domingo, 30 de noviembre de 2014

C799 1CxD02 173

C799 1CxD02 173   30 de noviembre de 2014

El taxi de Fernández – La goma

© Jorge Claudio Morhain

Había sido una noche salvaje. Agotado hasta el fondo de su fibra más íntima (esa y la virtual), Fernández dormía a pata suelta.
En medio del sueño, oyó el grito:
– ¡Se pinchó una goma!
A continuación, soñando, Fernández se bajó del auto, puteó, miró donde estaba (en ninguna parte) y finalmente bajó el gato y el auxilio.
Volvió a sonar el grito: “¡Se pinchó una goma!”
– Ya va, ya va… –, musitó el taxista, luchando (como siempre) con los bulones muy ajustados.
Entonces sintió un golpe. Como un manotón. Se incorporó para repeler el ataque, y enseguida otro más, casi una cachetada.
Y se despertó. La Carmen estaba cianótica, pálida, desencajada. Y decía con un hilo de voz “Se pinchó una goma… se pinchó una goma…”
Fernández llamó al SAME, y se la llevaron.
La noche había sido salvaje, y la prótesis no había resistido a los estrujones (o quizás ya venía resentida de tantos otros estrujones, dada la profesión de la Carmen)
Y la silicona es muy, muy nociva.

A la salida del telo, por las dudas, pateó Fernández consistentemente las cuatro ruedas, no fuera…

sábado, 29 de noviembre de 2014

C798 1CxD02 172   29 de noviembre de 2014

El taxi de Fernández – Leyenda urbana
© Jorge Claudio Morhain

No podía faltar. Noche oscura, viento patagónico, calles desoladas. Y la muchacha desabrigada que levanta la mano.
Fernández se detuvo, como corresponde.
– Buenas noches.
– Buenas noches. (Acento duro, alemán o polaco. O ucraniano. O rumano, ¿no?)
– ¿Tiempito, eh?
– Sí… (Se quitó el miserable saquito de hilo, como raído, y dejó al aire un top que gemía bajo el volumen de las tetas.
– ¿No está un poco desabrigada? Perdone, no…
– No tengo frío. Llevame a Flores. Balbastro, entre San Pedrito y Lafuente, ahí donde hace la curvita.
– ¿A los monobloks?
– No.
– Me imagino que no vivís en situación de calle…
– Vos dale.
– Ni en el cementerio de Flores… (eso lo pensó, no lo dijo: pero es una leyenda urbana el caso de la muerta que toma un taxi hasta su “casa”, en el camposanto…)
No era un viaje alentador. No era una zona agradable. Y era una noche de viento helado y luna ausente.
Fernández suspiró hondo, y se dedicó a manejar.
Una cosa resultó favorable: poco tránsito. Enseguida estuvieron tomando la curva de Balbastro.
– Balbastro, la curva. ¿Dónde…?
– Unos metros más, en el paredón.
– El paredón del cementerio.
– Ajá. Ahí está la entrada. ¿La ves?
Sí, Fernández la veía. Una entrada majestuosa, como de depto de lujo, con alero para coches, luces indirectas, jardín. Fernández frenó de golpe, sorprendido.
– Estacionate en el parking, bajo el alero.
– Pero… aquí había solamente un paredón… Y algunas carpas de indigentes.
– Sos poco Pro vos –, dijo la mina, y estiró unos billetes.
– No, dólares no acepto. Dame pesos.
– Uy, tengo que buscar adentro. Bajate, te invito un trago.
– Estoy trabajando, señora.
– Señora tu hermana –, contestó, y movió el culo hacia el interior de la casa. – Ya vengo.
Pero no vino.
Fernández esperó un tiempo prudencial. Después tocó la bocina. Una. Dos. Cinco veces. Después se bajó y caminó en torno al auto. Y después llamó a la puerta.
Apenas tocó la madera todo el edificio se plegó.  Las paredes se sumergieron en el piso, la medida total se achicó, y la puerta se abrió con un chirrido dejando ver la cripta en su interior. El tipo que estaba en la puerta no dejaba lugar a dudas. Ni por el aspecto ni por el olor.
Nunca supo Fernández cómo salió de allí. Unas roturas en el pantalón lo hacen sospechar que trepó el muro, cosa bastante imposible.
El taxi estaba en la vereda, y los pibes ya tenían dos tuercas flojas.
– ¡Rajen o los quemo! –, gritó, apuntando un arma imaginaria, que en la oscuridad podría parecer desde una 22 a una Itaka.
Salió arando, rumbo a las luces.
Mientras musitaba, como una letanía. “los zombis no existen… los zombis no existen…”

viernes, 28 de noviembre de 2014

C797 1CxD02 171

C797 1CxD02 171   28 de noviembre de 2014

El taxi de Fernández – Llovía como llueve

© Jorge Claudio Morhain

Llovía como llueve en las ciudades tristes, dice la canción. Fernández estaba de algún modo triste.
Había hecho un buen día, como corresponde a las lluvias en la ciudad. Pero la humedad pringosa, los relámpagos, los parpadeos de la luz eléctrica, los embotellamientos, los derrapes, los semáforos, terminaron por entristecerlo. Así que decidió apagar el taxímetro, e irse a su casa.
Pero el semáforo estaba embotellado. Algo había pasado adelante, y era el tercer ciclo que perdía.
Durante todo ese tiempo veía a Brenda, mal guarecida en un refugio miserable y roto, empapada, temblando. No sabía que se llamaba Brenda. Pero sí sabía que se estaba pescando una pulmonía.
No, Fernández, eso no se hace. Pero lo hizo. Cuando abrió el semáforo paró junto al refugio, y bajó la ventanilla.
– Subí –, le dijo.
Ella se tocó el pecho con el índice, interrogativa.
– Sí, vos. – Ella no lo oía. Fernández le hacía señas.
Se arrimó a la ventanilla.
– Disculpe. Yo no lo llamé.
– No importa. Te llevo igual. Te estás empapando ahí.
– ¡¿Disculpe…?! –, Brenda miraba a todos lados. Estaba sola. Espantosamente sola. – Estoy esperando el colectivo.
– Ya sé. Pero el colectivo demora mucho. Subí. No te voy a cobrar. Ah… y tampoco te voy a violar, si eso estás pensando.
Brenda se quedó inmóvil, un lapso interminable. La lluvia, ahora fuera del refugio, le corría por la cara.
Abrió la puerta y entró al taxi.
– Solamente tengo la tarjeta SUBE.
– Bueno, voy a aceptar la SUBE… Tranquila. No me gusta manejar solo en la lluvia. Yo te hago un favor, vos me hacés un favor.
Un largo silencio.
– Lléveme hasta un subte. Yo me arreglo.
– ¿Vivís en el subte?
Un largo silencio.
– ¿Por qué lo hace…? No debí haber subido…
– Termínela. Lo hago porque tengo ganas de hacerlo. No le voy a cobrar nada. No la voy a llevar al subte, la voy a llevar a su casa… a menos que viva en Rosario. No la voy a molestar, me voy a quedar callado. No fumo. No tengo encendida la radio. Me llamo Fernández, como puede ver en la ficha, detrás de mi asiento.
– Gracias, Fernández. – le dio la dirección. – Que Dios se lo pague.
– Terminala.
– Bueno.
Un largo silencio.
– Me llamo Brenda. Y estaba huyendo de mi casa.
– ¿Te llevo al aeropuerto? Lo mejor es un avión…
– Gracias por el humor, Fernández… Estaba huyendo de mi casa, por eso salí sin plata, sin paraguas, sin abrigo. Sólo llevaba la SUBE.
– ¿Y ahora dónde te estoy llevando?
– A mi casa. Ahora… estoy volviendo.
Un largo silencio.
Fernández oyó sorber, delicadamente. La mina estaba llorando.
– ¿Te pega?
– Mucho.
– ¿Tenés hijos?
– Sí. No. Estoy embarazada. Por eso me pega.
– Hijo de puta. Mandalo a la mierda, Brenda. Denuncialo, y mandalo a la mierda.
Un largo silencio.
– No puedo…
Llanto. Llanto.
Fernández tenía un paquete de pañuelos en la guantera. Se los alcanzó.
– Brenda –, dijo al rato.
– ¿Qué?
– No me llores más.
Un largo silencio.
– Tu marido es un milico.
– ¿Cómo lo sabés?
– Y vos no sos su mujer. Sos su amante.
– Mmh…
– Y la casa es tuya.
– Fernández, ¿vos me levantaste por casualidad o me estuviste siguiendo?
– Tengo muchos años de volante, pichona. ¿Querés que te lleve a mi casa? Tengo un cuarto vacío, y no te cobro alquiler… Digo, no te cobro el alquiler que estás pensando. Mañana, con el sol, vemos qué hacemos.
Un largo silencio.
– Fernández…
– Brenda.
– Gracias.


jueves, 27 de noviembre de 2014

C796 1CxD02 170


C796 1CxD02 170   27 de noviembre de 2014

El taxi de Fernández: Mamá

© Jorga Claudio Morhain

Subió con una valijita, ansioso, apretando el celular y el pañuelo con el que se secaba el sudor.
– A la clínica Otamendi, por favor. Lo más rápido que pueda.
– Buenas tardes –, dijo Fernández.
El pasajero no le contestó. Acomodó la valijita sobre el asiento. Fernández estiró el cuello para tratar de ver por el retrovisor, ¿Tenía una rejillita esa valija?
– ¿Lleva una mascota? –, preguntó como al pasar.
El sudoroso se tomó unos minutos.
– No, es mi mamá. Sufrió un accidente.
– Ah… Lo siento.
– La agarró el tren. La llevaron al Otamendi, pero no habían encontrado la cabeza…
Estaban cerca, Entonces sonó una voz distinta. De mujer.
– ¿Falta mucho, querido?
– No, mamá -, contestó el pasajero. Estamos llegando. Enseguida te van a componer…
Fernández no veía el celular, pero seguro que el pasajero ansioso estaba hablando con manos libres, con la madre, en el sanatorio.
– Sanatorio Otamendi –, anunció Fernández.
– Ya estamos, mami. Ya estamos. Quedesé con el vuelto. – El pasajero extendía un billete de cien, mientras levantaba la valijita.
– Menos mal –, dijo la valijita. Bueno, eso le pareció a Fernández, que enseguida desechó la ocurrencia: habló el manos libres, seguro.
Vio al tipo correr hacia el hospital, con la valijita. Sí, tenía una rejillita. Y… parecía que goteaba.
Fernández estacionó unos metros más allá, maldiciendo por lo bajo, mientras se bajaba.
– El tarado dejó que su perro me mee el tapizado, seguro…
Abrió la puerta trasera. Sí, el tapizado tenía una mancha.
– ¿No te digo? ¡Y la puta…! – : tocó la mancha.
No, no era pis.
Era sangre.

C795 1CxD02 169

C795    1CxD02  169                        26 de noviembre de 2014

El taxi de Fernández – La sirena

© Jorge Claudio Morhain

El carburador estaba tosiendo de nuevo. Fernández largó una puteada y estacionó en el parque Uruguay, frente a ATC (o sea Canal 7, Fernández era de esos que se les pegan los nombres viejos: Yilét, Segba, Entel…), y abrió el capot. Sacó el filtro de aire, inspeccionó la boca del carburador. No se veía gran cosa… Se trepó al guardabarros y estiró la cabeza. Y se cayó adentro.
Estaba caliente. No tanto como para quemarse, pero sí como para sudar. El olor a nafta lo mareó un poco, pero enseguida se acostumbró. El metal estaba pulido y brillante. Con cuidado, descendió por el caño, tratando de encontrar la maldita basura que se cruzaba en el flujo. Justo donde empezaba el filtro, la encontró. Estaba hermosa, bajo la luz filtrada por el cartucho de plástico y el azul de la nafta súper. Dijo llamarse Fiamma, dijo que era una sirena de la nafta de alto octanaje, dijo que era un servicio extra de la compañía.
Fernández hizo todo lo posible para que la sirena de la nafta saliera con él, a dar una vuelta. No hubo caso. Mimos, besos, abrazos, promesas.
No se podía seguir así. Por último, con todo el dolor del alma, Fernández sacó del bolsillo el Limpiacarburadores en aerosol. Y disolvió a la sirena.
Después se hizo unos mates, y se sentó en un banco de la plaza, a pensar en la sirena de la nafta extra súper.

Los mejores amores son los imposibles.

martes, 25 de noviembre de 2014

C794 1CxD02 168

C794     1CxD02 168    25 de noviembre de 2014

El taxi de Fernández - El héroe

© Jorge Claudio Morhain

– Buenos días –, dijo. – Yo soy un héroe.
Fernández lo miró por el espejo retrovisor. Sí, estaba vestido como un personaje de historieta. Entre El Hombre Araña y Flash. Andá a saber cuál.
– ¿A Tecnópolis? – preguntó Fernández.
El héroe hizo una pausa, intrigado al parecer.
– ¿Por qué Tecnópolis?
– Hay un encuentro de historietas, con cosplay…
– ¿Qué es eso?
– Ah, no… Una fiesta de disfraces… de personajes de historieta. Superhéroes… como su disfraz.
– Lléveme a Carranza y Morelos. Allí hay un asalto importante.
– Si usted lo dice…
Por un rato el pasajero quedó en silencio. Fernández se dedicó a su volante, que bastante trabajo le daba. La calle estaba pesada. De pronto, el pasajero dijo:
– No es un disfraz.
– Si usted lo dice…
Fernández iba pensando en los asaltos de su juventud. Justamente en uno de ellos conoció a la Hilda. No sabía si había sido para bien o para mal, pero los chicos habían salido buenos. Pensó que si le decía a sus chicos que iba a un asalto no lo entenderían. Pero…
– Perdón… ¿Dijo que iba… a una fiesta?
– No es una fiesta. Están robando un banco. Tienen rehenes y quiero intervenir.
Fernández puso la radio, bajita.
– ¿Lo están pasando en la tele? ¿La radio dirá algo?
– No entiendo…
Fernández dejó las cosas así. Uno no tiene que hacer mucho caso de lo que dicen los pasajeros. Si no, terminaría peleándose la más de las veces…
A dos cuadras de Carranza y Morelos el héroe le puso una mano en el hombro.
– Déjeme acá, Fernández. Hay un cerco policial.
– ¿Sí? Son treinta y tres cincuenta…
El héroe le pagó.
– Disculpe. ¿Cómo piensa llegar si hay un cerco policial?
Ahora lo vio sonreír. Una buena sonrisa.
– No te preocupés, Fernández –, dijo.
El héroe bajó del coche. Soltó la capa que venía sosteniendo con el brazo, y se alejó del taxi de Fernández.
Se alejó volando.


viernes, 21 de noviembre de 2014

C794 1CxD02 168

C794 1CxD02 168    21 de noviembre de 2014

Piensa

© Jorge Claudio Morhain

En el medio de la batalla, el cruzado se puso a pensar. Malo. No se piensa en medio de las batallas. No se piensa antes de las batallas. No se piensa luego de las batallas. El soldado, en general, no debe pensar. Pero, cuando veía a esos sarracenos tan parecidos a sus camaradas, tan furiosos como sus camaradas, tan valientes como los suyos, arremetiendo, como si el espacio se pudiera forzar, si el empujón del hierro y la sangre pudiesen arrastrar al enemigo hasta hacerlo desaparecer. Ensayó un Padrenuestro, para apartar de sí la tentación. Gritó, para tapar con su voz todos esos fantasmas interiores. Revoleó la espada una y otra vez. A veces encontró carne. A veces no. De pronto se encontró cara a cara con otro soldado, con un sarraceno, montado en un corcel magnífico, como el suyo. La espada y la cimitarra quedaron trabadas, y los rostros de dientes listos a morder tan cerca. Entonces el cruzado oyó al sarraceno, o creyó oírlo, con voz clara y segura, una sola palabra:
PIENSA.
La luz del pensamiento invadió su espíritu, y, creyó, eso traería al Espíritu Santo y le daría toda la fuerza de la Cristiandad para acabar con quien usurpaba la tierra de Cristo. Pero no. Sólo lo llevó a vacilar el tiempo suficiente para que la cimitarra girase en el aire, esquivando el agarrón de la espada, y le rebanase la cabeza.
Mientras veía, misteriosamente y por designio de Dios, cómo su cabeza volaba por al aire alejándose de su cuerpo comprendía las verdaderas palabras del sarraceno, que no habían sido aquellas que demoraran su impulso. Decía:

ESTA ES MI TIERRA.