jueves 12 de enero de 2012

lunes 9 de enero de 2012

Viaje a la tierra de los QOM

Fui convocado por los alumnos de 2o. año de la Escuela Secundaria N° 1 "Alfonsina Storni” de Máximo Paz (la sección de adultos) como reconocimiento a la patada inicial para la escuela, hace ya 25 años. El gobierno nacional puso una combi, la municipalidad de Cañuelas un camión con acoplado (un enorme acoplado, como se ve en las fotos) Partimos a la hora 1 del miércoles 14. El camión había salido un día antes y nos esperaba en Resistencia. El chofer dijo ser experto y que ya había viajado a Pampa del Indio, donde está la Escuela de Enseñanza Primaria N° 734 "Ejército delos Andes". Además, tenía un GPS. Parece ser que el GPS le indicó un camino supuestamente más corto... sólo que tenía partes a medio hacer, y como no nos paramos a esperar al camión en los cruces lo perdimos. Así que en una ciudad llamada Colonias Unidas nos sentamos a esperar. Esperar. Esperar. Reunidos, pusimos proa a Pampa del Indio. Pero 20 Km antes, al atardecer, había un piquete... de la comunidad qom. Fue inútil decirles que traíamos ayuda para su propia comunidad. No había señal para celulares, salvo en lo alto de los camiones. Allá subieron el chofer y la mentora de todo, Analía Sánchez, tratando de contactar un funcionario. El piquete se iba a levantar sólo si venía una ministra que había prometido ir. Y fue. En medio de una noche gloriosa con esas estrellas que sólo se ven en la oscuridad total, llegó, una muchacha jovencita, y luego de laaaargas deliberaciones tras una llamada del gobernador Capitanich, se abrió el piquete, y llegamos: 24 horas después de la partida. Al día siguiente descargamos el camión, una enormidad de bolsas de ropa, mucha comida no perecedera, varias cajas con libros, un televisor, un lavarropas, dos computadoras y una heladera. Y nos fuimos a la escuela, a 20 Km de la ciudad. Una hermosa escuela, bien equipada, junto a una comunidad qom sin carencias: niños bien comidos, bien vestidos. Todos manejaban perfectamente las cámaras digitales. La escuela tiene electricidad, agua de pozo y cañería y tanque (no tenían bombeador, cuando fuimos) Habría, se me ocurre, que solucionar ese pequeño problema y construir baños decentes para los alumnos, que tienen un antiguo retrete. Tienen Direct TV. Se trataba de la fiesta de fin de cursos, y la inauguración de dos aulas nuevas, muy grandes y frescas. Los alumnos de Máximo Paz, y las profesoras Gisela Morhain (mi hija) y Cristina Maffei, pintaron un hermoso mural inspirado en un cuadro de Berni, en el que metimos mano todos (como se ve en las fotos), y el que no la metió en la pintura la metió en el mate, la picada o el apoyo logístico. Casi insolados, terminamos antes de la fiesta. Una fiesta de fin de curso de una escuela primaria, ¿qué quieren? Analía Sánchez regaló una bandera cañuelense (Máximo Paz está en el partido de Cañuelas) y yo 50 ejemplares de mi libro 'Amores con guardapolvos'. Terminado el acto, partimos raudamente (o sea, rajamos) a subir a la combi y volver. Salimos de Pampa del indio a la 1 del viernes. Y a las 4 estábamos en casita. Le recomendamos al chofer tirar el GPS.
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EL VIAJE, RELATO COMPLETO En primer lugar, el conductor de la combi dijo que había estado en Pampa del Indio y que conocía un atajo que partía de la ciudad de Vera. Sin embargo, el camión nos esperaba en Resistencia, así que siguió hasta allí. Y tomó la ruta 16, que va hacia Presidencia Roque Sáenz Peña. El camión nos siguió. Cuando el chofer tomó la ruta 7, a toda velocidad, no le avisó al chofer del camión, que venía siguiéndonos. Así que al llegar al punto donde debimos tomar un nuevo desvío, esta vez hacia General San Martín, nos detuvimos a esperarlo. Y le preguntamos por dónde estaba. Resultado: no había doblado por la ruta 7 y se había pasado. El chofer de la combi le indicó entonces cómo retomar el camino, y nos sentamos a la sombra, a esperar, en la ciudad e Colonias Unidas. Al rato apareció un señor, flaco, más arruinado que viejo, desdentado, atraído más que nada por las chicas del grupo. Nos pusimos a charlar. Luis Abel Borani repetía, sin que nadie le preguntara, “Colonias Unidas”, alargando la “i” de “Unidas”. Y, seguidamente, la frase “no hay que tener mieeedo”. Luis tenía menos de sesenta años, había nacido en Colonias Unidas, trabajó hasta hacía algún tiempo como peón en la Coca Cola, en Colonias Unidas, y luego fue internado por un problema pulmonar grave a consecuencia del cigarrillo, del que sobrevivió apenas, según contaba. Ahora estaba ocupado por la Municipalidad para trabajos menores, cortar pasto, etc. Vivía en Las Garcitas, con su madre. Se ofreció para acompañar a las chicas a una estación de servicio cercana, donde comprar algo. Finalmente, le pidió el teléfono a una de ellas. De a ratos decía conocer Pampa del Indio (nuestro destino) y de a ratos decía que no conocía. Preguntaba por la combi, la admiraba. Quería saber si daba 120 en la ruta y al decirle que sí repetía que él a esa velocidad no iba a viajar. Antes había algodonales, decía, pero ahora todo era soja. Por cierto, todo el camino vimos gigantescas plantaciones de maíz, girasol y soja. Luis resultó un personaje singular del que seguimos hablando el resto del viaje. Cuando llegó el camión, continuamos el viaje. Resultó que a partir de Colonias Unidas la ruta 7 tiene un gran tramo en construcción, un amplio trazado de tierra. De tierra. Luego venía la parte terminada, ancha, perfecta. Hasta San Martín. De San Martín debíamos ir a Pampa del Indio. Como se ve en el mapa, era casi una marcha en zig-zag. La coordinadora habló con la directora de la escuela N° 734, quien dijo que la volviésemos a contactar pasando General Roca. Hubo una mala información al camión, que entendió que debía esperar en General Roca. Seguimos por la ruta 3, hacia Pampa del Indio y, unos 20 Km antes, encontramos un piquete de la etnia qom. Fue inútil explicarles que traíamos elementos para ayudar a su comunidad. Fueron inflexibles. La directora nos indicó que nos juntásemos con el camión frente al piquete, porque “nos iba a hacer pasar”. Pero no fue así. Por lo bajo, nos decía que “eran vagos que querían más planes sociales para seguir en la vagancia”. “Los porteños los apoyan”, decía, “pero no saben lo que son esta gente”. Se hacía de noche. El cielo era un lujo de estrellas. Una chica creyó oír un elefante: en realidad era un mono aullador. En ese sitio no había señal de celular, salvo en lo alto de los camiones. Nuestra coordinadora y el chofer subieron varias veces sobre la cabina de uno para tratar de comunicarse con algún funcionario. Los qom esperaban la llegada de la Ministra de Desarrollo Social, Beatriz Bogado. La opinión general era que no iba a hacerse presente, y casi todos estaban resignados a pasar la noche en el lugar. Analía Sánchez habló con una secretaria del gobernador. Esperábamos. Visto que no había esperanzas, propuse a la directora y su hijo (que resultó luego profesor de la escuela) que acercasen un poco de comida porque la comitiva estaba hambrienta, para luego dormir esa noche en la combi, como habíamos hecho en las primeras horas del día que se acababa. Ellos podían pasar (a pie) desde el otro lado del piquete, única concesión obtenida. Fue notable el desconcierto de las autoridades escolares. Dijeron que habría que averiguar con los piqueteros si dejaban pasar comida. Mientras tanto, acercamos un par de termos para, al menos tomar algo de mate. Estábamos en ese trámite cuando desde el lado de Gral. San Martín vino una comitiva de autos que estacionó dejando las luces encendidas. Se trataba de un patrullero, un auto de custodia y otro… con la ministra. Una mujer joven, que pasó abriéndose paso en la oscuridad y se instaló en medio del piquete. El representante qom comenzó una larga discusión, de pie, iluminados por un foco que alguien sostenía. Las esperanzas se diluyeron pronto, porque la charla se volvía interminable, y nadie cedía en sus puntos. Casi todos volvimos a la combi, cansados, dispuestos a dormir como fuera. De pronto volvió el chofer y la coordinadora. Un llamado del gobernador había resuelto los problemas, y se levantaba el piquete. Al fin, entre los camiones, pasamos. Avanzamos por la ruta un cierto tramo y de pronto el chofer tomó un camino lateral, estrecho y muy polvoriento, con el polvo fino y arenoso del Chaco. El camión con acoplado venía, ahora, pegado a nosotros. Se detuvo. “Este camino no lleva a ningún lado”, dijo. Evidentemente, había equivocado el rumbo. Estábamos en el camino de la Sociedad Rural de Pampa del Indio. Totalmente equivocados. Los choferes de la combi y el camión bajaron a examinar el lugar, tratando de encontrar un sitio donde el enorme camión pudiera dar la vuelta. El polvo fino apenas le permitía frenar, y la estrechez del sitio hacía muy problemático dar la vuelta. Llamamos a la directora. Dijo que esperáramos, que venía a guiarnos y a llevar el camión a un sitio donde podía dar la vuelta. Enseguida llegó su auto, y volvimos a emprender la marcha. Pampa del Indio es una gran ciudad, con una arcada de bienvenida. Circulamos por la ciudad hasta la casa de la directora. En la esquina, una construcción antigua, de ladrillos, muy simple. Al lado, la casa, moderna, y otra más un poco más allá. La directora, Olga Otero, “puso a disposición” su casa para que paseos la noche. Esto significó, en los hechos, piso libre para tender las bolsas de dormir, un baño y agua caliente para el mate. O sea: luego del viaje de 24 horas, luego de las horas perdidas en el piquete, luego de pasar después de la hora 1 del día siguiente por la ciudad cerrada, nos fuimos a dormir sin comer nada. Tampoco mucho mate, porque había que madrugar. Ya sabíamos que dormiríamos en el suelo, y fuimos todos equipados con material para pasar la noche. Lo que no supusimos era que no iba a haber ni dos botellas de gaseosas y diecisiete sándwiches de miga, al menos. Sólo agua caliente para el mate, con nuestra yerba. Efectivamente, muy temprano hubo que levantarse, recomponer el cuerpo, lavarse un poco, y, sin que nos ofrecieran otra cosa más que agua caliente, descargar el camión, lo que se hizo entre los viajeros y las docentes de la escuela. El camión se descargó en el depósito al lado de la casa de la señora Otero, porque adujo que no había lugar en la escuela para colocarlo allí y “temía que se lo robasen”. No hubo un recibo firmado, ni un listado de las cosas entregadas. Sólo la confianza en la persona de Olga Otero. Apenas terminamos, subimos a una camioneta descubierta, que iba a llevarnos a la escuela, en la caja. Se detuvo frente a un almacén donde por fin compramos algo de comer. Luego de salir de la ciudad y de unos pocos kilómetros de tierra, llegamos al fin a la Escuela Primaria N° 734. Se trata de una escuela bien puesta, moderna, el edificio antiguo tiene dos aulas grandes, galería, biblioteca, cocina. La biblioteca es una habitación de 3 x 4 metros, aproximadamente, con libros en las paredes, videos, CDs. reproductor de DVD, televisor. Hay muchas otras cosas, como suele suceder en las escuelas, sobre todo en época de vacaciones, como esta. Baños para alumnos tipo excusado, afuera. Dos habitaciones separadas (presumiblemente depósitos), un bicicletero, pozo de agua con instalación para motor e instalación de agua en cocina y baños de docentes (no estaba colocado el motobombeador, pero estaba el lugar donde debía colocarse: es posible que fuese retirar}do por estar la escuela cerrada). Los bancos y demás muebles estaban amontonados, debido a la construcción de tres aulas nuevas, amplias, con galería, ubicadas enfrente, cruzando el patio. Esas aulas se inaugurarían ese día. Había un freezer grande, funcionando. También funcionaba la cocina, aunque para cocinar utilizaron un fogón con una plancha de hierro, ubicado en la galería exterior trasera. Apenas llegamos a la escuela, las profesoras de plástica y varios alumnos se abocaron a la pintura del mural, que se hizo en el frente del ala antigua. Llegó el resto del personal docente, incluyendo el profesor de huerta y el profesor de idioma qom. También se hizo presente el profesor de plástica. Con una enorme cantidad de telas blancas y celestes vistieron los edificios para la fiesta de fin de curso, que estaba anunciada para las 19.30. Se trabajaba rápido en la pintura, porque por la mañana daba la sobra del edificio, pero a la tarde pegaría el sol completamente. Otro grupo preparó una picada y cebó mate, de modo que todos pudimos comer algo. Las docentes de la escuela y un grupo de madres qom (sabíamos que pertenecían a la comunidad qom cercana, porque de otro modo no las hubiésemos diferenciado de cualquier vecina de Máximo Paz o de cualquier otro lugar del país). Algunos niños hijos de las señoras se aproximaron, entre ellos el pequeño Facundo, y más tarde la nena Rosita. Facundo nos ayudó todo el día, y más tarde condujo a un grupo de viajeros a conocer la comunidad. Al costado de la escuela, todo alrededor, se desarrolla el monte bajo chaqueño. Enfrente hay una casa grande, donde vive Rosita. A veinte metros de la escuela un largo sendero se interna en el bosque conduciendo a la comunidad. Allí las casas son construidas con materiales del lugar, como ancestralmente, y la forma de vida es primitiva para la mentalidad occidental. No fui personalmente en esa excursión, cosa que lamento: me quedé ayudando en la pintura. Un grupo de madres de la vecindad y las maestras amasaban gran cantidad de empanadas, y se nos hacía agua la boca. Otro grupo cocinaba en el fogón, porque la cocina a gas es familiar, y seguramente hay problemas en la provisión de garrafas, y no así en la de leña. Al mediodía la directora anunció a parte del grupo que descansaba a la sombra, en una de las aulas con ventiladores de techo, “la comida está lista, pero nadie les va a servir. El que quiera busque un plato y sírvase, y después no olvide lavarlo”. Así que los chicos tomaron un plato y se sirvieron un guiso de fideos con algunos traspapelados trozos de pollo. Se sentaron literalmente donde pudieron, los bancos de la escuela o alguna mesita ocasional. Afuera pegaba el sol, y las profesoras se negaban a dejar para comer. Pedimos algo para hacer sombra, y conseguimos una plancha de poliestireno (telgopor) que finalmente rompió el viento. Obligamos a las profesoras a turnarse para comer. Decidieron poner una frase que dijese que la Escuela Secundaria N° 1 de máximo Paz, en su 25 aniversario, quiso ayudar a la Escuela Primaria N° 734, Ejército de los Andes, de Pampa del Indio. Yo pensé que había que poner algo en qom, y hablé primero con Facundo y luego con el profesor de Qom, quien me tradujo “Gracias, hermano qom”, que fue lo que escribimos: “Ña’achec Iqaya Qom”. No se escribe exactamente así: el acento entre las dos “a” es grave (‘al revés’), y va entre ambas letras, no en la segunda “a”. Sobre la “y” va un tilde circunflejo. Cuando el profesor de qom advirtió que les estábamos agradeciendo a ellos, los dueños de la tierra, hubo un momento de emoción. A eso de las 18 horas la directora invitó a ir a su casa a bañarse y cambiarse, pagando una combi, y dos pintoras se quedaron a terminar las letras del mural, que faltaban. Natalia Echeverría, Marcela Corro y yo, que quedé haciéndoles un poco de sombra y acompañándolas en la escuela vacía. Luego llegaron electricistas para colocar luces y micrófonos. Finalmente se hizo la fiesta. Asistió el secretario de gobierno municipal, y varios padrinos de la escuela. No se dio en ningún momento que la Escuela Secundaria 1 fuese alguna especie de madrina. Tampoco hubo un lugar especial para los 17 visitantes, que anduvimos desperdigados entre la gente, muchos sacándose fotos con los niños qom, o llamándolos “pobreciiitos”, como si fuesen de algún modo distintos a los niños comunes que vemos todos los días. Todos vestían buena ropa, llegaron muchos en moto, varios autos, muchos tenían cámara digital, todos teléfono. Facundo era, de hecho, trilingüe, pues hablaba castellano, qom y guaraní. Desde luego, la fiesta no empezó a las 19.30, sino cerca de las 21. Fue una fiesta típica de fin de curso, con egresados, lágrimas, discursos acartonados, bailes folklóricos y un coro algo incomprensible. En ningún momento se pronunció una palabra en lengua qom. De pronto, se le dio la palabra a un señor de poncho y guitarra que iba a “cantar en qom”. Lo hizo, más bien recitó algo que tenía acento a Atahualpa Yupanqui, unas cuatro estrofas. Después siguió en castellano… con un sermón evangélico. También había hablado antes un pastor evangélico qom, con graves dificultades para articular los plurales, un poco más acentuadas que en la directora. Una señora muy obesa llegó en esos momentos y se le dio un lugar preferencial. Luego nos enteramos que ese era el último día de Olga Otero como directora, porque era suplente y dejaba el cargo a la titular, esa señora obesa. Marcela Corro se descompuso, por la larga jornada al sol, y Cristina Maffei se la llevó con el auto de un vecino al hospital de Pampa del Indio, donde fue hidratada y se recuperó. Luego de la fiesta, los alumnos de Máximo Paz repartieron pequeños panes dulces y bolsas de golosinas a todos, mientras se desarrollaba un ágape en las aulas nuevas. Terminados de repartir los suvenires, mientras se distribuía comida a los alumnos de la escuela, fuimos invitados a “participar del ágape”. Era en uno de los salones nuevos, y cuando entramos ya habían pasado muchos antes. y, Por ejemplo, nunca vimos ninguna empanada. Alguien dijo que antes de irnos vio una canasta llena, reservada en la biblioteca. Hubo un brindis con sidra y ananá fizz, y se cortó una gran torta. Luego volvimos al patio, y ya no quedaba nadie. Nos sentamos a esperar la combi de Pampa del Indio, que habían contratado los alumnos a la tarde para ir a cambiarse. Mientras tanto, el cuerpo docente hacía su propia fiesta, a metros de nosotros, pero separados. Llegó la combi, subimos amontonados, un poco zombis por el cansancio y un poco alegres por la sidra. La combi para el regreso estaba esperándonos, Así que recogimos nuestras cosas, besamos a la directora y nos fuimos, a la 1 de la madrugada. Tres horas más tarde, estábamos en Resistencia, mientras que a la ida habíamos puesto, piquete incluido, más de doce. Por el camino, a la salida del sol, paramos en una estación de servicio y ¡por primera vez en todo el viaje! nos sentamos a una mesa, comimos comida caliente, decente, limpia y bien atendidos. Mi conclusión personal: nunca hay que oír una sola campana ni disculpar “pequeñas” diferencias con las fotos o cuadros que se pintan a distancia, eso para los organizadores. La opinión general del grupo de alumnos y profesores fue que hubiese sido más importante atender las necesidades de una escuela de Cañuelas, que son mayores que las de aquel pueblo qom. Y, digámoslo, es un pueblo QOM, y no TOBA. “Toba” y “Mataco” son palabras DESPECTIVAS impuestas por los conquistadores. Se trata de comunidades qom y wichi. Respetémoslas, llamándolas por su nombre. Personalmente me quejé ante los qom porque ellos nos discriminaban de la misma manera, llamándonos “porteños” con el mismo tono despectivo con que algunos los llamamos “tobas”. En cuando al resultado de la experiencia, la juzgo valiosísima para el grupo de jóvenes que participaron: conocieron el país interior, conocieron la situación REAL del interior (pujante, lleno de sembradíos, moderno, semejante a cualquier sitio de nuestros alrededores), comprendieron la distancia entre los lugares comunes y las definiciones apresuradas y la realidad. Y se hicieron el propósito de seguir con las tareas solidarias. Con ayuda donde realmente haga falta ayuda.

domingo 26 de diciembre de 2010

¡FELIZ 2011!

Escribí tres cuentos para festejar con mis AMIGOS y parientes la llegada del 2011. Son TRES CUENTOS MILITANTES.

C610
BRINDIS 1
por Jorge Claudio Morhain ®

–¿Somos muchos?
–Sí… Yo toque como a cinco…
–¡¡CALLARSE!!
Y el olor. Distinto.
–No se van a sacar las capuchas. ¡¿Entendido?! No se van a sacar las capuchas. Se van a desnudar, y se van a bañar. ¡¿Entendido?! Se van a bañar. Un minuto para desvestirse.
Murmullo. Pero no de voces. De roces, De ropa endurecida por la mugre y la sangre. De quejidos de dolor contenido.
–¡Hacia el lado contrario de mi voz, ¡dos pasos!! ¡¡Hacerlo!!
Un chorro helado. Agua. Agua y luz. Agua y vida. Agua y primavera. Agua y sueño. Bañarse. Sin verse. Rozarse. Reírse. Hombre. Mujer. Mujer. Hombre. Reírse. Reírse reírse reírse, reírse…
Abruptamente, se corta el agua. El silencio. Las gotas. El frío. Parecen gritos desolados… Pero no pueden perforar la luz.
–En cinco minutos les van a dar ropa. Se visten en silencio. No quiero una risa más. ¡¿Entendido?!
La capucha está mojada. Mantiene la luz, la vida, el aire, la esperanza. La humedad. El frío. La luz. La paz. La esperanza.
Vestidos. Marchando. Tocando al de adelante. Tocado por el de atrás.
Otro olor. Perfume. Encierro. Tacones. Olor a uniforme planchado y replanchado.
Mano fría. Mano sudada. Copa, que hay que sostener. Oh, que no se caiga…
Levantarse la capucha. ¡Sólo hasta la nariz! ¡Solo hasta la nariz!
Un grito, que hace temblar caireles por ahí arriba y cuerpos estremecidos, mojados, por acá abajo.
¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!
Brindar.

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C611
BRINDIS 2
por Jorge Claudio Morhain ®

Había sido rico el champú. Se te mete por debajo de la nariz, y te acaricia desde adentro.
Brindamos.
La cumbia a todo lo que da, mezclada con la cumbia de enfrente y el reggaetón de al lado. Y la petardeada, que hace temblar la casa como si hubiera un terremoto.
El viejo está cabrero.
–¡Pero la puta…! ¡Miren el pobre perro, no sabe dónde meterse! ¡Esos guachos…!
–Bueno, viejo, es Navidad…
–¡Navidad las…!
El viejo nos acaricia las cabezas. A los cinco. Levanta la copa de champú.
Y se produce la explosión más grandota que haya oído en mi vida y la luz más recontrareluciente que soporté nunca, ni siquiera mirando de frente los tachos de un recital.
El viejo, así, con la copa levantada, salió afuera. Y todos los seguimos, con las copas levantadas.
Afuera, había una luz…
Y todos los vecinos. Todos. ¡Mierda, que somos muchos en el barrio!
Todos levantaron las copas de champú, porque había dado para champú, y había dado para pan dulce, y un mantecol no saben qué grande: “Gracias, Néstor”, decía el viejo mientras pagaba con la tarjeta. Me hacía acordar al cura que dice algo parecido (aunque no se entiende) cuando reparte la hostia con gusto a papelito.
Todos levantamos las copas hacia la luz. Todos. Y después las bajamos. Y nos miramos. Y nos abrazamos. Y lloramos de boludos nomás. Y nos volvimos a abrazar, y tomamos champú, y repartimos garrapiñada, Y nos volvimos a abrazar. Y volvimos a brindar. Con champú.
Y el viejo dale, como rezando… “Gracias, Néstor”…


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C612
BRINDIS 3
por Jorge Claudio Morhain ®

Teníamos los pies dentro del agua del lago. Estaba fría, pero hacía mucho, mucho calor.
Los chicos se habían ido al pueblo, con la camioneta. Ada y yo quedamos solos, junto al lago. Había sido una larga nochebuena, y no teníamos sueño todavía. Salimos a despejar la cabeza de tanta mezcla, pero me llevé, de todos modos, una botella de sidra. El corcho fue a dar en el lago.
–Dale, contaminá nomás… dijo Ada.
Serví dos copas.
Y brindamos.
Brindamos por los hijos. Por los nietos. Por los que están. Por los que se fueron. Por los que ni siquiera sabemos si alguna vez murieron, ni cómo ni dónde. Y por los que sobrevivieron y los vengaron de la mejor manera: haciendo el país que soñaban. Y por ese camino. Codo a codo, con Ada. Por las ciudades, por los suburbios, por los montes, por los pueblitos. Por la Patagonia, hasta el lago. A esconderse aquí, viendo pasar la tormenta. Y por estar vivos. Y por vivir para contarlo.
Y por el lago.
Y por nosotros.
Y por el amor, el amor, el amor, el amor.
Brindamos.

sábado 27 de marzo de 2010

La Argentina Premonitoria

En 1993 terminé un Master: Master en Cultura Argentina. Había que presentar un trabajo sobre una de las materias. Pedí escribir sobre la historieta, y en especial sobre El Eternauta. Lo leí por enésima vez, lo destripé, y -como siempre me pasa, sólo que en los relatos de ficción- me sorprensió la conclusión final. Como planteaba una hipótesis inédita, que había sido consirada sólo por Andrés Rivera, pero descartada enseguida, pensé en publicarla. Eduardo Carletti, el creador de esa revista maravillosa que es Axxón, me ofreció publicarla virtualmente. Y así se conoció y se hizo famosa. Todavía hoy, 2010, no he conseguido editor.
Pero se puede leer en la wrb, en varios sitios: en Axxón N° 96
http://axxon.com.ar/c-96.htm

O es este link:
http://www.quintadimension.com/article3.html

Coméntenme algo.

Delhi, final

































Salimos del Fuerte Rojo, hacia la avenida Netaji Subhash. Era notable el caos de tránsito. Los ricksaws se amontonaban y disputaban el espacio con las motos y los moto-ricksaws. Haydée iba diciendo que qué terrible debía ser el esfuerzo de pedalear esos vehículos, cuando el guía se acercó a uno, en la isla en el centro de la calzada, y nos invitó a subir. Haydée se negó. El guía dijo que como quisiera, pero estaba contemplado en el tour. Así que subimos. Lo conducía un señor anciano y, ciertamente, le costaba mucho pedalear. Se erguía sobre los pedales para apoyar todo el peso en el esfuerzo. Luego de empantanarse en la calle Chandni Chowk se desvió, a contramano, por la avenida hasta un callejón lleno de tiendas y vendedores voceando (ver filmación) Allí fue reemplazado, para alivio del anciano y nuestro, por un muchacho más joven. La inmersión (esa es la palabra) en el loco tránsito indio, y sobre todo en el antiguo callejón, la calle principal de la antigua Delhi amurallada, fue una experiencia inenarrable. Algo se aprecia en las imágenes filmadas. El ricksaw nos condujo por entre autos, otros ricksaws, vendedores en carritos que son plataformas con cuatro ruedas de bicicleta (hemos visto empujar uno por una larga ruta suburbana), mujeres en sari, hombres, niños. Hay que decir, allí no había ninguna vaca. Quizás la cantidad de gente las espantara. La maraña de cables eléctricos y de conexiones como improvisadas es fenomenal, constituyendo casi un techo de telaraña sobre nosotros. En ricksaws iban toda clase de personas: mujeres en sari, jóvenes alegres, hombres comunes, trabajadores, y hasta alguno es utilizado como camioneta o vehículo de transporte. Dimos toda una vuelta y terminamos, por la calle Esplande, frente a la Mezquita Jama Masjid. Como siempre, la gente fue amable y siempre con buen humor, haciendo chistes en inglés, y algunos en español.

La imponente Mezquita Jama Masjid (Mezquita del Viernes) está, como muchos otros templos, en medio de la ciudad vieja de Delhi. Es una de las más grandes de la India. Se construyó entre 1644 y 1658. Debimos descalzarnos a la entrada. Fue el primero de los imponentes palacios adornados hasta lo inconcebible, abiertos, enfrentando grandes patios hambrientos de multitudes.

Salimos al ricksaw, y volvimos a donde dejamos el automóvil, junto a una boca de subterráneo casi irreconocible entre la maraña de puestos de venta y personas merodeando. Me hubiese gustado conocer cómo era el subterráneo de Delhi, pero no hubo oportunidad En el coche, siempre con Karen, partimos hacia la “tumba” de Gandhi.

Porque el Raj Ghat no es en realidad una tumba: los hindúes no las utilizan, todos sus muertos se queman. Es un recordatorio edificado en el sitio donde el Mahatma fue incinerado 31 de enero de 1948. Está en un amplio predio, donde hay otros recordatorios similares: el de Indira, el de su hijo asesinado, Rajiv, etc. El lugar es también abierto, un parque moderno, cuidado, y el monumento está rodeado por una especie de muralla a la que se puede ascender en rampa y moverse por encima. El primer encantador de serpientes estaba a la entrada. Por cierto, el monumento, el lugar, el recogimiento de todos, producía una enorme y misteriosa energía, que parecía palpable. También descalzos, dimos la vuelta al monolito, sobre una alfombra de plástico.

El hecho curioso es que unas chicas indias que andaban revoloteando, como turistas, riéndose por lo bajo mientras nos miraban, pidieron sacarse una foto con nosotros, y lo hicieron entre muchas risas y sonrisas Parece que éramos bichos raros, francamente alienígenas.

De allí el guía nos llevó al centro de Delhi, en un rincón al que se entraba entre dos paredones. En un costado había una especie de humilde centro comercial, una nube de vendedores vendiendo libros, elefantes, collares y kama-sutras en video (eso por lo bajo), y, en un ángulo, en restaurant donde comimos. No era mucho mejor que una pizzería de un barrio de Buenos Aires, y de hecho se complementaba con unas mesas improvisadas. Pero era limpio, y probamos el chicken tandori, sorprendiéndonos por la pequeñez de los pollos. No hay en la India –al menos en lo que vimos- pollos “industriales”, sino pollos criados en casas, lo que aquí, en Argentina, conocemos como “pollos de campo”. También pedimos pan, y nos trajeron esas tortas tipo tacos mejicanos o “tortas santiagueñas” argentinas, más finas. A nuestro lado había una mesa de indios o nepaleses, que comían con la mano derecha, y utilizaban esa torta para comer el arroz y una especie de guiso. Con mucha delicadeza, hay que decirlo. Luego limpiaron sus manos en un cuenco que les alcanzó el mozo. Del otro lado, había turistas españoles, norteamericanos e italianos. Aquí probamos el famoso “picante” indio que según la publicidad del turismo y los guías era “incomible para los occidentales”. Haydée pedía sin picante, siempre, y algo tenía de todos modos. Pero yo pedía lo más picante y realmente no encontré ese ardor que esperaba. Es cierto que estoy habituado a comer mucho picante a diario, por gusto personal. Pero aún cuando desafié en algún lado a los cocineros, no hubo un picante que me hiciese llorar, como una mostaza de Dijon que comprara hace unos años en París: lloraba de sólo abrir el frasco.

Por la tarde fuimos a visitar el Qutub Minar. Se trata del minarete “más alto del mundo”. Es realmente impresionante por su altura (72,5 metros), y su forma acanalada que me hizo acordar a los cohetes espaciales rusos. La decoración de las caras es muy hermosa. Está ubicada en un complejo en ruinas, que según el guía fue rescatado de la religión para permitir acceso al público (sobre todo al turismo, en fin) Se terminó en 1368. Pero antes de enfrentar el Qutub nos impresionó mucho una gigantesca mole circular que fue un minarete aún más grande, nunca construido. Se ha reservado un pequeño sector dedicado al culto. Recorrimos las ruinas de la mezquita que tiene arcos hermosamente tallados. En el centro está la Columna de Hierro, una gran columna que habrá servido de sostén al techo, y cuya característica es haber permanecido 1600 años en la intemperie, sin oxidarse en absoluto, como una demostración de la maestría alcanzada por los indios en las aleaciones metálicas. Estudios modernos parecen basar su longevidad en el recubrimiento. Fue construido en tiempos de Chandragupta II Vikramaditya (375–413).

De allí fuimos a la tumba de Humayun, una de tantas tumbas (lo puede decir uno al regreso, porque entonces nos impresionaban todas) en forma de palacio, en el centro de la cual permanece el ataúd del 1556. Fue la precursora el estilo del Taj Mahal. Luego nos trasladamos al templo Gurudwara, de la comunidad Shikh. Un gran espacio abierto, con un enorme templo blanco, sobre una altura. Mucha gente caminando, turistas extranjeros pero la mayoría hindú, casi todos descalzos, caminando sobre alfombras que una mujer mojaba constantemente. El guía nos condujo a una sala especial donde había varios señores de turbante (característica shikh), y donde nos sacamos los zapatos. El lugar tenía aire acondicionado, de modo que era un pequeño respiro en el mucho calor que se pasaba afuera. También nos colocaron pañuelos naranja en la cabeza, y mi señora tuvo que colocarse también una especie de túnica o sari. Así ascendimos al templo, hermoso. Prohibidas las fotos. A un costado una enorme pileta de agua sagrada, donde algunos se bañaban y otros remojaban los pies. En un kiosco de las mil y una noches vendían el agua sagrada.

Por los edificios públicos pasamos sólo con auto. No había mucho que ver: eran estilo inglés. Sí observamos el Palacio Presidencial, con una gran cúpula plateada, acebollada.

Por la misma avenida, Rajpath (Camino de los Reyes) fuimos hasta la Puerta de la India, hecha por el arquitecto Edwin Lutyens para conmemorar a los soldados indios que murieron en la Primera Guerra Mundial y las Guerras Afganas de 1919. En un arco de triunfo ligeramente oriental, de 42 metros de alto. A su lado hay un templo. No nos acercamos. En esos días China había invadido parte de la frontera norte, y pasaban camiones cargados de militares.

Se acabó el día. Había que levantarse temprano para viajar 50 Km hacia Jaipur. Esa noche pedimos un plato de arroz a la habitación, muy bien preparado, abundante, con un mozo de lujo. Lujo oriental, claro.

miércoles 25 de noviembre de 2009

6/11/2009 Delhi, primera parte












6 de septiembre 2009- Mañana: visita a Delhi

Nueve y media dejamos el palacio The Lalith (el hotel donde nos alojamos), y abordamos un auto blanco, Subaru, nuevo, con aire acondicionado y un chofer macanudísimo: Karen Sing. Comenzaba el viaje fantástico. Porque, claro, casi 28 horas de avión no son una experiencia agradable, gracias a las mezquinas compañías aéreas. En otra oportunidad había viajado por Air France. Puedo decir que British Airways 2009 es peor. No sólo la torturante estrechez de la clase turista: ni siquiera los asientos de primera podían considerarse confortables: eran cubículos encerrados por mamparas, como en una oficina. Deprimente. Por otra parte, no sé si tendrá que ver la BA, pero cuando volábamos de noche a la altura de Dakar, sobre el mar, caímos repentinamente en un pozo de aire que yo calculo en por lo menos cien metros. Cien metros de caída libre repentina, de plano (no en picada). Y enseguida otra. Despertamos. Fue un griterío impresionante, de terror. Una jovencita cordobesa que viajaba detrás de mí sufrió horrores el resto del viaje. Ni siquiera aceptó ser llevada a primera clase. Desde luego, nadie dio explicaciones. Un comisario de a bordo de dijo con sorna que habíamos caído “un par” de metros. Me preguntaba si estas caídas repentinas, de las que nadie habla, son frecuentes. Y si el Air France que cayó en el océano sufrió algo parecido. Afuera había relámpagos. Atravesábamos una tormenta. Pero bueno, llegamos de noche a Delhi, y lo primero que dije, a nuestro guía Anwar Sing que “aquello no era lo que esperaba”. Circulamos por una larga autopista iluminado, entre edificaciones enormes, junto a un ferrocarril elevado que en la ciudad continuaba bajo tierra: un nuevo metro del centro de Delhi al aeropuerto, con motivo de las Olimpíadas de Commonwealth de 2010. Y según dijo el guía, se construían aceleradamente hoteles para albergar a los visitantes. Como el que nos destinaron, nuevo, alto (estábamos en el piso 20), que nos apabulló con su belleza y modernidad y su enorme carga de objetos de arte. Un detalle curioso: el baño estaba separado del cuarto por una pared de vidrio, junto a la bañera. Con cortinas, si uno quería cerrarlo. Salimos a Delhi, por la mañana. El guía, Anwar, nos contó la historia de la ciudad. “Nueva” Delhi era la zona donde estábamos, en el Parque Connaught, y era la ciudad construida por los ingleses junto a la milenaria, “vieja” Delhi. Y hacia allí fuimos. La primera parada sería el Fuerte Rojo de Delhi.


Las calles siguieron siendo amplias, hasta llegar a la vieja Delhi. Pero apenas enfrentamos las avenidas, la marea verdeamarilla de los moto-rickshaws se volvió hipnótica. Circulaban colectivos, muy parecidos a los de Buenos Aires, aunque antiguos. En pocas oportunidades vimos alguno moderno de piso bajo. La peculiaridad que me llamó la atención fueron las ventanillas cerradas con varillas metálicas, a modo de rejas. Como fondo, enormes y modernos edificios.

Luego llegamos a la parte vieja. El contraste entre modernidad y obsolescencia se hizo patente. Obsérvese la calle de tierra junto a la avenida, con barro. A la altura del Fuerte, los templos, cuidados, uno junto a otro, se hicieron comunes. Allá, arriba, uno de los muchos signos sagrados de la cultura india: la esvástica. Buena señalización, siempre en inglés y a veces también en hindi. India sabe lo que es el turismo y cómo “explotarlo” lealmente.

Los numerosos jeeps que se ven en la foto son una segunda o tercera forma de transporte. Primero están los bici-rickshaws, luego los moto-rickshaws, luego los jeeps que cargan personas como taxis. Hay taxis en modernos automóviles, como el que nos conducía, sólo identificables por el color de la chapa patente. Y los colectivos. Y, desde luego, motos, scooters, todo tipo de vehículos individuales motorizados. Mucha ropa occidental en los hombres, pero algunos vestidos a la india, según distintas religiones. Las damas, en cambio, utilizando unánimemente el sari.

El Fuerte, según los libros (y la copiosa información que nos daba el guía) el Lal Qila, Fuerte Rojo, llamado así por estar totalmente levantado en piedra arenisca roja, tiene una muralla de 2 Km y 18 metros de altura. Se construyó entre 1638 y 1648. Buena parte del mismo (lamentablemente, dijo el guía) está ocupado actualmente por el Ejército Indio, y no es visitable por el turismo. Como en casi todos los centros turísticos que visitamos, se cobra entrada (en nuestro caso estaba todo incluido) y hay estrictas medidas de vigilancia.

Aquí está Haydée Sena, mi esposa, mostrando su bolso a las soldadas. Después, todo es grandioso. Entramos por la puerta de Lahore, la principal.

La construcción está rodeada por un profundo foso, en el que en la antigüedad no sólo había agua sino también cocodrilos. En realidad, estos edificios se llaman “fuerte” porque cumplían la misión de defensa, pero eran ciudadelas ostentosas y lujosas, palacios que corresponden a lo que uno se imagina como Las Mil y Una Noches. En general, el cuidado y el mantenimiento es perfecto, y algunas áreas se utilizan para espectáculos, como pude advertirse en la foto.

Obsérvese también la inmensa cantidad de palomas presentes en el techo. Todos estos palacios de los maharajás o reyes tenían un área llamada “sala de audiencias”, amplios cobertizos abiertos que se cerraban con cortinados (mojados permanentemente cuando hacía mucho calor, para refrescar el interior), y donde se ubicaba el Maharaja (pronúnciese “majaraya”; y, a pesar de que Word lo corrige con acento final, en India se pronuncia sin acento) El Maharaja se ubicaba en un trono como este:

El tejido del frente es para impedir saqueos, obviamente. Está hecho de mármol con incrustaciones de piedras preciosas, técnica que (ya veremos) tiene su punto alto en el Taj Mahal) A los costados y bajo el techo se ubicaban los funcionarios inferiores. El pueblo llenaba libremente el patio enfrente y se acercaban a la “sala” para presentar sus pedidos, quejas, etc. Así, el dignatario tenía contacto directo con sus súbitos. Aprovechemos para observar la vestimenta común de los tres muchachos, obviamente occidental. Nosotros vestíamos para esa ocasión bombacha criolla y alpargatas, lo que llamaba la atención. Otra constante es la botellita con agua, profusa y constantemente utilizada por todo el mundo. Y nadie se toma el trabajo de rellenarlas: es otra fantasía de Slum Dog Millionaire.

En todos los palacios que vimos hay profusión de tallado en piedra. Yo decía que, así como ahora el Estado proporciona trabajo haciendo represas, caminos u otras obras públicas, en la época de construcción de esos palacios se ocupaban miles de personas en la labor artística que recubre esas edificaciones. Que si bien eran privadas, eran una especie de propiedad compartida entre el Maharaja y sus súbditos, puesto que uno no podía subsistir sin el otro. Y, sin duda, un valor artístico proveniente masivamente del pueblo indio, anónimo y multitudinario.

Como este detalle de una pared del Fuerte, hecho en plata. Un simple detalle en una profusión barroca de puesta en valor de muros por medio del arte.

Continuará…