas de agujas, de esos que venden en los trenes. 
“¿Para qué quiere  Belausky cinco carteritas de agujas? Además, están sueltas, no vienen con ningún sobre. Es evidente que alguien las puso ahí, y no ha sido el cartero.  Quizás… sea una especie de mensaje…”
Guardé la correspondencia, y desparramé las cinco carteritas sobre la tapa del buzón, que se rebatía hacia abajo. Revisé una, al azar. Una carterita común y corriente, marca “Needless”,  berreta por donde se la mire. Cuatro paquetitos de agujas chicas, una enorme de colchonero, otra grande, un enhebrador, y…
Entonces advertí que alguien me estaba mirando. Había llegado tan silenciosamente que no la había advertido, y estaba observando mis movimientos, con el rostro enmarcado en la reja. Mirando fijamente las cinco carteritas, como oyéndolas, como si susurrasen algo que yo no percibía. Estaba junto a la reja, inmóvil. Del lado de adentro. 
Andrea (pronto sabría que se llamaba Andrea) era joven, esbelta, largos cabellos negros, boca sugerente, ojos profundos, pequeños pechos turgentes, culo amplio pero proporcionado. Usaba una blusa prometedora y pantalones elefante. No estaba pintada.
– ¿Quién es usted?–dijo.
– Yo podría preguntar  lo mismo. En la casa no debería haber nadie.
– Soy Andrea Belausky, hija del dueño de casa. ¿Y usted?
– Ah, perdón… No sabía de usted. El señor Belausky no me comentó en ningún momento que podría venir en su ausencia. Ni que tenía una hija…
– Pero tiene. Y vine. ¿Qué hace con la correspondencia de mi padre? ¿Por qué tiene la llave del buzón?
– Me llamo Samuel Trías, soy arquitecto. Su padre me encargó una reforma en el ala del sur de la planta baja, y quería que estuviese lista a su regreso. Me dio las llaves y me encargó que le hiciese pequeñas tareas, como retirar la correspondencia. Ábrame, y se la entrego.
– No vine con las llaves…
Cerré el buzón, y retiré el manojo. Con la llave correspondiente, abrí la reja. Del otro lado, ella era más hermosa aún. 
Estiré la mano, pero ella me dio un beso. Me turbé un instante. Aún no me acostumbraba a esa moda confianzuda que se iba imponiendo.
– Yo vivo en Córdoba, pero tuve que hacer unos trámites en Buenos Aires, por eso me vine a la quinta.
– Haré las reformas cuando vuelva Belausky, entonces.
– Oh, no. Si mi padre quería que usted trabaje en su ausencia, hágalo. Si no le molesta mi presencia…
– Al contrario… –pero Andrea se estaba yendo al compás, hacia la parte trasera de la casa. No quise seguirla, porque al fin y al cabo venía a trabajar, de modo  que abrí la puerta principal. 
Me llamó la atención el fuerte olor a orines que había en el jardín. Y algunas trazas de pasto aplastado, junto a los macizos decorativos. En realidad, no me llamó la atención, sino que mi percepción de arquitecto anotó los datos del ambiente, aunque no los necesitara.
Belausky se había ido hacía una semana. Yo debía terminar otro encargo, por eso no pude venir inmediatamente. 
Puse manos a la obra, concentrándome en el ventanal, la lucarna y la sillería de roble, tomando medidas y trabajando con la regla de cálculo. Otra vez, como junto a la reja, sentí una presencia. Y un perfume. Andrea se había puesto una pollerita a cuadros, se había atado el pelo, y traía mate. 
Los sillones de Belausky eran excesivamente cómodos, por cierto. Y, ya se sabe, el mate brinda una aproximación a la amistad y la confianza que no brindan otros refrigerios colectivos.
Ella supo de mi vida (solitaria) mucho más de lo que yo supe de ella. Al parecer estudiaba Artes Plásticas en la Universidad de Córdoba. Y era muy independiente. Y muy franca. Y muy “liberal”, como se suele decir cuando alguien es abierto, directo y sin tapaderas de eufemismos.
Así que esa noche cogimos en la suntuosa cama de Belausky. Esa noche y varias de las siguientes. 
Andrea era maravillosa. Silenciosa, pensativa, acaso triste. Miraba mi actividad como embelesada o soñadora, o acaso estaba en otro sitio, mientras permanecía sentada, tomando mate, o simplemente estando.
Yo demoraba la contratación de los peones, porque no quería romper esa hermosa burbuja.
Pero un día tendría que hacerlo.
Me fui de la mansión, manejé hasta la ciudad y contraté los operarios necesarios. Empezarían al día siguiente.
Cuando volví, con champagne y una lata de caviar noruego, había actividad en la casa. Había varios autos estacionados. Falcon.
No me dejaron llegar al edificio. Dos conscriptos como asustados, y un oficial, se cruzaron en mi camino, apuntándome con los FAL.
– ¡Tiene diez segundos para demostrar que no es cómplice, y seguir su mismo camino! ¡Deme eso! ¡Cuidado, puede ser explosivo!
– No es explosivo. Es champán y caviar.
El oficial silbó bajito, y aflojó su actitud. Uno de los soldados recibió la bolsa.
– También tengo una nota del señor Belausky autorizándome a trabajar en su casa en su ausencia. Soy arquitecto.
– ¿No sabe qué significa esto? –gritó, mostrándome las cinco carteritas de agujas “Needless”, mientras arrancaba la nota de mi mano.
La miró resoplando, como si esperara ver más letras de las que había.
– ¿Y usted le dio refugio a María Rossi en la casa de Belausky?
– No sé quién es María Rossi. En la casa estaba Andrea Belausky, la hija del señor…
Algo pugnó por salir de su boca pero no pudo. Temblaba el hombre, y miró otra vez la nota. Después me la tiró, y tuve que abarajarla en el aire.
– ¡Media vuelta! ¡Nos vamos!
– Pero… – los soldados se movieron como robots, y apareció un jeep rascando el césped. Apenas se detuvo para que saltaran y pasaron a mi lado llevándose el champán y el caviar. Alcancé a oír que mascullaba algo como “¡Perejiles de mierda!”
Los Falcon también arrancaron como en Le Mans y partieron a toda velocidad. Eso sí, uno se bajó y cerró cuidadosamente el portón de entrada.
Y se llevaron el champán y el caviar. Con lo que me había costado. 
Y se llevaron a Andrea. A la maravillosa Andrea.
Qué vamos a hacer. Algo habrá hecho…

domingo, 4 de mayo de 2014

1CxD02-016



1CxD02-016 4 de abril de 2014
POSIBILIDADES
(c) Jorge Claudio Morhain

Los disparos venían ahora desde el frente. Es decir, se habían movido durante la noche. No era alentador: todo lo contrario. Significaba que el terreno del lado trasero ya no era seguro. Ni para nuestros atacantes ni para nosotros. En caso de que intentásemos la huida.
Rost encendió un nuevo cigarrillo, lo que me puso aún más nervioso. Odio el olor a cigarrillo. No a tabaco, sino ese olor químico del cigarrillo.
Elya se removió, gimiendo. Debía estar empeorando. Habría que salir de algún modo, o se nos iría.
- Saldremos por detrás -dije.
- Estás loco -contestó Rost.
- Cargarás a Elya.
- Estás loco -repitió.
Abrimos la puerta trasera, acribillada a balazos. 
El bosque estaba cercano. Tranquilo. Los disparos seguían sonando, adelante. Pero aquí no parecía haber pasado nunca nada.
- Es una trampa -dijo Rost.
- De acuerdo. Yo me adelantaré, y te llamo.
No le dí tiempo a contestar, Me lancé colina abajo, hacia el bosque. 
Y, sí. Yo lo sabía demasiado bien. Era una trampa. Habían colocado minas, en el camino donde debía pasar. 
Sólo pedía que hubiesen colocado sólo una. Esa era mi duda. 
Una duda que me llevaría a la tumba, cuando la mina estallase y me hiciese pedazos. 
Ahora, quizás, Enya y Rost estuviesen a salvo. 
Una posibilidad es mejor que ninguna.
Curioso. Oí el estallido. 
Y nada más.

sábado, 3 de mayo de 2014

1CxD02-015

1CxD02-015 3 de mayo de 2014

PUENTECITO
(c) Jorge Claudio Morhain

Manuel solía caminar a la siesta. Claro, su mamá lo mandaba a dormir (era un tiempo donde los niños dormían la siesta, cuando la casa se volvía silenciosa, porque no había televisión y se apagaba la radio, si es que había estado encendida, y sólo quedaba el zumbido de los abejorros y los moscardones)
Manuel esperaba a oír el rítmico ronquido de su madre, y luego se trepaba a la cama, alcanzaba el alto alfeizar y, con un impulso, subía a la ventana (eran esas casas de ventanas altas y puertas inmensas, refrescadas de cortinas y oscurecidas de postigos)
Manuel caía directo a la calle, a la vereda de ladrillos, con las alpargatas en la mano. Se las ponía, y empezaba su vagancia. Las calles del pueblo eran casi el cementerio, sólo que en el cementerio las tumbas eran más artísticas que las casitas parecidas unas a otras del pueblo.
Algo sonaba, de pronto, fuerte, vibrante. Empezaba una, y había un inmenso coro que le replicaba, en estéreo (sólo que entonces no se conocía la estereofonía, y esa comparación no era válida.
Manuel caminaba hacia la placita, y a veces se hamacaba, solo, adormecido con el también rítmico compás de la cadena contra el fierro. A veces (casi siempre) se pasaba media cuadra y hacía la ronda por lo de Estercita. Que, lógicamente, a esa hora dormía la siesta.
Pero un día, claro, un luminoso día de victoria, Estercita se asomó a la ventana.
Manuel le hizo señas. Estercita miró hacia atrás (a ver si todos dormían en su casa, claro), y saltó la ventana, con mucha más soltura y agilidad que Manuel, al revoleo de florcitas de sus polleras.
Corrieron hasta la placita, saltaron en las hamacas, y enseguida siguieron de largo, hasta el puente. Por el caminito al costado llegaron al arroyo.
Y se besaron.

Manuel se bajó del camino asfaltado, del puente nuevo, y caminó barranca abajo, hasta el puentecito que el pueblo había conseguido perdonar cuando se hizo la cincunvalación. Igual, se fue convirtiendo en un cadáver lleno de verdín, porque nadie bajaba por el caminito empinado al borde del puente nuevo.
Allí, en el centro del puente viejo, estaba Estercita. La niña. La de polleras floreadas.
Manuel subió como pudo, resbalando en las piedras llenas de musgo. Y se acercó a la niña.

Y, casi, casi,sintió que ella lo besaba. Acaso fue cierto,. Acaso ella desapareció cuando sus nietos empezaron a gritar, allá arriba, en la circunvalación.

Lo que sí continuó, como en toda la eternidad, fue el concierto grosso de las chicharras.
¿Le pareció o hubo un silencio absorto cuando besó a la niña?

viernes, 2 de mayo de 2014

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1CxD02-014 (2 de mayo de 2014)

EL AMANECER EN LA TORRE
© Jorge Claudio Morhain

El aire de la mañana estaba fresco, y la brisa del mar reconfortaba. Desde aquella torre se veía el mar. Se veía un punto único por donde los barcos podían ingresar a la bahía y al puerto. Era la única torre que dominaba ese punto estratégico, y había costado años de sacrificio levantarla.
Así que, desde ella, divisé antes que nadie la flota pirata.
Bajé las escaleras todo lo rápido que podía, corrí por el camino del borde del acantilado, bajé hasta la ciudad, crucé las calles dormidas, y llegué a los portones.
Abrí los portones, justo cuando los piratas desembarcaban.
Sonreí.
Los piratas eran más fieros de lo que pensaba, gritando y blandiendo sables y mosquetes,que ya habían empezado a disparar.
Sonreí.
Acababa de cometer la primera traición de mi vida.
Y la última.

jueves, 1 de mayo de 2014

1CxD02-013



1CxD02-013 (1º de mayo de 2014)
RUIDOS EN LA NOCHE
© Jorge Claudio Morhain

Debajo de la cama algo rugía sordamente. Tiago no le dio mucha importancia: seguro que era el Diente, su gato barcino. Se dio vuelta en la cama, y siguió durmiendo. Y se durmió, es cierto, hasta que algo aulló bajo su cama.
- ¡DIENTE! ¡Dejate de molestar!
Silencio.
Tiago se dio vuelta hacia el otro lado, y se volvió a dormir. Había sido un partido duro, y tenía mucho, mucho sueño.
Debajo de la cama hubo toda una pelea, con gruñidos, gritos, alaridos, maúllos espantados. Tiago no sólo volvió a despertarse, sino que lo hizo gritando, también él, del susto.
Se encendió la luz.
Era mamá, en camisón.
– ¿Qué pasa, Tiago? ¿Pesadillas?
– No, ma. El gato está haciendo ruido, debajo de la cama.
Mamá desapareció de la puerta y volvió enseguida, con una escoba.
La pasó por debajo de la cama. Y Diente salió corriendo, hacia el rincón.
– ¡Vamos, Diente! ¡Fuera!
Pero Diente no quería irse, y esquivaba la escoba de un rincón a otro.
– Está bien, ma. Dejalo, a ver si puedo dormir.
Mamá cerró la puerta. Tiago chasqueó los dedos, para que Diente saltase sobre la colcha. Pero no. Se escurrió corriendo debajo de la cama.
Tiago resopló, y apagó el velador.
Al siguiente gruñido se colgó de la cama, metió la mano debajo y alcanzó a agarrar a Diente por la cola. Con rabia, sabiendo que hacía mal, lo llevó hasta la puerta, lo arrojó afuera, y la cerró.
Ahora podría dormir tranquilo…
No mucho rato.
Algo rugía sordamente, bajo la cama de Tiago.


miércoles, 30 de abril de 2014

1CVxD02-012



1CxD02-012 (30 de abril de 2014)

RONDAS NOCTURNAS
© Jorge Claudio Morhain

Ya ha vuelto la noche.
El frío. El viento. La oscuridad. Es la hora…
¿Cuántos años hace que don Colman hace lo mismo día tras día? Los mismos movimientos repetidos. Encender las luces, en su casita del fondo. Luces que indefectiblemente fallan, y hay que volver a las velas. Ponerse el abrigo húmedo, levantar el enorme aro con llaves del tablero, caminar por la grava rumorosa, empujar la reja chillona, oír el resonar sordo como de campana con gripe, raspar el hierro con la cadena, enganchar el enorme candado amarillo.
Clack.
Ya está cerrado.
Volver por el camino de grava. Encender el Primus a mecha. Calentar la pava y empezar la ronda de mates. Enseguida llegarán las visitas.
Deslizándose entre la oscuridad y las chanzas de la luna, cuando se le antoja. Golpeando brevemente y entrando sin esperar respuesta. A veces muchos. A veces sólo alguno.
El que no falla, casi nunca, ya está allí. El desesperado.
– ¿Llegó una nueva, o me equivoco?
– Llegó una nueva.
El desesperado sonríe, nervioso. Paladea la palabra “una” como si fuese un retrato dulzón y esquivo.
– ¿Vendrá?
– Difícil. Hasta que se halle. Vos sabés, pueden pasar días. Meses. Años.
– Eh, no tengo toda la vida…
– No, ya no…
Contra todo pronóstico, alguien sollozaba, afuera. Suavemente, como gato resfriado. Como con culpa.
Colman y el desesperado salieron a ver. Y sí, ahí estaba la nueva.
Pálida. Suave. Hermosa.
– Pero… es casi una niña…
– Qué va a hacer… Así es la vida…
Consiguieron que entrara, que tomara mate. Eso pareció calmarla. Hasta pareció disfrutar de la charla histérica del desesperado. Lo que era todo un triunfo, tan raro como que alguien apareciese la primera noche de su residencia.
Comenzó entonces la relación más mentada de la época. Colman y el desesperado conocieron toda la historia de la muchacha. Que, lamentablemente, nunca pudo dejar de sollozar.

–Si venís, por las noches, hasta es posible que la oigas­– dijo el Turco.
–Sos bueno contando mentiras– La Rosa se acurrucó un poco más, porque era invierno, en el pecho del Turco.
–No son mentiras… –dijo quedamente, al cabo de mucho rato y como de masticar la respuesta. El Turco.
–Sí, claro. –contestó la Rosa.
Se estaba bien ahí, en el banco del paseo lleno de árboles y tranquilidad y pájaros y solcito. Se estaba bien, en los brazos del Turco Colman, que mentía historias sobre su padre. O su abuelo. O algo así, no importaba, si total eran mentiras.
–No son mentiras –, repitió el turco Colman.
–Me hacés llorar, Turco…
Se estaba bien, en aquel banco entre los mausoleos del cementerio.
Lástima esa tendencia de la Rosa: ya fuera por dolor, por angustia, por nostalgia, por lástima, pero también por felicidad, siempre lo mismo.
La Rosa lloriqueaba.
Se estaba bien entre los mausoleos del cementerio.

martes, 29 de abril de 2014

1CxD02-011



1CxD02- 011 (29 de abril de 2014

VIENTO Y PAMPA
Sin que nada hiciera preverlo, un abrupto tajo cortó la pampa delante de los caballos. El cañadón pasaba casi sin aviso: había que ser baqueano para haber advertido los leves signos de desagües que se intrincaban entre las pajas. O el descenso, hacía rato, de la bandada de cuervillos migrantes. Martín María no era lo que se dice un baqueano profesional, de los que puede contratar una tropa o una partida. Pero había vivido lo suficiente en el campo como para buscar esos pequeños detalles, que rompían la monotonía de una cabalgata, prometiendo sosiego y agua fresca.
El grupo bajó por uno de los cortes, hacia la playita donde el agua se expandía, donde los cuervillos hacían un jolgorio que se interrumpió apenas los caballos encararon la cañada. De todos modos, el espectáculo de  partida de la bandada merecía contemplarse.
– ¡Qué hermoso! – dijo Damiana.
– ¿Hacemos un alto en el arroyo, Martín María? –El padre de Damiana estaba molesto y trataba de disimularlo. Molesto con el calor, Molesto con los zancudos. Molesto con el caballo. Molesto.
– Nada más que para que los pingos echen un trago, don Maturana. Estamos cerca…
Damiana suspiró, oliendo el agua de colonia de su pañuelo de seda. Acaso se escapó un sollozo. Que sólo oyó Martín María. O tal vez tan sólo lo imaginó, el muchacho.
Los hombres –Martín, don Maturana y el Zoilo, el puestero –desmontaron, manteniendo a los caballos por el cabestro.
Martín ofreció ayuda a la dama, visto que nadie lo hacía.
La pequeña mano de la joven tembló entre los dedos del hombre. Martín miró el suelo donde iba a pisar Damiana, para ocultar el terrible rubor que lo cubrió de repente.
– Martín… –ella habló tan quedamente que su voz apenas llegó a los oídos de Martín. – Es a vos…
– Cuidado, niña. No se vaya a lastimar, ahora que va a… – “ahora que va a buscar a Rosales, su prometido, para casarse”, debió decir. Como lo había ensayado, por si se daba un encuentro privado, como este. Pero no pudo. Se le quebró la ironía en la garganta. Una palabra más iría con un sollozo, y eso no es de hombres, carajo.
Martín se apartó veloz, con el caballo de tiro. Maturana los miraba fijamente.
– Una gelopeadita más adelante y viene la horqueta que Rosales usa como esquina pa’ amontonar la hacienda, don Maturana. Ahí nomás están las casas.
– Estoy pensando…
– ¿Sí, patrón?
– Te has criado en mi estancia, Martín María. Casi junto con Damiana. Uno entiende ciertas cosas, por eso…
– ¿Sí, don Maturana…?
– Por eso es mejor que no cruces el arroyo, y te vuelvas a las casas. De acá en más es fácil llegar, como vos lo dijiste. Y te aprecio, y prefiero mantenerte entero, hasta el día en que seas mi capataz.
– ¿Yo…?
Pero Maturana ya había dicho lo que tenía que decir. Un estanciero no se pone a conversar con los peones. Cuando fuera capataz, todavía. Pero ahora era mejor ayudar a Damiana a montar. E irse.
Damiana apretó el pañuelo contra su rostro, como si esquivara un olor presentido. Montó, mirando al joven que mantenía apartado a su caballo.
– Vamos –, dijo Maturana.
Los caballos encararon el arroyo, que en el playado se hacía vado. Martín María los veía irse, de pie, con las riendas en la mano.
– ¡Pero… ¿Martín no viene…?! –dijo, volviendo la cabeza.
Maturana pegó un lonjazo a la grupa del caballo de Damiana, que tuvo que aferrarse en la brusca estampida. Se alejaron al galope.
Mientras montaba lentamente, para volverse a las casas, Martín María creyó oír un grito. Agudo, desgarrado. Creyó oír su nombre, en el viento.
El viento de la pampa se disfraza de muchas cosas.
Martín encaró la arribada, y se volvió a la estancia, al paso lento, como para no llegar nunca.