1CxD02-087 15 de julio de 2014
Palomo
© Jorge Claudio Morhain
El palomo agita los ijares, acaso por el frío, acaso por el
viento, acaso por los olores que lleva y trae el viento sur. Alza una mano,
golpea el casco, como probando la densidad del territorio. Los músculos
tiemblan como dispuestos a saltar a donde sea. Las crines se enredan, largas,
con las colas de zorro, desparramando semillas al viento helado. Cabecea, van y
vienen las orejas, resopla. Algo llega a sus narices, algo suena en sus oídos.
Golpea nuevamente con las manos, con una, con ambas, salta y se empina y lanza
al viento su poderoso relincho, que parece enredarse antes en su melena y saltar
luego al cielo. Parte, rasgando en dos la pampa, revoleando al cielo las nubes
de polvo, hacia su destino, si es que lo tuviese. Hacia la libertad.
- ¿Qué le parece? El baqueano sonríe, viendo la expresión
del yanqui debajo de los binoculares.
- Wonderful! – El yanqui cree que el baqueano sólo conoce
esas palabras.
- Entonces es suyo. Págueme, y cácelo.
Comenzará así, en la soledad e la pampa, la persecución de
un potro salvaje por tres jeeps armados de lazos y redes.
El baqueano guardará sus dólares, sonriendo. Sabiendo que el
palomo, su palomo, jamás será alcanzado. Y que cuando los yanquis vuelvan a
reclamárselo, el baqueano ya no estará allí.
Lejos, hacia el horizonte, el polvo es todo lo que queda.
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