martes, 25 de noviembre de 2014

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C794     1CxD02 168    25 de noviembre de 2014

El taxi de Fernández - El héroe

© Jorge Claudio Morhain

– Buenos días –, dijo. – Yo soy un héroe.
Fernández lo miró por el espejo retrovisor. Sí, estaba vestido como un personaje de historieta. Entre El Hombre Araña y Flash. Andá a saber cuál.
– ¿A Tecnópolis? – preguntó Fernández.
El héroe hizo una pausa, intrigado al parecer.
– ¿Por qué Tecnópolis?
– Hay un encuentro de historietas, con cosplay…
– ¿Qué es eso?
– Ah, no… Una fiesta de disfraces… de personajes de historieta. Superhéroes… como su disfraz.
– Lléveme a Carranza y Morelos. Allí hay un asalto importante.
– Si usted lo dice…
Por un rato el pasajero quedó en silencio. Fernández se dedicó a su volante, que bastante trabajo le daba. La calle estaba pesada. De pronto, el pasajero dijo:
– No es un disfraz.
– Si usted lo dice…
Fernández iba pensando en los asaltos de su juventud. Justamente en uno de ellos conoció a la Hilda. No sabía si había sido para bien o para mal, pero los chicos habían salido buenos. Pensó que si le decía a sus chicos que iba a un asalto no lo entenderían. Pero…
– Perdón… ¿Dijo que iba… a una fiesta?
– No es una fiesta. Están robando un banco. Tienen rehenes y quiero intervenir.
Fernández puso la radio, bajita.
– ¿Lo están pasando en la tele? ¿La radio dirá algo?
– No entiendo…
Fernández dejó las cosas así. Uno no tiene que hacer mucho caso de lo que dicen los pasajeros. Si no, terminaría peleándose la más de las veces…
A dos cuadras de Carranza y Morelos el héroe le puso una mano en el hombro.
– Déjeme acá, Fernández. Hay un cerco policial.
– ¿Sí? Son treinta y tres cincuenta…
El héroe le pagó.
– Disculpe. ¿Cómo piensa llegar si hay un cerco policial?
Ahora lo vio sonreír. Una buena sonrisa.
– No te preocupés, Fernández –, dijo.
El héroe bajó del coche. Soltó la capa que venía sosteniendo con el brazo, y se alejó del taxi de Fernández.
Se alejó volando.


viernes, 21 de noviembre de 2014

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C794 1CxD02 168    21 de noviembre de 2014

Piensa

© Jorge Claudio Morhain

En el medio de la batalla, el cruzado se puso a pensar. Malo. No se piensa en medio de las batallas. No se piensa antes de las batallas. No se piensa luego de las batallas. El soldado, en general, no debe pensar. Pero, cuando veía a esos sarracenos tan parecidos a sus camaradas, tan furiosos como sus camaradas, tan valientes como los suyos, arremetiendo, como si el espacio se pudiera forzar, si el empujón del hierro y la sangre pudiesen arrastrar al enemigo hasta hacerlo desaparecer. Ensayó un Padrenuestro, para apartar de sí la tentación. Gritó, para tapar con su voz todos esos fantasmas interiores. Revoleó la espada una y otra vez. A veces encontró carne. A veces no. De pronto se encontró cara a cara con otro soldado, con un sarraceno, montado en un corcel magnífico, como el suyo. La espada y la cimitarra quedaron trabadas, y los rostros de dientes listos a morder tan cerca. Entonces el cruzado oyó al sarraceno, o creyó oírlo, con voz clara y segura, una sola palabra:
PIENSA.
La luz del pensamiento invadió su espíritu, y, creyó, eso traería al Espíritu Santo y le daría toda la fuerza de la Cristiandad para acabar con quien usurpaba la tierra de Cristo. Pero no. Sólo lo llevó a vacilar el tiempo suficiente para que la cimitarra girase en el aire, esquivando el agarrón de la espada, y le rebanase la cabeza.
Mientras veía, misteriosamente y por designio de Dios, cómo su cabeza volaba por al aire alejándose de su cuerpo comprendía las verdaderas palabras del sarraceno, que no habían sido aquellas que demoraran su impulso. Decía:

ESTA ES MI TIERRA.

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C793 1CXD02 167    20 de noviembre de 2014

Alejandra

© Jorge Claudio Morhain

Rolando, el nuevo, trajo un elegante Tupper con alguna cosa que olía a retorcijón de ganas. Yo llegué primero, y estaba comiendo el abundante sándwich preparado por mí mismo, al mejor estilo de Dagwood (un personaje de historieta que ya nadie conoce) Luego vendría Martínez, con su rodete siempre torcido, y tomaría una sopa de sobre. Y al final, como siempre, Alejandra. Había sido un día de trabajo pesado, y en el pequeño comedor donde nos juntábamos a diario no había ambiente de joda, ni siquiera ese día, que jugaban River y Boca.
Alejandra se paró en seco a la entrada del comedor, y luego tiró sobre la mesa su Tupper. El microondas estaba vacío, de modo que a continuación destapó el Tupper  y lo introdujo para calentar su comida.
Alejandra…
Suelo sentarme, mientras como, esos días sin comentarios (la mitad de las veces, generalmente) a imaginarme una vida con Alejandra. Me gustó desde el día que entró en la oficina, precedida por una fama de genia (había trabajado en HP, IBM y MS) inaccesible, hierática, bella, misteriosa, profunda. Desde luego, ni se me ocurrió conversar con ella, pensé que sería como un bloque de hielo. Pero no. De repente nos encontramos charlando. Encontrando gustos comunes. Gestos espejo. Odios parecidos (cigarrillo, fútbol, tontos) Y no había mucho tiempo para charlar. El mediodía era el único momento compartido entre los cuatro empleados. Y para tener intimidad había que llegar primeros, o demorarse para quedar últimos. O tener intimidad de a cuatro.
Así, luego de tanto tiempo juntos, nos habíamos conocido bastante, Alejandra y yo. Pero solo hasta ahí. El resto lo había imaginado. Los roces inocentes. Los sentimientos compartidos: un llanto, una sonrisa, un doble sentido. Eso habría llevado a una intimidad constante. Y el día que ella se quemaría con la pava yo la contendría en mis brazos y besaría su herida, y ella alzaría la vista y me miraría con esos ojos de té y me daría un beso en la boca, muy suave, y luego seguimos así, meses y meses, encuentros furtivos, besos clandestinos, apretones apasionados. Todo hermoso, maravilloso, sublime. E imaginado, por eso tan perfecto.
Masticando el sándwich y sintiendo la sutil combinación de picantes y dulces, húmedos y secos, recordaba toda esa trayectoria imaginaria, que había ido elaborando poco a poco, yo con sándwiches y ella tan cerca. Tenía que agregarle otro episodio, hoy. Hoy…
Pero hoy la imaginación se encallaba, y el oleaje golpeaba, y la espuma no me dejaba ver más allá de la escollera. Algo interrumpía mi recuerdo imaginario: una barrera de realidad.
Ella se agitaba, parecía angustiada. Sacó el Tupper del microondas y lo dejó caer sobre la mesa. Tenía torrejas. Torrejas de seso, mi plato preferido. Abrí la boca para decírselo, pero su mirada me congeló. Y entonces el mar subió hasta mi altura, y boqueé, y el recuerdo completo me invadió. Y me avergonzó. Recordé la parte real de aquella novela imaginaria, recordé que ya le había dicho lo de las torrejas de seso, y comprendí que hoy las había cocinado especialmente para mí, y que yo me había olvidado, concentrado en el sándwich que se suponía me había reparado mi mujer (esa mujer que siempre alababa y que era tan imaginaria como el 60% de mi vida.
Y quise decirle, Mónica, no tengo mujer. Yo me hago los sándwiches, adoro esas torrejas de sesos y… y te adoro a vos.
Quise decírselo, pero no lo dije. El pibe nuevo, Rolando, le puso una mano en el hombro y le dio su pañuelo, porque ella está llorando mientras se atraganta con las torrejas de sesos.
Y ya es la hora de volver al trabajo.

Y de imaginar, mientras descuido la tarea, qué hubiera pasado si yo…

miércoles, 19 de noviembre de 2014

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C792 1CxD02 166     19 de noviembre de 2014

De miel

© Jorge Claudio Morhain

Sus ojos son color de miel: es imposible quitarla de mis propios ojos, de mis manos, de mi boca, de mi cuerpo, de mi mente, de mi alma. Las rubias de ojos de miel son así.  Lo que hay allí adentro es miel, y ya sabemos, la miel, aún sin tocarla, se te pega en las manos, la boca, el cuerpo, la mente, el alma y los ojos.
Claro, la rubia ojos-de-miel no es mía, lo cual no sería una novedad. Pero tiene dueño, sin entendemos esa relación antigua dueño-dominado. Si la entendemos de forma moderna, digamos que ella ama a alguien. Y lo ama bien. De modo que me queda, por descarte, la tortura lenta de la amistad. Peor aún, de la buena amistad.
Intento cosas locas. Calor. La miel se disuelve con calor. Es posible hacerla desaparecer al fin con agua caliente.  Pero es imposible. Yo no tengo agua caliente.
Agua, acaso. Mucha agua.
Por suerte, es temporada de lluvias. Y la lluvia lava todos los pecados. Así que saldré afuera, dejaré que me moje, que me golpee, que me raspe. Quizás aún me quede todavía algo de miel, bajo las uñas. Pero con toda seguridad la avalancha helada habrá limado mis recuerdos, apagado mis sensaciones. Empujado el carricoche inhábil del olvido.
La he visto, montada en el jamelgo esquelético que lleva a tumbos ese carricoche irreal, que parece siempre fuera de foco. Desdibujada, también ella, por la lluvia. Pero oliendo a miel.
Mejor así.
Seguiré con el café amargo. Tampoco me gusta el azúcar.


martes, 18 de noviembre de 2014

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C791   1CxD02 165   18 de noviembre de 2014

1,20 x 1 metro, paneles, botonera, anotador, auriculares, mate

© Jorge Claudio Morhain

– Comprendo. ¿Qué clase de dolor?
– ¿Cómo qué clase? ¿Hay clases de dolor? ¡Me duele, doctor! ¿No comprende? ¡Me duele!
– Cálmese, por favor. No soy doctor. Simplemente quiero saber qué síntomas tiene para derivarla a un doctor.
– Me duele todo. Me duele el alma. Me duele… el pecho. Donde…
– Ajá. ¿Un dolor agudo, o como sordo, generalizado?
– Agudo, como si se me clavara algo. Pero me invade todo el pecho, ¿no entiende?
– Entiendo. ¿Siente como si la aplastaran?
– …
– Señora…
– ¿Usted me está cargando? Le digo que me duele, y usted pregunta si me aplastan. ¿Qué te pensás, que me duele porque hay un tipo encima de mí que me está penetrando?
– No, señora. Un dolor en el pecho, me dijo. ¿Sensación de que le aplastan el pecho? Solo sensación.
– Puede ser. O no. A ver… No, no siento aplastamiento. El dolor está en el centro del pecho. Por debajo de mis mamas, ¿me entiende? Donde…
– ¿Hace mucho que comió?
– ¿Qué tiene que ver?
– ¿Sufre del estómago? ¿Tiene gastritis?
– ¿Por qué no se deja de joder y me manda la ambulancia?
– Aún no me ha dicho su dirección.
– Billinghurts 1224, departamento 12.
– Le envío la ambulancia con un médico generalista. Estará ahí en…
– Doctor…
– ¿Sí?
– ¿Qué hago con la sangre?
– No me habló de sangre, señora.
– ¡Le hablo ahora! Creo que una bala entró por el estómago…
Estoy oprimiendo el switch que me comunica directamente con el 911.
– Enseguida estamos allá, señora. Haga un bollo de trapos, y oprímalos sobre la herida. ¿Me entendió?
– Sí… Apúrese, doctor…
– Sí, 911. Un posible herido de bala, un femenino. Le paso la dirección…
El mate, como siempre, ha vuelto a enfriarse. Me tomo un descanso para ir a buscar agua nueva al dispenser. Faltan tres horas para irme. Por la ventana se ve claridad. Por ahí anda el sol, haciendo fuerza para subir.
Vuelvo con el termo caliente, y me siento nuevamente. Eso habilita mi línea. Ya está llamando.
– Servicio de emergencias.
– ¿Es usted…?
– Perdón…
– Usted, que me preguntó si me aplastaban el pecho.
– Ah, sí. Es muy raro que entre de nuevo en el mismo operador. Somos unos cuantos… ¿Llegó la policía…?
– …
– ¿Señora?
– Gracias.
– Por favor. Es mi trabajo. No llore. Necesita fuerzas para reponerse. Mucha suerte. Adiós.
Un mate. El mate reconforta. Como la mano de un amigo.


lunes, 17 de noviembre de 2014

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C790     1CxD02 164      17 de noviembre de 2014

Cuentos  berretas

© Jorge Claudio Morhain

Me vino con cuentos. Odio que me vengan con cuentos.
Quién va a creer que ella, una nena fea, decididamente fea y gorda, llena de acné pustulento, con los dientes torcidos, tosca como su madre, pueda ser asediada a la salida del colegio. Le di una cacheada y la mandé a dormir sin comer. Más tarde le llevé un par de torrejas y un vaso de Coca, pero la hija de su madre había estado comiendo turrón que robó del paquete reservado para Navidad. Le iba a dar otra cachetada pero me contuve, a la final una se la aguanta. Me sonrió con cara de boba y me pidió un beso. Hice un esfuerzo y cerré los ojos estirando la trompa hasta rozar la cara pinchuda de la gorda. Después me fui más rápido que ligero, porque no aguanto el olor de esa pieza. No sé por qué el Cholo se empeña en tener ese contrapeso con nosotros. Mejor sería que se lo llevara su ex, así deja de venir cada quince días a llorarnos toda la tarde haciéndole mimos. Parece que me lo hace de propósito. Casi dos años ya, y nada. Andá a saber de quién es hija la guacha, seguro que del Cholo no.

Hoy se demoró de nuevo. La persiguen los chicos, dice. A mí me lo va a hacer creer. Seguro le roba plata al padre, porque que a mí no, y se va a tomar helados o a zamparse chocolatines, a lo mejor con otras compinches tan fea como ella. Hoy ni caso le hice. Vino con la cabeza gacha, agarró un plato, puso guiso en el microondas, extendió un mantelito y comió sola. Ni la miré. Después lavó el plato y lo secó y lo puso en su lugar, y se fue a la pieza. Esta anda en algo. A mí no me jode.

El Cholo me armó un quilombo porque encontró un Evatest en el baño. Dice que si tanto quiero un hijo por qué no cuido un poco más a la gorda, y que si no le gusta así que ya sé dónde está la puerta. Todo por la hija de puta esa, que seguro se compró el Evatest para jugar, para ver cómo era, o a lo mejor es de una amiga, porque, carajo, el que está tirado en el tacho del baño da positivo.

Hoy le dije que sí al repartidor de Ivess, y me fui a la mierda. El Cholo se va a poner como loco. Pero que se quede cogiendo a la hija. Es el único que puede mirarla o acosarla, como ella dice. Me va a hacer creer que son los compañeros. Es el Cholo, me juego la cabeza. No me chupo el dedo. Ahí tiene, embarazó a la hija. Cornudo de mierda. A la hija sí, y a mí nada. Ahí tiene. Que se quede con ella.

Y si me ven una lágrima es de bronca, no me vengan con boludeces, ¿eh?



jueves, 13 de noviembre de 2014

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C789     1Cx02 163    13 de noviembre de 2014

Veinte años no es nada

© Jorge Claudio Morhain

El café estaba frío. Lamentablemente frío.
Ella estaba sentada en el extremo de la silla, casi cayéndose. Él, enfrente, parecía estar envuelto en una nube de humo espeso, aunque nadie fumaba.
– Veinte años. Hace veinte años, Maira.
– Veinte años, Carlos.
José acababa de resumir en una perorata monótona y sin pausas veinte años de ausencia, veinte años de esperanza, veinte años de pérdida.
– Pero los dos hicimos nuestras vidas.
– De hecho, las teníamos bastante avanzadas.
– Y seguimos. Sólo que sin vos. Sólo que sin mí.
Ella pensó que qué bueno sería estirar la mano y acariciar la del hombre.
Él hubiese querido besar aquellos labios sin pintar, o acaso pintados sin color.
El dijo:
– ¿Cómo es tu casa ahora?
Ella sonrió. Se puso de pie. Él la siguió. Iban hacia la calle. Y las calles son portales hacia cualquier parte.
Frente al bar, ella dijo:
– Veinte años, Carlos.
– Chau.
Alguien, acaso él, acaso ella, acaso una radio, acaso nadie, cantaba muy quedamente una canción que dice “Veinte años no es nada: volver la mirada.”