miércoles 25 de noviembre de 2009

6/11/2009 Delhi, primera parte












6 de septiembre 2009- Mañana: visita a Delhi

Nueve y media dejamos el palacio The Lalith (el hotel donde nos alojamos), y abordamos un auto blanco, Subaru, nuevo, con aire acondicionado y un chofer macanudísimo: Karen Sing. Comenzaba el viaje fantástico. Porque, claro, casi 28 horas de avión no son una experiencia agradable, gracias a las mezquinas compañías aéreas. En otra oportunidad había viajado por Air France. Puedo decir que British Airways 2009 es peor. No sólo la torturante estrechez de la clase turista: ni siquiera los asientos de primera podían considerarse confortables: eran cubículos encerrados por mamparas, como en una oficina. Deprimente. Por otra parte, no sé si tendrá que ver la BA, pero cuando volábamos de noche a la altura de Dakar, sobre el mar, caímos repentinamente en un pozo de aire que yo calculo en por lo menos cien metros. Cien metros de caída libre repentina, de plano (no en picada). Y enseguida otra. Despertamos. Fue un griterío impresionante, de terror. Una jovencita cordobesa que viajaba detrás de mí sufrió horrores el resto del viaje. Ni siquiera aceptó ser llevada a primera clase. Desde luego, nadie dio explicaciones. Un comisario de a bordo de dijo con sorna que habíamos caído “un par” de metros. Me preguntaba si estas caídas repentinas, de las que nadie habla, son frecuentes. Y si el Air France que cayó en el océano sufrió algo parecido. Afuera había relámpagos. Atravesábamos una tormenta. Pero bueno, llegamos de noche a Delhi, y lo primero que dije, a nuestro guía Anwar Sing que “aquello no era lo que esperaba”. Circulamos por una larga autopista iluminado, entre edificaciones enormes, junto a un ferrocarril elevado que en la ciudad continuaba bajo tierra: un nuevo metro del centro de Delhi al aeropuerto, con motivo de las Olimpíadas de Commonwealth de 2010. Y según dijo el guía, se construían aceleradamente hoteles para albergar a los visitantes. Como el que nos destinaron, nuevo, alto (estábamos en el piso 20), que nos apabulló con su belleza y modernidad y su enorme carga de objetos de arte. Un detalle curioso: el baño estaba separado del cuarto por una pared de vidrio, junto a la bañera. Con cortinas, si uno quería cerrarlo. Salimos a Delhi, por la mañana. El guía, Anwar, nos contó la historia de la ciudad. “Nueva” Delhi era la zona donde estábamos, en el Parque Connaught, y era la ciudad construida por los ingleses junto a la milenaria, “vieja” Delhi. Y hacia allí fuimos. La primera parada sería el Fuerte Rojo de Delhi.


Las calles siguieron siendo amplias, hasta llegar a la vieja Delhi. Pero apenas enfrentamos las avenidas, la marea verdeamarilla de los moto-rickshaws se volvió hipnótica. Circulaban colectivos, muy parecidos a los de Buenos Aires, aunque antiguos. En pocas oportunidades vimos alguno moderno de piso bajo. La peculiaridad que me llamó la atención fueron las ventanillas cerradas con varillas metálicas, a modo de rejas. Como fondo, enormes y modernos edificios.

Luego llegamos a la parte vieja. El contraste entre modernidad y obsolescencia se hizo patente. Obsérvese la calle de tierra junto a la avenida, con barro. A la altura del Fuerte, los templos, cuidados, uno junto a otro, se hicieron comunes. Allá, arriba, uno de los muchos signos sagrados de la cultura india: la esvástica. Buena señalización, siempre en inglés y a veces también en hindi. India sabe lo que es el turismo y cómo “explotarlo” lealmente.

Los numerosos jeeps que se ven en la foto son una segunda o tercera forma de transporte. Primero están los bici-rickshaws, luego los moto-rickshaws, luego los jeeps que cargan personas como taxis. Hay taxis en modernos automóviles, como el que nos conducía, sólo identificables por el color de la chapa patente. Y los colectivos. Y, desde luego, motos, scooters, todo tipo de vehículos individuales motorizados. Mucha ropa occidental en los hombres, pero algunos vestidos a la india, según distintas religiones. Las damas, en cambio, utilizando unánimemente el sari.

El Fuerte, según los libros (y la copiosa información que nos daba el guía) el Lal Qila, Fuerte Rojo, llamado así por estar totalmente levantado en piedra arenisca roja, tiene una muralla de 2 Km y 18 metros de altura. Se construyó entre 1638 y 1648. Buena parte del mismo (lamentablemente, dijo el guía) está ocupado actualmente por el Ejército Indio, y no es visitable por el turismo. Como en casi todos los centros turísticos que visitamos, se cobra entrada (en nuestro caso estaba todo incluido) y hay estrictas medidas de vigilancia.

Aquí está Haydée Sena, mi esposa, mostrando su bolso a las soldadas. Después, todo es grandioso. Entramos por la puerta de Lahore, la principal.

La construcción está rodeada por un profundo foso, en el que en la antigüedad no sólo había agua sino también cocodrilos. En realidad, estos edificios se llaman “fuerte” porque cumplían la misión de defensa, pero eran ciudadelas ostentosas y lujosas, palacios que corresponden a lo que uno se imagina como Las Mil y Una Noches. En general, el cuidado y el mantenimiento es perfecto, y algunas áreas se utilizan para espectáculos, como pude advertirse en la foto.

Obsérvese también la inmensa cantidad de palomas presentes en el techo. Todos estos palacios de los maharajás o reyes tenían un área llamada “sala de audiencias”, amplios cobertizos abiertos que se cerraban con cortinados (mojados permanentemente cuando hacía mucho calor, para refrescar el interior), y donde se ubicaba el Maharaja (pronúnciese “majaraya”; y, a pesar de que Word lo corrige con acento final, en India se pronuncia sin acento) El Maharaja se ubicaba en un trono como este:

El tejido del frente es para impedir saqueos, obviamente. Está hecho de mármol con incrustaciones de piedras preciosas, técnica que (ya veremos) tiene su punto alto en el Taj Mahal) A los costados y bajo el techo se ubicaban los funcionarios inferiores. El pueblo llenaba libremente el patio enfrente y se acercaban a la “sala” para presentar sus pedidos, quejas, etc. Así, el dignatario tenía contacto directo con sus súbitos. Aprovechemos para observar la vestimenta común de los tres muchachos, obviamente occidental. Nosotros vestíamos para esa ocasión bombacha criolla y alpargatas, lo que llamaba la atención. Otra constante es la botellita con agua, profusa y constantemente utilizada por todo el mundo. Y nadie se toma el trabajo de rellenarlas: es otra fantasía de Slum Dog Millionaire.

En todos los palacios que vimos hay profusión de tallado en piedra. Yo decía que, así como ahora el Estado proporciona trabajo haciendo represas, caminos u otras obras públicas, en la época de construcción de esos palacios se ocupaban miles de personas en la labor artística que recubre esas edificaciones. Que si bien eran privadas, eran una especie de propiedad compartida entre el Maharaja y sus súbditos, puesto que uno no podía subsistir sin el otro. Y, sin duda, un valor artístico proveniente masivamente del pueblo indio, anónimo y multitudinario.

Como este detalle de una pared del Fuerte, hecho en plata. Un simple detalle en una profusión barroca de puesta en valor de muros por medio del arte.

Continuará…


martes 3 de noviembre de 2009

INDIA 2009 (1)











1- Gente, costumbres, impresiones

En primer lugar, permítaseme un chivo.

Mi agente de viajes, Juan José Montaña (Worldview Tours en India) no sólo ha cumplido con creces lo que prometió, sino que fue felicitado por otros operadores en la India y objeto de envidia por parte de otros turistas no tan conformes: http://www.jjmontana.com.ar

Suelo proponerle a mis alumnos (en realidad, soy bibliotecario) un ejercicio: extender el pulgar y el índice de cada mano en ángulo recto y unirlos formando un espacio rectangular. Luego le pido que miren por ese hueco. Que miren lo que los rodea. Comprenderán enseguida qué escasa, fragmentada, e incompleta es la realidad que observan a través de ese hueco. Que, claro, tiene la forma de una pantalla. La pantalla que muchos creen (también yo, ya verán) que “refleja” la realidad. Es un ejercicio claro y sencillo, y sumamente gráfico. Eso me pasó a mi viaje a la India, entre el 4 y el 17 de septiembre. Casi nada de lo que había visto en la pantalla, casi nada de lo que había leído en libros, notas y artículos, aún en guías de viaje, resultó cierto. El primer impacto fue descubrir que la India y Nepal son países modernos. Con autopistas, celulares, automóviles nuevos, gente informada, culta. Esperaba muchos pobres. De hecho, todos me preguntan inmediatamente “¿muchos pobres?”. Y sí, hay muchos pobres. Pero, diríase, es una clase especial de pobreza. No hay gente gorda (de hecho, creo que en nuestra gordura junto con el cutis blanco llamaba la atención: varios indios pidieron sacarse fotos con nosotros), y las comidas son muy frugales. Además, muchísimos indios son vegetarianos. Hemos visto villas miseria a lo largo de la ruta, hemos visto aún grupos humanos en carpas (que les provee el gobierno, nos dijeron) Había mendigos que golpeaban los vidrios del auto (más allá de los miles de vendedores de baratijas). Pero no era esa indigencia diría que culposa, gimoteante, de los mendigos de Buenos Aires. No es el hambre lacerante de quien está acostumbrado a dietas altas en proteínas, como en nuestro país. Allá la pobreza es como estructural, viene de siglos, de milenios. Hay gente que tiene poco para comer. Y se acomoda a ello. El pedir es algo aceptado, el esperar una propina o una limosna algo natural. En Nepal me siguió una niña, Latika, con su hermanito atado a la espalda. Pedía limosna, pero algo le causaba una gracia incontenible y la mayor parte del tiempo lo pasó riéndose. Su risa me conquistó. No es totalmente resignación. Es algo más profundo, que hace a su religión, a un profundo arraigo del hinduismo y sus cuatro millones de dioses. Es ver la vida de un modo circular (hoy hombre, mañana buey, luego serpiente, otra vez hombre, y la rueda gira siempre, gira; hasta que las buenas obras y la mucha oración lo sacan de la rueda, entra al ansiado Nirvana) En Occidente nuestro sentido de la vida es lineal: es un hilo tendido entre el día que dejamos el útero hasta el día que descendemos a la tierra. Las creencias en vidas posteriores no sólo están descalificadas, sino que siempre han tenido un sentido autoritario: “alguien” decide si uno va al Cielo o al Infierno. Allá la maldad se paga en otra vida, pero aquí, en la tierra; la bondad se premia en otra vida aquí mismo, elevándose en el nivel humano. Lo más notable que observé en la población de la India es su filosofía de vida. Quizás incorporación inconsciente de los siglos, milenios, manteniendo una creencia religiosa. No hay gente enojada, no hay gente estresada, nadie insulta, nadie putea. Y esto, teniendo en cuenta el caos fenomenal que es el tránsito, es digno de destacar. El tránsito es algo aparte. Y creo que tiene algo que ver con una libertad individual profunda que descubrí en la gente de la India. Cada persona parece haber encontrado el lugar que le corresponde en la sociedad, y aplica a las normas de acuerdo a ese lugar que tiene en la sociedad. Los coches circulan por la izquierda, pero ninguno tiene empacho en invadir la derecha para adelantarse, para cruzar, siempre que toque bocina, bocina, bocina. La falta de respeto a las normas incluye hasta ¡15! personas sobre un taxi triciclo y llamado en la India “ moto-rickshaw” y en Nepal “ tuk tuk”. O, de pronto, avanzar ¡de contramano! por una autopista. El sistema de castas sigue existiendo. Un viaje en rickshaw (triciclos a sangre: ya no hay corredores llevando las varas) por los callejones de la Delhi antigua, es una experiencia religiosa. La pesadilla de un taxista en medio de un piquete. Se toca bocina, mucha, los camiones dicen atrás “toque bocina”. Pero hay muy pocos accidentes. Nadie grita porque una moto se mete delante, se cruza, sale de su mano. En Jaipur tuvimos un guía que pertenecía a la casta más elevada, la de los sacerdotes. Pero la Presidenta de la República pertenece a la casta más baja, la de los parias. Nos mostraron las universidades (que no son gratis, pero muy “económicas”) Existen exámenes de ingreso a muy rigurosos. Excepto para los miembros de la clase de la casta más baja. El comercio y la explotación de la tierra se hacen de manera individual. Es evidente la falta de grandes centros de comercialización, de empresas productoras y/o distribuidoras. Sí hay multinacionales: Pepsi y Coca Cola, y McDonald. Pero en los McDonalds también comen (algunos de determinada provincia) con la mano (derecha). Los negocios consisten en millones de puertas abiertas a la calle. Al contrario de occidente, las transacciones minoristas no se realizan dentro de un edificio, sino abiertas a la vereda (si la hay). Porque se confunde la calzada con la vereda, constantemente, y hay calles muy estrechas. La explotación agrícola es primitiva. No hay maquinaria, excepto tractores. Y la cría de ganado es también individual. Las vacas sagradas tienen dueño, que las cobija de noche y las ordeña de mañana. El resto del día lo pasan en la calle procurándose comida donde pueden. Lo mismo pasa, sin embargo, con otros animales no sagrados: hay cabras, burros, búfalos, circulando por las calles, carreteras, autopistas. En la zona de Rajasthán se utiliza el camello, como animal de tiro, y algunos elefantes. Aunque, nos decían, el problema de los elefantes es el alto costo de su manutención. Las carreteras tienen peaje, y, como en la Argentina, las que no lo tienen están en estado entre regular y desastroso. Hicimos 500 kilómetros en automóvil. En automóviles nuevos, japoneses, con aire acondicionado. Nuestro grupo era sólo de dos personas. A veces, me daba la impresión de estar viviendo dentro de una película, porque las cosas pasaban del lado de afuera del auto, y no sentía ni el olor, ni el calor que nos apabullaba cada vez que descendíamos. En Nepal también tuvimos otra sorpresa. Resultó un país más “civilizado” (mi hija me dijo: ‘no “civilizado”, sino “globalizado”’) Las mujeres no sólo visten sari, obligatorio en la India, sino vestimenta occidental. Hay veredas, y los comercios atienden en el interior. Pero, claro, saliendo de la ciudad de Katmandú las costumbres vuelven a parecerse a las de la India, las negocios similares a ese país, etcétera. Esto da una pauta del avance de esa globalización que sin duda va avanzando y que terminará modificando a estos países, en los próximos años (o en los próximos siglos)

video

lunes 25 de mayo de 2009

TEATRO

(No premiado)
El pasado 12 de mayo de 2009 Metrovías y Argentores entregaron los premios de su Concurso de Monólogos Teatrales, en el que yo había intervenido. Hubo tres premios y 20 menciones especiales. Ninguna correspondió a mi monólogo, que es el que sigue, y pongo a disposición de quien quiera interpretarlo.
Gracias a todos.

MÚSICA TEMÁTICA

Jorge Claudio Morhain ©

(Silla de respaldo alto junto a una mesa. Vasos, botella que puede ser de whisky –sin marca–, pava y mate, un plato hondo de lata con comida y una cuchara, un pan. Un armario miserable o perchero con ropas, donde hay un equipo de “elegante sport” antiguo, de persona acomodada; una cama real o simbólica, muy pobre; sobre la cama, sin que se vea, un traje de presidiario como los de Ushuaia)

(Juan, hombre mayor, de más de sesenta años, sentado. Está en calzoncillos, musculosa, medias y alpargatas en chancleta. Como si se hubiera levantado recién de la cama. Está algo abatido, y le molesta la música)

(Música de cumbia, con bajos muy reforzados)

JUAN.- (voz normal) ¡Hijos de mil puta!... Siguen y siguen. Y siguen y siguen. Pero ya se les va a acabar. Ya se les va a acabar, negros roñosos hijos de mil putas!... ¡¡Terminenlá...!! (con voz forzada, algo de falsete, no muy fuerte) ¿Qué carajo es esa voz, Juancito? ¿Te olvidaste de todo, ya te olvidaste de todo? A ver, a ver la voz, Juancito... (hace ejercicios respiratorios, infla el pecho y el estómago y grita MUY fuerte) ¡¡¡TERMINENLÁ!!!...

(Se apaga la música. Silencio)

(Juan se queda inmóvil. Cierra los ojos. Intenta que el recuerdo no llegue a su mente)

JUAN.- Paren la música. Paren la música. Es una cumbia moderna de esas que hablan de chorros y drogadictos que es lo que queríamos evitar pero que ahora están aquí no es la misma vieja cumbia que poníamos tan fuerte tan fuerte que te reventaba y no te dejaba pensar en... (se va deteniendo, para evitar el aluvión de recuerdos; mira alrededor buscando otro tema, lo descubre) El mar, el mar cuando camino por la playa Mar del Plata las minitas las tanguitas los... los cuerpos desnudos y esa música esas cumbias a todo lo que da, y... (molesto, se pasea; no quiere que lo invadan los recuerdos) No, la noche, no, la luna, un postre, sí, tengo que comer un postre. Vino. La copa. La copa del olvido..... ¡¡PAREN LA MÚSICA!! (otra vez con voz muy fuerte)

(Hace ejercicios respiratorios, infla el pecho, hace flexiones. Marcha, en modo militar, a lo largo del escenario, varias vueltas.)

JUAN.- Basta. (Va hacia el armario y se viste de “elegante sport”. Cambia su actitud, como la de un importante ejecutivo o militar retirado. Va hacia la mesa, se sirve un whisky. Se sienta, como si lo invitaran. Brinda hacia el público y bebe circunspectamente)

JUAN.- Chivas. Buen whisky. Como el de antes. Antes éramos pocos los que lo conseguíamos. Después lo consumía cualquier pelandrún. Buena táctica. Los boludos se creían millonarios. Viajaban a Miami, traían porquerías, y chupaban Chivas. Ahora se consigue un poco más que antes. Y muchos de esos boludos son millonarios. Pero no dejan de ser boludos. Pagan el Chivas por lo que no vale. (Contempla el vaso, mientras lo revuelve) El Chivas a través de la historia... Había que tomar Chivas para aguantar los gritos y la forma como lloraban esos hijos de puta. Había que ser más fuerte y gritar más que ellos y chupar... (Música de cumbia, más que nada el retumbo de los bajos) ¡¡PAREN ESA MÚSICA!! (Silencio) Hijos de puta... Negros patas sucias... Porque es así. Creímos haber acabado con las plagas, las fumigamos, les echamos flit (intenta reír por lo bajo) Como fumigadores hicimos un buen trabajo, hay que reconocerlo (intenta reír por lo bajo) Pero o fuimos débiles y se nos escaparon algunas chinches, o se volvieron resistentes al DDT (intenta reír por lo bajo) Por suerte después de los primeros intentos de dar vuelta el plato de papas fritas... (silencio; cambia de tema nuevamente) ¡Papas fritas! ¡Cuánto hace que no como papas fritas, la mierda! ¡Un buen plato de papas fritas crocante, sequitas, con cerveza...! (grita con la voz fuerte) ¡¡QUIERO CERVEZA!!

(Espera que le contesten. Nadie lo hace. Vuelve a caminar como soldado. Se sienta de nuevo. Bebe)

JUAN.- Eso era, eso era. El segundo método. Ese era un método, carajo, lo hicimos bien con el Tío Patilludo. Plata. Coima. Plata, plata. Todo baratito. Todo bueno, más bueno que lo que merecían esos judíos de mierda. Tomates de Italia. Pollos de Virginia. Tabaco turco. Y whisky. El mejor whisky. A monedas, porque el dólar para nosotros era moneda barata. ¡Cómo se aplacaron los boludos! “Yo la pasé bien, (imita) fui dos veces a Miami”... ¡boludos! Eso había que darles: bosta en palito. Helados de caca, pero importados. Los negros tenían que tener todo barato, nada que reclamar, nada de fábrica ni trabajo pesado. Viva yo y que me cojan a mi hermana, basta que yo pueda viajar a Miami... Había que haber seguido así un par de generaciones, veinte años en lugar de diez, y estábamos hecho. No quedaba ninguno. Ninguno de los que volvieron... (Silencio. Lo piensa, siempre con la copa en la mano. Camina) ¿Cómo volvieron? ¿Cómo, me cago en Jesucristo? (se santigua)

(Comienza a desvestirse. Cada tanto se saca una prenda, que arroja lejos)

JUAN.- Al principio creímos que era parte el plan maestro... (lo piensa) A lo mejor lo era, a lo mejor lo sigue siendo, mierda, y nada más que nosotros no entramos en él... (bebe el whisky que queda de un trago, deja el vaso en la mesa con un golpe; cambia de conversación) Eso nos pasa por usar planes de afuera para las cosas de adentro. Te usan, y te dejan abandonado. ¿Para eso nos sacrificamos tanto?

(Se va sacando la ropa frenéticamente, y va elevando la voz)

JUAN.- ¡¿Para eso dimos la vida?! ¿¡Para que el tiempo nos derrotara, y todos volvieran, hasta los muertos vivos?! ¿¡Por qué nos dejaron solos?! ¿¡Por qué no nos enseñaron cómo ser derrotados?! ¡¡Hijos de mil putas, ¿por qué nunca dan la cara?!!

(Termina de sacarse todo, vuelve a estar en calzoncillos y musculosa, marcha militarmente por el escenario)

JUAN.- Claro. Carne de cañón. Soldados. Instrumentos. De algo superior. Es el mandato de Dios Nuestro Señor. Eso nos dijeron, eso creímos, eso creemos, por eso rezamos (se santigua)... En última, en última, en última instancia, el Plan Superior es de Dios Nuestro Señor... Sí, si uno lo repite y lo repite se lo banca finalmente, y es capaz...

(La música fuerte de cumbia. Corre a la cama. Toma un traje de presidiario a rayas, se lo va poniendo)

JUAN.- ¡¡LA MÚSICA!! ¡¡LA MÚSICA!!...

(En el medio dgel escenario, firme, con traje de presidiario del tipo de Ushuaia)

JUAN.- La música... que poníamos para torturar... y para MATAR...

(Se queda inmóvil. Luego se santigua y se persigna. Se sienta a la mesa, reza frente al plato, y luego come, mientras la luz se va atenuando y aparecen en el fondo, por la iluminación, un dibujo de rejas)






domingo 10 de mayo de 2009

Folletín

ROCÍO Y EVARISTO

Folletín de Jorge Claudio Morhain ®

CAPÍTULO DOS: CONFESIONES

 

Evaristo le compró un café con leche con medialunas. Tres. Seis. Nueve. Rocío tenía un hambre de mañanita de campo, de noche húmeda y tierra blanda. Es decir, de rocío de tamberito que sale a juntar las vacas para el ordeñe.

Evaristo la miraba como se mira a las estampitas brillantes cuando uno les pide un deseo imposible, sabiendo que es imposible pero que a alguien hay que contárselo.

–¿Qué me mirás?

–Sos muy linda –atinó a decir Evaristo. Y a ella se le quedó media medialuna en la boca. Hipó, dos o tres veces. Y se tragó la medialuna, apresurada, y la empujó con un trago largo de café con leche. Y tosió. Y comenzó a llorar con congoja, suavecito y silenciosamente, como si no fuera a parar nunca. –Pero no te pongas así. Si es cierto, zonza…

Para qué. La piba lloró más, y más. Y a Evaristo lo empezaron a preocupar las miradas obtusas y esdrújulas que rebotaban en los carteles bastos.

– Basta, che. No llores más, eh… (ahí advirtió Evaristo que todavía no sabía que ella se llamaba Rocío) ¿Cómo te llamás, linda?

Parece que el “linda” le provocó mucho más llanto y desconsuelo. Evaristo tuvo que sacar su pañuelo blanco con bordes marrones y dárselo para que ella se suene una y otra aparatosa vez.

– ¿Por qué? – dijo ella. –¿Vos cómo te llamás?

– Evaristo. Evaristo Rodríguez, servidor.

– ¿E…Evaristo? –el nombre le causó algún tipo de gracia que, mezclado al llanto y al hipo formaron una expresión única, e inédita e irrecuperable de sus sentimientos. – Como el Evaristo Meneses de Solano López… Si te morfás unos cuantos Macdonalds serías igual igual, che…

Se acordó del llanto, y reinició la congoja. Entre sorbetes y mocos alcanzó a decir “Rocío, me llamo Rocío Sebastiani… y no es… un gusto…”

Evaristo optó por dejar un veinte que debía cubrir el gasto y la propina y la alzó cuidadosamente de la silla, tanto como para que no diera la impresión de que era un paquete o que estaba flipada, cosa que parecía estar sospechando el uniformado que bebía una coca en la barra.

– Vení, vamos al baño, a que te laves la cara…

Pero no hubo forma de que entrase al baño… sola.

– No entro si vos no venís conmigo, Evaristo.

– Pero es el baño de mujeres, Rocío.

– ¿Tenés miedo que se te contagie y te vuelvas puto?

Entraron. Ella se sentó en el inodoro, y le contó toda la historia a Evaristo. La historia del turista que hablaba en inglés y que le forzó la boca una y otra vez, como un semental inagotable. Rocío hipaba y la angustia le reventaba el pecho. Evaristo no pudo hacer otra cosa que apoyar su cabeza en su cuerpo, para tratar de calmarla. De repente, sintió que la cabeza de Rocío bajaba. Oyó un ríspido sonido de cierre, y enseguida…

Le apartó la cabeza.

–Creí que no eras una puta.

–No lo soy, Evaristo. Pero quiero sacarme el gusto de ese tipo, con un gusto sano, como el tuyo…

Cuando salieron a la calle, Rocío se había calmado y, con la cara lavada, parecía una jovencita rozagante.

–Te voy a llevar a tu casa –dijo Evaristo.

– No tengo casa.

–¿Vivís en la calle?

– No, en lo de mi tía. Mi tía Rosaura.

– Vamos, Te llevo a lo de tu tía Rosaura.

–No.

–¿Por qué no?

– Porque cuando salí, esta noche, estaba muerta…

 

Continuará…

 

sábado 25 de abril de 2009

FOLLETÍN

Comienzo aquí un folletín. A ver en qué termina.


ROCÍO Y EVARISTO

Folletín de Jorge Claudio Morhain ®

CAPÍTULO UNO: Breve encuentro

Rocío.

Su nombre era Rocío.

No significaba nada, en una época donde las Rocíos y las Abriles han desplazado a las Martas y a las Juanas. Pero ella era todo Rocío. Todo ese misterio de frío y calidez, de brillo  y languidez, de transitoriedad y permanencia, de dolor y de dicha. Eso era Rocío. Al menos, lo era para un hombre enamorado.

De Rocío.

Evaristo estaba enamorado de Rocío. Evaristo había llegado desde el pasado. “Soy un viajero del tiempo”, decía. “Vengo navegando por este mundo desde la primera mitad del siglo XX”. Y, por la forma como vestía, uno podía pensar que venía desde los años ’20. O sea, podía pensar que estaba llegando al siglo de vida. Y, evidentemente no era así. A menos que lo que digo Magacha, la pai, fuera cierto. Que era un muerto-vivo, un sobreviviente, un transador. Es decir, alguien que había hecho un pacto con Él. Con el Innombrable. El Malo.

Evaristo se había metejoneado fulero con la Rocío, nada menos que a la salida de la bailanta. No era que él fuera a la bailanta odorífera y estridente de Constitución, sino que solía caminar la cuadra para llegar a su casa, y era bueno ver a alguna de esas muchachas secando su sudor por entre los mínimos lujos que vestían.

Tampoco Rocío frecuentaba la bailanta. Ella no bailaba. Al menos, no bailaba cumbia. Y menos la noche de 23 de febrero, cuando Evaristo la encontró, o mejor dicho cuando se cruzaron en la puerta de la bailanta de Constitución.

Rocío venía de ser violada, reiteradamente, por un extranjero que la había contratado para bailar el tango, en la calle Perú. A fuerza de dólares, el individuo la había metido en su enorme auto alquilado y le había dado de beber profusamente. De su pene. Y de prepo. En su borrachera, le hablaba en tai. El míster creía estar aún en Tailandia, comprando a menores para su sexo enfermo.

El único consuelo para Rocío era que el míster estaría a esta hora volando rumbo a su país y que jamás volvería a verlo. Era posible que intentara buscarla. Pero en Kuala Lumpur.

Así, más rocío que nunca, con el rímel haciéndola una niña dark, el pelo amontonado por los tirones volviéndola punk, la pollerita rota como si fuese una moda, la encontró Evaristo. Se cruzaron, o sea. Evaristo estaba levantándose las solapas de su Príncipe de Gales cuando ella entró en foco. Y cuando salieron dos engominados pendejos de la bailanta, pegándose uno a otro como en un dibujo de Tom y Jerry, y atropellando a la muchacha, y obligando a Evaristo a empujarlos a un costado para evitar que la tiren al suelo. Los pibes se pararon en seco y se le fueron encima. Pero qué vamos a hacer, esa pinta de Evaristo Meneses, del Evaristo de Solano López (aunque más flaco) pegaba a morir con un cana de los servicios, y eso bastó para licuar las ansias de pelea de los cumbieros que, abrazaditos como dos gays, volvieron a la bailante. Donde, mirando de reojo por si Evaristo era un controlador de la taquería, o un recaudador con hambre, o u dealer de alto vuelo, los patovicas los dejaron entrar, calladitos.

Rocío, desconcertada, sin saber si lo que se movía era el autazo del yanqui o la calle, vino a dar en los brazos de Evaristo. Quien, haciendo honor a su pinta de Carlos Estrada en blanco y negro, la transportó cuidadosamente al Bar del Tren Mixto, preñado de olor a café con leche, y se quedó mirándola, bobo de tanta ternura.

Mientras Rocío lloraba. Lágrimas blancas y transparentes, de rocío del barrio de Constitución.


(continúa...)

 

 

Esta es la segunda parte.
(ver abajola primera)
















EL CHAVO DEL OCHO


















Antes que nada, aclaremos: los personajes de La Vecindad del Ocho y los dibujos son propiedad de sus respectivos auores.

Esto es algo especial: uno de mis primeros episodios del Chavo de Bolaños, magistralmente ilustrado por Saavedra. Para ustedes.