martes, 16 de septiembre de 2014

C761 1CxD02-135

C761  1CxD02-135       (16 de septiembre de 2014)

El negado

© Jorge Claudio Morhain

A negado, vea, el Rosijuan Martínez. Ya nomás vaya y preguntelé por qué se llama Rosijuan. “Porque mi hermano se llama José María y mi hermana María José. Mi máma se cansó de los joseses y las marías y quiso probar suerte con las rosas y los juanes, asigún machito o chancletita, y porque vine tan mal parido, con perdón, que decidió no tener más críos y ponerme los dos nombres juntos,  por eso… ¿y qué?” Nada, nada, don Rosi. Curiosidá nomás. “Y me llamo Rosijuan. Rosijuan Martínez, vea.” ¡Rosijuan Martínez! Hombre negado, vea…
Le negó a la Estercita, su prienda, la paternidad de sus tres hijos. Y miren que eran unidos, culo y calzoncillo, le diría. Y no es que sospechara que no eran de él, con lo cual hubiera tenido alguna razón (que en realidad la tenía, porque la Estercita era rápida como vejiga de cuzco, si lo sabré yo) Pero mejor dejemosló áhi, que no estamos hablando de eso.
Negado. No aceptaba copas, y después se quejaba que no lo convidaban. Capaz de meterse en el atajo de los espinillos con tal de no seguir el camino con el resto de la tropa. Capaz de hacer volver  a un forastero si paraba el auto y le preguntaba “disculpe, don, ¿este es el Paraje Naranjajai?” “No”, decía de puro negado, y el pobre turista daba vuelta el auto, puteando, a ver dónde se había enredado con el GPS.
Para los que no eran de Paraje Naranjajai, encontrarse con el Rosijuan era una experiencia religiosa: ponía a prueba la santa paciencia y la capacidad de perdonar. Y había quien se zafaba y pecaba, nomas, y por áhi venía pendencia, lo que estaba bien, porque animaba un poco la igualación tremenda de los días y las semanas y los meses. Bah, le voy a decir, mejor, que en Naranjajai nunca pasaba nada. Por eso cuidábamos al Rosijuan y lo mandábamos al frente cuando caían gente extraña. Bueno, a veces había lastimados y algún difunto, pero nuestro camposanto era grande y no hacía preguntas. Con algo hay que divertirse.
Para las cosas de todos los días, los naranjajaienses le habían encontrado la vuelta: “Si tiene chanchos para vender, guárdeselos usted, don Rosijuan”. “No, no me los voy a guardar, los estoy vendiendo, y baratos, ve.” Y así se hacía la transacción. “Convido un trago a todos, menos a don Rosijuan, que no le gusta.” “Hoy me gusta, ve”. Y así. “Vamos a ayudar con la losa del vecino Pérez, don Rosijuan. A usted no lo invitamos”; y Rosijuan se iba como quien no quiere la cosa y, si nadie se lo pedía, daba una mano. Pero guai que alguien le dijera “¿Me alcanza el balde, don Rosijuan?” Ah, Dios, áhi se empacaba y no había Cristo que lo abuenase. Hombre negado, vea…

Hablando de otra cosa, se después vino un día la “Alazán Rosillo S.A.”, la empresa sojera que, más chiquito, mentaba en sus papeles “filial de Burpson Food Limited Corporation”. Y la verdad que el mismo don Rusél, que dijo ser el encargado de negocios para la zona, no hablaba muy bien la castilla, y más vale parecía aquel “inglés de los güesos” mentado en alguna película. Vino un día, en un tanque de guerra con forma de camioneta 4x4, y habló con el Comisario (Encargado del Destacamento nomás, pero todos lo llamaban “Comisario”), y pidió una reunión con los propietarios de la zona. Y bueno, se hizo, y el hombre explicó el interés de la “Burpson”, perdón, de la “Alazán Rosillo”. “Para qué usted va sembrar maíz, poroto, mandioca, algodón, girasol, rompiendo lomo al sol, rezando para si llueve o deja de llover, rezando para que no caiga helada o que no caiga granizo o que no caiga langosta, ¿no?” “Y… pa vivir. Acá la vida es eso. Si no hay eso, pa qué…”, dijo Carlitos Mechay, el payador y leído de Naranjajai. Pero don Rusél ni lo escuchó, o por áhi no entendió, porque era medio cerradón de lengua, como dije. El ferretero, Félix, era más práctico: “Eh… ¿cuánto paga, míster?” Interpretó el sentimiento de muchos. Y cuando Rusél dijo cuánto, hubo un silencio que sólo se escucharon los teros y el corochiré, que, por otra parte, siempre está. “¿Hacemos negocio?”, se apuró el hombre de corbata, sacando un fajo de papeles. “Aguante, don Estehombre. No vamos a meter la cabeza en la trilladora sin antes ver que esté apagada, ¿no? Yo propongo hacer otra reunión pongamos en quince días, y demientras conversamos entre nosotros y nos ponemos de acuerdo… o nos agarramos a patadas, que es lo más probable…” Mechay sabía, precisamente, mechar las cosas serias y muy serias con una pavada, y entonces uno se reía y aflojaba. Pero, después de un corto contrapunto de “yo creo que sí”, y “yo creo que no” todos nos miramos y aprobamos la moción. A don Rusél no le gustó nada. Pegó un resoplido que ni toro en celo, guardó sus papeles y dijo: “Está bien. Pero no más de quince días. Hay que remover lo que hay, voltear árboles y plantar la soja.” Pa qué… “¡¿LA SOJA?!”, todos juntos. Y alguno agregó “¿voltiar árboles?” y otro “¿cómo remover lo que hay…?”. Don Rusél, ya con media pata en la camioneta, tiró un último precio por hectárea: el doble del anterior.  “Última oferta”, dijo y cerró con un golpe y el tremendo artefacto arrancó al toque, porque el chofer había estado acelerando en vacío.
Acortando la relación porque, como decía el compadre Fierro, pa chorizo es largo: las deliberaciones de la paisanada terminaron de convencer a algún indeciso. Y es más, de esa discursiada salió una asociación que capaz se llamase “Coperativa Agrícola Naranjajai”  (me han dicho que la coperativa va con dos “o”, pero a mí no me consta, qué quiere que le diga) Pero bueno, como sea. El tema era cómo decirle al representante de la “Burpson Food Limited Corporation, filial Alazán Rosillo S.A”. que no había trato. Ya lo calamos al hombre: iba a ofertar el oro y también el moro, y hasta el alazán; iba a sacar papeles y mandar abogados, y hasta quién sabe no se metía de prepo. Necesitábamos un hombre que se negara. Que se negara a todo.

¿Ve? Por eso les cuento la historia del Rosijuán Martínez. Hombre negado como no hay. El pueblo entero le dijo, sabiamente: “Vea, don Rosijuan, no tenemos un representante que le diga al Rusél que no hay trato. Y usted menos que nadie, claro”. Santo remedio: Rosijuán Martínez nos representó, solo y su alma. Y cómo. Nadie como él, para negarse a muerte. Colorado como chancho pelado, el dueño de la 4x4 se perdió entre el polvo, y nunca más se lo vimos. Al polvo, digo, ni eso. Pero cómo será de negado, Martínez, que siempre se negó a que la Cooperativa (está bien, pongo dos “o” si a usté le gusta) se llamara Cooperativa Agrícola Rosijuán. Hubo que decirle que se iba a llamar Estercita (porque ella es su apoyo y refuerzo), para que diga “pa eso ponganlé Rosijuan”, carajo. Y quedó.

Ahí está. Pa que no siga preguntando por qué Rosijuán y por qué no hay soja y esas pavadas, ¿ve?




domingo, 14 de septiembre de 2014

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C760  1CxD02-134  (14 de septiembre de 2014)

Rifuñeca número uno en sol sostenido de día

© Jorge Claudio Morhain

Íbamos con el auto a cuerda a todo gas cuando, chun, chunque, pinchamos una goma de mascar. Tilingo, el gato barcino, salió del baúl donde dormía y fabricaba pulgas, se metió debajo de la carrocería e hinchó el lomo, diciendo ¡¡FIIISSSS!!. Entonces con la llave alpargatas aflojamos a las que bailaban la Danza Turca, y cambiamos la rueda alpargatas (Rueda y Llave, alpargatas, che). Guardamos la goma de mascar pinchada encima del Tilingo que maulló aplastado en el baúl con rueditas que uso para los viajes largos, y arrancamos unos pelos del camino, a todo gas.

Cuando llegamos a la Caza, se habían terminado las municiones, así que tomamos el té o te tomamos el pelo, y carolín cuadrado, esta rifuñeca se ha acabado.

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C759  1CxD02-133  (13 de septiembre de 2014)

Metódico

© Jorge Claudio Morhain

Luis Vilella era un hombre meticuloso. Obsesivo de tan meticuloso. Si escribía con lápiz, afilaba la punta exactamente cada dos renglones, con un aparatito en forma de “i” con el punto, cuya parte recta tenía una lija fina. Meticulosamente, dibujaba las letras con caligrafía de Perito Mercantil de 10 de promedio, no se salía del renglón, no se equivocaba nunca en la puntuación, y jamás, pero jamás, cometía faltas de ortografía. Con estilográfica o bolígrafo solamente utilizaba sus Parker de oro que le entregaran a su retiro, "por servicios destacadísimos". A pesar de que escribía 250 palabras por minuto, al tacto, en una máquina de escribir (10 en Mecanografía), nunca tocaba la Remington verde que reposaba en la estantería, brillante y sin una mota de polvo. Eso sí, computación no sabía: no estaba incluida en los programas de sus tiempos. Sólo había aprendido a usar celular, casi por obligación. Estaba retirado, clao. Desde entonces Luis Vilella se dedicaba a escribir. Meticulosamente. Metódicamente
Su residencia estaba ordenada concienzudamente, y su vida regulada por los amaneceres, el gimnasio y la pileta cubiertos (dentro de su casa, claro), almuerzo, cena, una hora mirando TN, una hora de radio (su antigua "7 mares"), una hora de Beethoven en long play.
Había ido quedándose solo: su mujer, su hijo mayor, muertos por enfermedades (la de él, innombrable, la de ella, casi un suicidio) La nena y el menor en los Estados Unidos, ya completamente americanos, ricos, felices, gordos y lejanos. En su cumpleaños y en Navidad, dos palabras en el contestador.
Pero no se sentía solo. De hecho, la metodicidad de su vida era su compañía, su pertenencia, su pervivencia.
En eso estaba.
En eso estaba, domingo por la tarde, cuando sonó el timbre.
Y sonó cuatro veces, más, mientras Luis Vilella guardaba el cuaderno junto con los otros más de veinte que llevaba escritos en el cajón oculto de la cómoda Luis XVI de su estudio.
Cuando abrió, LV se encontró con Ladulce Joanna. Sonriente. Chispeante, casi.
– ¡Hola, tío! –, dijo la sonriente Ladulce.
En realidad, aseguraría luego, se llamaba Melys, Melys Joanna Cardif. “Melys” era “Dulce” en galés Y los Cardif lo eran, y Cardif era el apellido de la difunta esposa de Luis Vilella. De ahí: “tío”. Aunque LV creyó que la chica decía “tío” como expresión vulgar, semejante a “padre” o “maestro”.
– No compro nada. No recibo visitas. ¿Quién te dejó entrar?
– E… es su sobrina, señor Luis. Hija de su cuñada Margaret… – dijo tímidamente el jardinero, a veinte pasos, con la gorra en la mano.
– No tengo sobrinas. Buenas tardes. – cerró con fuerza.
Pero Ladulce usó el viejo truco del pie en la puerta.
– Vamos, tío. Que nunca hayas sabido de mí no quieres decir que niegues al fruto del vientre de tu cuñada Margaret. Nunca me conociste porque nunca me aproximé a vos, a pesar de la vida que llevo vivida en este país. Mi madre está en Gales, aún.
Luis Vilella mantuvo la situación en suspenso, como si se hubiese detenido la proyección. El pie en la puerta, la mano en el picaporte, los dos mirándose. Finalmente abrió la puerta y entró. La chica hizo un globo de chicle y lo siguió, dejando marcas de barro con sus zapatillas de marca en el superlustrado parquet.
– ¿Qué necesita, señorita? Nunca me relacioné con su madre, y no sé…
– Que me hagas un lugar en tu casa, tío. Es bastante grande, y estás muy solo. Siento tanto lo que le pasó a tía Enriqueta…
Ladulce había empezado a acomodarse, a sacar cosas de su enorme mochila con arnés, para largos viajes. Desenrolló la colchoneta aislante.
– De última, me tiro en algún lado. Debe haber algún rincón oscuro donde pueda pasar la noche una chica solitaria. A menos que pienses que tirarme en la calle, fuera del muro, sea lo más conveniente para vos…
En silencio, LV la condujo a la habitación que había sido de su hija ausente (“¡Uau!”), le mostró el baño (“¡Uy!”), la cocina (“¡Iupiii!”) y la pileta de natación. Bueno, la pileta no se la mostró, sino que Ladulce se apuró a abrir la puerta que LV estaba cerrando apurado.
– ¡A la pelotita! – dijo Ladulce. Y de inmediato empezó a sacarse la ropa. Toda la ropa. Absolutamente en pelotas, se tiró al agua. Inmóvil, tieso, Luis Vilella la miraba evolucionar con la gracia de un delfín. Sólo faltaba que diera un salto fuera del agua.
Al cabo salió del agua, el agua reflejando las luces en cada centímetro de su hermoso cuerpo, y dijo:
– ¿Puedo quedarme, tío Luis?
LV carraspeó, porque algo se había atorado en su garganta, y contestó:
–Si.
Ladulce lo abrazó y lo besó. Con la ropa mojada, LV se fue lentamente a su cuarto, a cambiarse. Y a reflexionar.

Así fue como el mundo metódico, controlado, establecido, de Luis Vilella, se fue deteriorando como una manzana que nadie come. Poco a poco se fue ennegreciendo, soltando sus capas exteriores, ablandándose, licuándose.
Seis meses de convivir con Ladulce lo convirtieron nuevamente en siervo de una mujer, obediente a sus mandatos domésticos. Antes lo había sido de Enriqueta, aunque en ella había predominado, como un fondo gris, el horror. Ahora esta muchacha cuya carta de presentación había sido su cuerpo desnudo, empapado y feliz.
Pero seguía escribiendo. Metódicamente, minuciosamente. Le faltaban muchas cosas que contar, en sus escritos. Y lo hacía cuando Ladulce se iba a bailar, o a hacer compras, o a algún lado llamado “Quetimporta”, que había aprendido a respetar. Ella no sabía de los escritos. Pero igual, LV se cuidaba mucho de que no supiera de su existencia.
De pronto, engordaba. Soportaba la música (rock nacional, decía Ladulce) que, hay que decirlo, ponía baja, y en su cuarto. Y ella soportaba (¿o le gustaba?) Beethoven, a una hora determinada. Él sobrellevaba los aparatos raros que metía en la cocina, en el living, por toda la casa. Tecnología. Culpaba en parte a la “tecnología” de las cosas horribles que veía en televisión. Porque ahora la televisión estaba encendida. Y lo que veía le daba, en general, asco. Y vergüenza. Y tristeza. E impotencia. Impotencia. Rabia ya no: se diluía entre la impotencia y la tristeza. Cuando veía la televisión con Ladulce le venían muchas ganas de escribir. Su vida había sido demasiado importante como para no dejar testimonio. A los historiadores del futuro, por supuesto. Cuando se contase la verdadera historia. Su verdadera historia.

Luis Vilella no lo advertía, o acaso no advertía la magnitud del cambio, pero se estaba produciendo, lenta e inexorablemente.
Hasta que el cambio avanzó como una topadora. Derribó todo: la meticulosidad, el método, el orden, la constancia. Hasta el cariño que había desarrollado por esa loquita que se hacía llamar Ladulce, aunque su nombre era Melys.
Llegó la policía. Con una orden de captura. En cierta forma lo esperaba. Siempre hay cagones, ortivas, aún en las mejores familias. Y su “familia” era la mejor de todas. Eso estaba dentro del método, de sus previsiones: sabía cómo defenderse, y no hallarían pruebas.
También había una orden de allanamiento. También dentro de lo pronosticado. Así como tenía pronosticado el resultado: no hallarían nada.
Sólo que con la orden de allanamiento vino Ladulce.
Otra Ladulce. Seca, dura. Absolutamente distinta. Hasta en la ropa. Hasta en los ademanes.
Ladulce no lo miró: fue directamente al cajón oculto de la cómoda Luis XVI de su estudio. Donde estaban todos sus escritos. Sus escritos, relatando las misiones, los grupos de tareas, las salidas, los combates verdaderos, los “enfrentamientos”, los asesinatos selectivos, las capturas, los prisioneros, los interrogatorios, los sistemas, los manuales importados, las estrategias, los nombres. Todo lo que iban a necesitar los historiadores del futuro. ¡Del futuro, no de este presente embarrado y pringoso!
Lo esposaron, a punto de desmayarse; pero habían traído un médico.
A punto de desmayarse, el ex represor de la dictadura Luis Vilella observó cómo esa que él creyó su sobrina descolgaba algo como un pequeño camafeo del ángulo superior de su estudio, junto a la estatua del discóbolo, y de entre sus condecoraciones.
Una cámara. La maldita tecnología.



jueves, 11 de septiembre de 2014

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C758 1CxD02-132   (11 de septiembre de 2014)

Una buena vecina

© Jorge Claudio Morhain

Doña Anita Rey de Benítez era una buena vecina, solidaria, amable, comprensiva, desprendida, simpática, alegre, feliz.
Era feliz porque había sido muy feliz junto al “Tiro” Benítez, su difunto esposo, al que había perdido hacía para quince años. Pero había sido muy feliz, sin un no ni un más o menos. Para ella, lo más grande de la vida era el amor.
Eran mentas en la ciudad (de provincia) que había cambiado la vida a cuatro o cinco viudas y viudos en el Centro de Jubilados, había que ver.
Pero los años no vienen solos, como acostumbraba a decir, y tanto agacharse en el piletón y últimamente frente a la puerta redonda del lavarropas, tanto limpiar los pisos inclinada, tanto acarrear bolsas pesadas antes de decidirse por el remís, habían afectado a su espalda. Y tanto violar regímenes de dietas, hay que decirlo también.
Y coqueta. Ah, si era coqueta… Había que verla, siempre vestida de punta en blanco, a la última moda, siempre maquillada, siempre peinada de peluquería, siempre perfumada con esencias francesas…
Así, con esa pinta, llegaba al hospital para hacerse doler la espina dorsal, como decía cuando iba a las sesiones de kinesiología con el profesional de turno. Que a veces era Roberto, pintón y peludo (¿por qué con esas mechas, nene?), y la pizpireta Florencia, bajita, rubia, sencilla, con ojos verdigrises que eran como destornilladores que se te metían adentro, al decir (en el supermercado, y para oídos ajenos a doña Anita Benítez) de Carlos Torre, profesor de educación física y a juego con su apellido: alto y tan pintón como el Roberto.
Tanto el Róber como Flor  eran jodones, un grado más que simpáticos. Doña Anita no se decidía sobre quien la cuidaba más: si las manos delicadas de Flor o los firmes amasamientos del Róber.
– Dichosa la que acaricies con tantas ganas, Róber –dijo una tarde de esas Doña Anita.
Los consultorios estaban en una sala grande, donde se unían varias especialidades afines, entre tabiques de Durlock y cortinas. Los de kinesiología estaban contiguos. Por eso el Róber contestó.
– Ssht, que la oye…
– ¿Quién…? –doña Anita, boca abajo, volvió la cabeza entusiasmada y murmuró cómplice.
Cómplice también, el Róber se puso un dedo en los labios… Doña Anita dedujo rápidamente, y señaló el compartimiento de al lado con el pulgar. El Róber le guiño un ojo. Y la buena vecina se sumió en pensamientos placenteros. Respecto del amor, claro.
Dos días después, cuando en lugar de Róber, que había ido a un congreso, la atendió Flor, Doña Anita estuvo tan misteriosa e insinuante, con preguntas incisivas que no dejaban mucho lugar a conjeturas.
– No, doña Anita. Novio no tengo. Pero tampoco necesito, no se preocupe. –terminó por decirle.
– Ay, lástima, nena. Sos tan linda, tan joven, con esos ojos. No sabés lo lindo que es el amor…
– Por ahí sé… – también Flor se puso enigmática.
– Ay, contame, contame…
– Otra vez, doña Anita. Por hoy, ya le hice doler bastante la columna.
– La espina dorsal. No, si tenés manos de seda…
– Vístase tranquila, que luego la saludo.

A veces había momentos de pausas, largas pausas sin tareas. Pausas que se llenaban con mate y facturas, atentando contra las dietas (las facturas), y allí salían los mejores chistes y las más desvergonzadas cargadas.
– ¿Qué le dijiste vos a Doña Anita, tarado, que me estuvo preguntando sobre el amor…? –: Flor.
– Ah, no sabés. Cree que estoy enamorado de vos, cuanto menos. O que somos novios.
– Y vos la desengañaste…
– No… ¿Por qué?
Florencia le sacudió varios repasadorazos.
– ¡Pero no ves que sos un tarado! ¡Antes de decir que tenés algo con alguien tenés que tenerlo, tonto!
– Pero yo no quiero tener nada con vos. ¿O es que acaso no te has dado cuenta que yo quiero solamente ser tu amigo…?
Mate. Silencio.
– Che, pero se me ocurre una cosa –: Róber.
– No. Por las dudas, no.
– Escuchame. No vamos a desilusionar a la adulta mayor, si es una buena vecina, una excelente viuda, una… No me pegues más, y escuchá mi plan…


– ¿Y, nene? ¿Se casan? – Cuando Roberto volvió a atenderla, doña Anita fue directamente al grano.
– ¿Qué dice, doña Anita? ¿Quién se casa? ¿Con quién…?
– Hablá tranquilo, Róber. Hoy Flor tiene franco, y no hay nadie en la sala. ¿Son novios o no son novios?
– No, Doña Anita. No somos novios.
– Ah, bueno… ¿Amantes? ¿Transas, como dicen los muchachos?
– Me ofende, doña Anita.
– Yo creí que estaban enamorados. Disculpame, entonces…
– Bueno… Ella no está enamorada…
– ¡Pero vos sí!
Roberto no dijo nada. Seguía masajeando la columna de Anita.
– ¿Se lo dijiste, Róber?
– ¿Qué cosa, doña Anita?
– Que estás enamorado de ella…
Silencio. Masaje. Silencio.
– Escuchame, nene. Ella es el mejor partido para vos. Yo la estuve hablando, y estoy segura que está muerta con vos.
– No… ¿Usted cree?
– Hijo, ¿cuántas parejas te parece que armé en el Centro de Jubilados? Vos dejame a mí.

Mate y pastelitos. Informe sobre el plan. Risas. Pullas. La Guardia era una fiesta.

El siguiente lunes, día de kine, Florencia entraba media hora después que Roberto. Apenas cerró la puerta de la sala, hubo algo en el aire. Suave, lento: música.
Una oleada de violines, un canto suave de mariachis, seguido de la más dulzona de las canciones de Sergio Denis.
Florencia entró a su cubículo, y comenzó a acomodar los trastos por si caía un paciente: no tenía turnos para esa hora. De pronto se oyó la voz de boca abajo de Doña Anita, alta, del otro lado del panel.
– ¡¿Te gusta, Flor?!
– ¿Cómo le va, Doña Anita? ¿Me habla a mí?
– Digo si te gusta la música.
– Y… si. ¿Por?
– Vení, nena. Pasá de este lado, dale.
Florencia salió de su habitación, y entró en la de Roberto. Anita seguía boca abajo, cubierta con una manta. Roberto estaba muy ocupado calibrando el resonador ultrasónico. Un grabador de casete sonaba sobre el estante.
– La música, Flor. La grabé especialmente para ustedes.
– ¿Qué ustedes…? ¿Nosotros…?
– Róber… ¿Róber…? (la segunda llamada fue cantada)
Roberto se volvió a medias, tapándose la cara, también a medias.
– ¿Doña Anita?
– Dale, decíselo. Decíselo.
Roberto volvió la cara al aparato y sus hombros temblaban. Quizás lloraba.
– Me prometiste que la ibas a sacar a bailar, Róber. No vas a defraudar a tu tía Anita, ¿no?
– ¿Bailar? ¡Ah, no, esto es demasiado! –dijo Florencia, que amagó con irse. Doña Anita Rey viuda de Benítez giró con dificultad su gran humanidad y la miró duramente.
– ¡Florencia! Esperá un segundo, ¿querés? – Y, al Róber: –Róber, vamos…
El Róber giró, mirando al suelo, y tomó en sus brazos a Flor, que dejó escapar un pequeño e indescifrable resoplido,  que tapó contra el guardapolvo de Roberto. Y bailaron, un lento. Muy lento. Y Florencia pisó a Roberto todas las veces que pudo. Y agitaban los hombros tanto que Anita se emocionó, se giró de nuevo boca abajo y se sonó los mocos.
Florencia huyó.

Cuatro horas más tarde, Florencia y Roberto, los kinesiólogos, esperaban el tren para sus respectivos hogares. Cuando, del tren que llegaba, bajó doña Anita Rey viuda de Benítez.
– ¡Ay, los tórtolos! ¡Quiero que se besen!, ¡Quiero que se beses!
– Por favor, Doña Anita, ya fue bastante… – se quejó Flor.
Pero Róber la abrazó y le chantó un besarraco en la mejilla. Doña Anita se acercó a ambos, cómplices:
– No, en la boca.
En eso llegaba a la estación Carlos Torre, a zancadas.
Acaso Roberto lo vio venir, porque sin dudarlo, ¡paf! Le dio un beso en la boca a Florencia.
Doña Anita, la viuda del “Tiro” Benítez, suspiró para siempre, y se fue casi salticando, hacia su casa.
No pudo ver, claro, cómo Carlos Torre tomaba por la solapa a Roberto, mientras el muchacho y también Florencia se desternillaban de risas apagadas, retorciéndose.
– ¡Ex… explicale, Flor, explicale! –decía el Róber.
– ¡Ah, no…! ¡Vos… vos lo planeaste y… (risas) ahora… (risas) ahora arreglate con mi marido!



(AGRADEZCO A LA AMIGA QUE ME CONTÓ LA PARTE REAL DE ESTA HISTORIA)

martes, 9 de septiembre de 2014

C757 1CxD02-131

C757  1CxD02- 131    (9 de septiembre de 2014)

Tom

© Jorge Claudio Morhain

Me llamo Tom. No sé qué quiere decir ese ruido, “Tom”. Pero sé que cuando lo oigo me van a acariciar, o a dar de comer. De modo que pongamos que me llamo Tom.
Mi habilidad principal es la de dormir 16 horas por día, en distintos lugares y poses. Cada lugar tiene un sabor distinto, y te induce sueños diferentes: llenos de prados de pájaros el sillón del living; una heladera –como la del negocio de al lado, donde se puede caminar– llena de hígado (los pies de la cama); Ruña (el muro periférico); Ruña, el bidet; Ruña, el cajón de la ropa; Ruña, la parte superior de la alacena.
Ruña es mi vecina, mi amante, mi confidente, mi cómplice. Podría ser la madre de mis hijos, pero paree que tiene algún problema reproductivo, o acaso se lo produjeron en su casa. Pero a nosotros no nos importa. Gozamos gritando como descosidos a la luz esa enorme luz que está por sobre todas las cosas, a la noche, y hacemos el amor desaforadamente, y no importa si no vienen descendientes. Con Ruña robamos la comida puesta a enfriar en las ventanas, arrastramos las medias descolgadas de la soga, revolvemos las bolsas de residuos que los perros abrieron para nosotros, perseguimos los gorriones y a veces los alcanzamos.
Hace pocas noches, una noche medio caliente y medio fría con viento que golpeaba a manotazos, salté a la tapia a reunirme con Ruña, como casi a diario. Pero no estaba. La llamé, pero no contestó. Sólo conseguí despertar a los perros, que no me dejaron bajar del muro por un buen rato, hasta que se cansaron. Recorrí el basural de metal de la casa del vecino, ese que tiene en el fondo para criar yuyos y arbolitos, y me asomé por detrás de su quincho. Llamé, suavemente (para no alertar a los perros), pero nada. Sin embargo, algo me llamaba desde ese lado. El quincho tiene una pared rota, es otro depósito de metales de formas raras y de bolsas de cosas polvorientas y de frascos con mucha telaraña, y en realidad hace mucho que no vemos a nadie allí. Con Ruña lo usamos muchas veces, cuando llueve, para dormirnos abrazados sintiendo el ruido en la chapa.
Pero esa noche había alguien. Hombre… mujer… en realidad no se distinguía qué: también podría ser otro animal, como un gran perro o un conejo exageradamente grande. El olor era sumamente confuso. Olía a carne quemada hace mucho, a fritura vieja, a humo, a mucho humo. El Loquesea se estaba moviendo, lentamente, entre los frascos y los polvos, y los metales heterogéneos. También había olor a carne. Hígado, o bofe, o algo así, y eso me hizo meterme entre las patas de los objetos metálicos complejos, hasta que comprendí, o sentí, o intuí, la maldad.
La maldad es algo que se palpa, que uno siente como se siente el sudor del hombre, como se descubren los motivos del perfume artificial de la mujer, como las simples pero peligrosas ganas de acariciar del cachorro humano. El Loquesea estaba lleno de maldad. Eso me hizo erizar los pelitos de la nuca, y me arqueé un poco por la tensión.
Entonces la vi.
Ruña.
Estaba metida dentro de una campana de vidrio, como los que encierran quesos del almacenero, manjares prohibidos. Por eso no me había llegado su aroma. Era una campana grande, ubicada sobre una especie de plato brillante, entre muchos metales retorcidos y vidrios que se movían y olores de cosas mecánicas, como los autos. Frente a ella había otro plato similar, pero vacío.
Sin pensarlo, salté al plato vacío, para liberar a Ruña. Parado en equilibrio (porque no estaba fijo) en el plato brillante, apreté con mis manos la campana que encerraba a Ruña, traté de levantarla. Y entonces otra campana cayó sobre mí, separándome del mundo.
Grité aullé, rasguñé. No. Estaba prisionero, al lado de Ruña, también prisionera.
El Loquesea, ahora se veía que era un hombre bajo, retorcido, muy feo, con una sonrisa traicionera y vil, bailó entre los metales retorcidos, y sentí que la campana se llenaba de un gas dulzón, y sentí cosquillas. Cosquillas. Cosquillascosquillascosquicosllascosuillillas…
Afuera cayó un rayo. Y, como es lógico, se cortó la luz.
El Hombre feo Loquesea empezó a gritar, a bailar, a tirar cosas, y mi campana se cayó y salté al piso, y me encontré con Ruña que había hecho lo mismo, y salimos corriendo juntos por el fondo del vecino, para refugiarnos en la ventana de la casa de nuestro dueño, que tenía un gran alero, especial para contemplar la tormenta, haciéndonos mimos.
Desde ahí vimos quemarse el quincho del vecino.

Ruña y yo ronroneamos, felices. Sin saber por qué. ¿Pero por qué debería haber un por qué?

lunes, 8 de septiembre de 2014

C756 1CxD02-130

C756 1CxD02-130 (8 de septiembre de 2014)

A solas con ella

© Jorge Claudio Morhain

Otro golpe.
Las rachas de viento empujan junto con la olas, y la “Edita” lo acusa con ganas. Yulio, el timonel, hace lo que puede para entrarles de modo de soportarlas. Pero no se pueden evitar los bandazos, que escoran el barquito como si fuera a caerse del todo, como si pidiese la vuelta de campana. El roll, dirían en la clase de Educación Física.
Pero esta no es la clase de educación Física, sino el mar, “la” mar, como dice Yulio, y se enoja cuando la masculinizamos. “La mar es una mina, stronzo”, protesta.  La mar es una mina. Te mima cuando quiere, y te caga a pedos cuando se le antoja. Lo malo es que nosotros, hombrecitos, tenemos que lastimarla siempre, cuando está buenita, cuando está aburrida, cuando se estremece y tiembla toda y cuando se pone mala y grita y empuja y golpea y escupe como un guanaco desbocado.
La mar.
 – ¡Arriba las redes! –grita el patrón, por sobre el viento y la espuma. –¡Nos vamos…! –sigue una sarta de insultos referidos al clima y a la mar.
Comenzaron a trabajar las grúas. Costaba muchísimo, por la falta de estabilidad, por el plano siempre cambiante de la cubierta, por la marcha zigzagueante a la que la mar condicionaba a la "Edita". Pero era aquello o perder la carga. El día de trabajo. Y el orgullo.
Aferrados a la red, procurando acercarla al hueco de la bodega, éramos en realidad otros peces enredados en la misma trama.
Y entonces...
Creí que llegaba la anunciada vuelta de campana. La carga se deslizó casi fuera de cubierta, sólo la retuvo el extremo que ya había penetrado la bodega. Me aferré a la red, con desesperación. Vi las olas debajo, el abismo de la mar. Mis compañeros gritaron, tiraron de la red. Ya. Ya llegaba... Pero una ola, esa ola... Parecía roca liquida, en lugar de agua. Me pegó casi de costado, como el bofetón de un gigante. Perdón, de una giganta. Manoteé, como nadando en el aire. Y caí.
Caí. Caí. ¿Tan lejos está el agua? La mar abrió su boca, y bajé, envuelto en puntilla de burbujas, como un ancla.
Pataleé, braceé. El mar (perdón, la mar) y yo somos viejos conocidos. Además, llevo un chaleco salvavidas. De pronto el aire, de nuevo. Lo bebo con fruición, con agradecimiento. Ahora floto. Subo y bajo, con las olas.
El barco. Me tienen que estar buscando. Es lo habitual con "hombre al agua". Me cuesta girar, me vuelvo con cada golpe de ola. No están al norte (o la dirección a la que bautizo norte), ni al este, ni al sur, ni, de nuevo, al este. Acaso al oeste. Pataleo. Tardo horas, parece, en girar al oeste, pero no están.
La barca pescadora, la "Estera", no está.
El golpe de mar que me arrancó de la red... No habrán podido enderezarlo. Habrá caído de lado, o... O habrá dado vuelta de campana. Yo estuve pensando en eso. En la vuelta de campana. No hay que pensar cosas malas, en la mar. La mar las produce, te complace. Te jode.
Podría ser una sensación, pero parece que está amainando, que el viento decrece, que las olas ya no son gigantes. Claro, la mar se burla ahora de nosotros, los que la desafiamos para robarle sus habitantes, sus riquezas. No, no se burla de nosotros. Se burla de mi. Porque no hay nadie más. Nadie. Las olas se van aplanado, y ahora puedo girar: norte, sur, este, oeste. Solo.
Me relajo. El salvavidas me mantiene a flote, no siento (aún) demasiado frío. En algún momento vendrán por mí. A pesar de que no tengo bengalas, ni equipo de emergencia, salvo este chaleco amarillo.
Podría, ahora, repasar mi vida. O preguntarme, investigarme, y acaso llegar a una conclusión, sobre mi tema recurrente: por qué me gustan tanto las mujeres y no soy capaz de decírselo a ninguna. Por qué estoy solo. Solo. Como ahora.
Aunque no estoy solo. No, si el Tano lo dijo: LA mar. La mar, femenino. La mar es una mina dulce y acogedora. La mar. Ella y yo. Solos, ella y yo.

Lo rescató un helicóptero de la prefectura. Guiado por el capitán del pesquero "Edita", que había sido arrastrado loco hacia ese "oeste" que había definido el hombre al agua, razón por la que fue imposible volver a buscarlo. Si la "Edita" se hubiese hundido, nadie habría encontrado jamas al marinero, al que izaron los hombres-rana, quitándoselo a los brazos amorosos de ella: la mar.


domingo, 7 de septiembre de 2014

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El chateau

© Jorge Claudio Morhain

Las arcadas inmensas, oscuras, como ojos ciegos en las paredes gigantescas. Las columnas anchas como una habitación. Los vanos, los huecos, los portales y las supuestas puertas. Todo plateado de telarañas infinitas, acolchado de polvo de siglos, almohadillado de oscuridad.
En profundos nichos, se adivinan estatuas. ¿Santos? ¿Guerreros? ¿Monstruos? Imposible discernirlo. Del techo penden enormes candelabros, casi racimos, casi árboles invertidos, tan cooptados por los tejidos de arañas o de murciélagos.
El aire dulzón, penetrado de humedad, deriva a veces hacia lo putrefacto, hacia lo ominoso, fruto de alguna alimaña muerta o de restos de festines macabros.
En algún lugar brota una escalera, enorme, todo piedra. Allí se advierte que las proporciones del chateau (no llega a ser castillo y es más que mansión) está construida en proporciones superhumanas: el tamaño de los escalones y su propia altura dificulta el ascenso, cansa, agobia.
Trepando dificultosamente, empieza a aparecer la luz. Una luz extraña, violácea, filtrada por cristales ocultos o lucernas imposibles. La luz oculta formas impredecibles, agazapadas en los vanos, escurriéndose en los rincones, agitándose por el rabillo del ojo: si las miras de frente están inmóviles, son excrecencias de algún goteo, estalactitas deformes, intervenidas.
Se llega al cabo al salón en lo alto.
Allí, el lecho, el baldaquino casi derrumbado, el trono gigante, el viento de ninguna parte.
Y, aún sentado, acaso sonriente, acaso frenético, imposiblemente vivo, bufando por lo bajo, agitando su pecho, el monstruo.
El minotauro.